Jueves, 06 de agosto de 2020

La primera gran dificultad para orar a Dios es que Él es invisible. Por esa razón se ha escrito que el que se acerca a Dios debe creer que Él existe, y que es galardonador de los que le buscan. Cuando se dice que Moisés habló cara a cara con Dios, no implica que haya visto su rostro sino que tuvo una relación muy íntima con Él. Habló como quien habla a un amigo, lo cual constituye el gran incentivo para nosotros. Abraham fue llamado amigo de Dios, un gran título, y Jesucristo dijo que ya no nos llamaría siervos sino amigos. Dios es Espíritu, no podemos verlo, eso implica un mayor esfuerzo mental para hacernos la idea de que está presente y no está callado. La fe es precisamente la certeza de tener aquellas cosas que no vemos, por eso, sin fe es imposible agradar a Dios. Jesús es la imagen del Dios viviente, quien lo vio a él vio también al Padre. Pero Dios no puede ser visto en su totalidad, aunque eso no nos importe mucho porque tenemos las Escrituras. La oración es una conversación con el Dios invisible, además Dios está silente. Es decir, no escuchamos su voz audible, simplemente tenemos que confiar en que nos escuchó y en que nos ha hablado por su Espíritu.

Asaf fue un salmista que plasmó en uno de sus escritos que al haber entrado en el Santuario de Dios comprendió muchas cosas que le inquietaban. Ese Santuario pudo muy bien ser el Templo hecho de manos, pero tenemos hoy día otro templo, donde mora el Espíritu Santo. Además, los que adoran al Señor deben hacerlo en espíritu y en verdad porque Dios no habita en templo hecho por hombres. Ese Santuario debe ser la presencia misma de Dios. Elías decía que él estaba en la presencia de Jehová, como garantía de sus profecías y proclamas. La Biblia dice que Dios oye nuestras oraciones, que aún antes de que salgan de nuestros labios ya conoce nuestras palabras. Él ya sabe de qué cosas tenemos necesidad, pero espera que se las digamos. Ese es un buen principio para acercarnos al Trono de la Gracia, un aliciente para ir seguros de ser escuchados. Jesucristo dijo que aún los cabellos de nuestra cabeza están todos contados, ¿no estarán contabilizadas igualmente todas nuestras carencias y necesidades? Un pájaro no cae a tierra sin la voluntad de nuestro Padre, ¿no habrá ocurrido lo que nos sucede por causa de la absoluta voluntad de Dios? Dios no es como nosotros, es totalmente distinto y debemos conocerlo. Todo lo que hace lo hace para su gloria, aún el amor hacia sus hijos viene por esa misma línea: su gloria. Por amor a mí mismo, ha dicho el Señor que haría muchas cosas a nuestro favor. Una de sus prioridades es su reino por el cual debemos de pedir, así como la santidad de su nombre. Pero es ante todo un Padre, un Padre querido (Abba Padre), no se nos presenta siempre como el Dios Todopoderoso que castiga y odia el pecado. El castigo de nuestros pecados lo llevó su Hijo en la cruz, de manera que podemos acercarnos a Él en forma tranquila, sin miedo alguno.

