S?bado, 08 de agosto de 2020

Pacto, amarre, asegurar, son vocablos relacionados con el étimo de paz. La paz tiene que ver con la reconciliación, con la tranquilidad mental, con la buena relación con las personas que nos circundan, con el sosiego que se experimenta después de haber estado turbado. Jesús les dijo a sus discípulos que les dejaba su paz: mi paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo (Juan 14:27). Como creyentes debemos indagar en la razón de la paz que el Señor nos ha dejado, preguntándonos lo que ella significa.

El pecado entró en el mundo por medio de un hombre, trayendo como consecuencia la enemistad entre el hombre y su Creador. La consecuencia del pecado fue la muerte, la ruptura de la comunión con el Dios de la creación. Dios y el hombre estuvieron enemistados, si bien dentro del plan divino estuvo siempre presente la reconciliación. Al exigir una justicia perfecta para su pacificación, el Ser Divino no encontró en el hombre caído, muerto en sus delitos y pecados, la posibilidad siquiera de que lo buscara. Por esa razón también tenía un plan eterno e inmutable para traer la reconciliación, a través del Cordero sin mancha destinado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20).

El hombre que da la espalda al evangelio de Cristo vive turbado en su corazón, ignorando voluntariamente el contenido de la promesa que se anuncia. Para aplacar su ansiedad y su vaciedad de vida, él mismo se ha propiciado con elementos que le den tranquilidad a su alma. Esa es la paz del mundo, que suele presentarse en forma muy variada. Esta paz no es verdadera, sino una burda imitación de la que da Dios. La palabra de Jehová les parece vergonzosa y no la aman, por lo cual desde el más pequeño hasta el más grande, cada uno sigue la avaricia, y desde el profeta hasta el sacerdote, todos son engañadores (Jeremías).

Dios se quejó a través del profeta Jeremías de los que se aferran a la paz del mundo. Ellos curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz (Jeremías 6:14). Este es un llamado para el mundo que dice ser cristiano, sea que lo sea o que tal vez lo aparente, para que todos comprendamos los dos conceptos de paz expresados en las Escrituras. La paz del mundo cura heridas con liviandad, no sana, no transforma el corazón humano, no viene como producto de la redención. La historia de la humanidad demuestra armisticios de paz entre reinos distintos, pero siempre se ha hablado de la paz que dan las armas. La guerra ha venido a ser el garante de la paz entre las naciones, la amenaza como sustento de seguridad.

La teología no ha escapado a este principio, al brindar a sus prosélitos la tranquilidad de una interpretación liviana de la palabra de Dios. Ha habido un abaratamiento de la doctrina de Cristo, la cual se sacrifica para que el ser religioso halle la paz de su mente.  De esta forma se puede hablar de una paz carnal, como carnal también es la seguridad que ella ofrece. Los escépticos que no creen se han convertido en burladores, preguntándose por la venida de Cristo, prometida desde hace más de veinte siglos. Ignoran la verdad porque tampoco desean creer, viviendo fascinados en el pecado, cosa que creen es relativa y absolutamente cultural. Al tener a Dios fuera de sus mentes, siempre buscan reemplazarlo con un dios a su medida.

En los días de Noé la gente estaba muy contaminada en sus pensamientos y acciones. La maldad se había extendido por toda la tierra, con absoluta violencia e incredulidad. 120 años estuvo predicando Noé, durante los cuales solo escuchó burla y escarnio de parte de los moradores de la tierra. Ellos no supieron nada hasta que les cayó el diluvio encima. Hoy día parece ser de igual fachada como la que hubo en el mundo de los que sucumbieron al diluvio, la gente vive casándose y dándose en casamiento, sin entender los signos de los tiempos por el anuncio dado por Noé y por Jesucristo. La Escritura añade como colofón que, cuando la gente diga paz y seguridad, vendrá sobre ellos destrucción repentina.

¿Por qué viene esa destrucción repentina de la que no pueden escapar? Porque viven en una paz aparente, contaminada de ceremonias religiosas. Algunos dependen del bautismo para sentirse seguros, otros participan con denuedo en los ritos de la Navidad o de la llamada Semana Santa, de la confirmación y comunión de cada domingo, porque los rituales dan confort a su alma. La repetición genera costumbre y si los religiosos se habitúan a sus mantras, la Escritura ya no les parece ni suficiente ni necesaria.

Hoy día vivimos en una religión de emociones, de percepciones, de sentimientos. Lo intelectual y lógico se abandona, en detrimento del conocimiento de la doctrina de Cristo. La falacia del argumento ad misericordiam vive en el corazón de los feligreses. La pereza intelectual para el estudio de las Escrituras se perdona siempre y cuando el corazón ame a Jesucristo. ¿Cómo se puede amar a alguien a quien no se conoce? ¿No es por el conocimiento del Siervo justo que éste salvaría a muchos? Pero la liviandad de la razón produce paz, réplica de la que el mundo da, para favorecer la conciencia cauterizada.

Otros andan tras la superstición y falsas creencias, de tal forma que el mensaje del verdadero evangelio pasa ignorado por esa gente religiosa. Ellos piensan que el evangelio es duro de oír y muy ofensivo, que carece de relevancia en sus vidas. Parecieran estar sedados por el éter de la religión, aunque poseen cierta paz, la que da Satanás. Para prueba tenemos el caso de Nicodemo, un hombre de religión y conocimiento general de las Escrituras, pero que carecía de salvación. No había nacido de nuevo, de lo alto, del Espíritu de Dios.

La Biblia le dice a los creyentes que hemos sido justificados por la fe, para que tengamos paz para con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 5:1). Cristo es la puerta de entrada a la gracia que nos mantiene firmes, la que nos permite gloriarnos en la esperanza de la gloria de Dios. Por medio de Cristo, el Padre quiso reconciliar consigo todas las cosas, las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz (Colosenses 1:20).

Los escogidos de Dios somos los reconciliados con Él por medio de la muerte de Cristo, como familia de Dios, sea en el cielo o sea en la tierra. Sabemos que los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden (Romanos 8:7). Dios nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación (2 Corintios 5:18-19). Sí, Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados…

Esa maravilla es el evangelio de paz, ésta es la verdadera paz que necesitamos. Cristo es nuestra paz, el que ha derribado la pared intermedia de la separación, creando un nuevo hombre, haciendo la paz. El impío que tiene la falsa paz no pasa trabajo como los demás mortales, no es azotado como el que es miembro de la familia del Señor. La soberbia corona al impío, para cubrirse de violencia; sus ojos saltan de gordura, mientras logran con creces los deseos de su corazón. El se mofa y habla con maldad, pone su boca contra el cielo, sin ser turbado del mundo acumula riquezas. No tiene congoja por su muerte, pero precisamente por esto será sorprendido y caerá por el resbaladero en que está colocado. Tal es la observación que hace Asaf en su Salmo 73, respecto a la falsa paz del incrédulo. El contraste que presenta otro salmista es de maravilla: Jehová dará poder a su pueblo, Jehová bendecirá a su pueblo con paz (Salmo 29.11).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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