Él conoce nuestros suspiros, lo que nos motiva a acudir a su presencia. David decía que si nos deleitamos en Jehová, Él nos concedería las peticiones de nuestro corazón (Salmo 37:4). Por otra parte, el Hijo de Dios nos dejó un gran estímulo para orar. Primero que nada nos dio su ejemplo, siempre orando sin cesar, pero también enseñaba sobre el tema de la oración. En una oportunidad habló sobre la necesidad de pedir, de tocar la puerta, de buscar lo que necesitamos. Aseguró que el que busca ante el Señor encontrará lo que haya pedido. ¿No es eso maravilloso? Dios no nos dará una serpiente si le pedimos un pescado, ni nos dará una piedra si rogamos por un pan. Dijo también que si pedimos algo en su nombre nos sería dado por el Padre, en virtud del amor y la comunión que tenemos con Él. Claro está, el tiempo de Dios puede ser distinto al de nosotros. Vivimos una época en que todo debe ser dado en forma acelerada, hablamos de comida rápida, nos acostumbramos a los celulares veloces, al internet de ancha banda, a la rapidez de descarga, a los automóviles veloces. Vivimos presionados por los horarios de la sociedad: el estudio, el trabajo, el regreso a casa, los vuelos internacionales a tiempo, el avance de la semana, etc. Esa premura que existe en nuestra manera de vivir se traslada al Trono de la Gracia y queremos que Dios sea expedito. Él lo será, sin duda, dependiendo de nuestras circunstancias. En una oportunidad el Señor dormía en una barca, en medio de una gran tormenta. Sus discípulos lo despertaron porque les desesperaba el mar agitado y ver al Señor dormido. ¡Maestro, que perecemos!, fue la breve oración que hicieron. El Señor no demoró, sino que calmó la tempestad de inmediato. Pero también nos enseñó a ser persistentes en la oración, a no desmayar, a ser constantes en aquello que decimos querer. La oración persistente tiene su lado malo y su lado bueno. El lado malo lo es para nosotros, desde luego, ya que no obtenemos de inmediato lo que hemos pedido. Pero su lado bueno es que nos ayuda a depurar el corazón, a verificar si en realidad estamos pidiendo algo que nos vale la pena. Además, nos aumenta la paciencia y la confianza en la respuesta oportuna, lo cual es beneficioso para nuestra fe. Pero de nuevo, la premura en la que vivimos nos incita a querer exigir de inmediato la respuesta divina. Debemos reconocer lo que le dijo el Señor a Isaías: mis caminos no son vuestros caminos, ni mis pensamientos son vuestros pensamientos (Isaías 55: 8-9). Dijo también que su palabra no volvería a Él vacía, sino que haría lo que Él haya querido, que sería prosperada en aquello para lo cual fue enviada (verso 11).

Esa palabra no es solamente la predicación que hagamos del evangelio, es también su declaración que sale del Trono de la Gracia en el tiempo oportuno. Es la palabra que nos brinda el Espíritu Santo cuando nos acompaña a pedir lo que conviene, es la respuesta interior que obtenemos cuando siendo guiados por el Espíritu nuestra mente comprende lo que se nos ha dicho. Pero esa superioridad de Dios ante nosotros, lejos de ser un problema pasa a ser una garantía del cumplimiento de lo que Él ha querido que le pidamos. De esa manera se manifestará una vez más su gloria, mientras nosotros nos gozaremos en el milagro de la oración contestada. Siempre será una alegría ver en público lo que hemos pedido en secreto. Tal vez nadie más nos haya oído en aquello que pedimos y deseamos, pero saltamos de alegría como los becerros de la manada cuando vemos la maravillosa respuesta obtenida. No puede ser, decimos, ¿cómo pudo suceder tan literalmente lo que hemos pedido? Cada creyente debe tener un compendio de oraciones contestadas, para acordarse de todo el camino por donde Jehová lo ha llevado. La vida cristiana sin oración es estéril, un sequedal de verano, un sitio inhóspito que trae desolación. La necesidad surge como un incentivo para que busquemos al verdadero Dios que desea tener comunión íntima con sus hijos.

Clama a mí y Yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces (Jeremías 33:3). En otro lugar dice que Él sabe los pensamientos que tiene acerca de nosotros, para darnos el fin que esperamos (Jeremías 29:11). Pero tenemos un enemigo que se llama Satanás y él no quiere que nos comuniquemos con nuestro Dios. El diablo, o la serpiente antigua, la cual es también el dragón o Satanás, es nuestro Acusador. Está pendiente de nuestras impurezas para acusarnos ante el Padre y para que nuestras conciencias nos frenen en el hecho de acudir al Trono de la Gracia. Tal pareciera que pudiéramos sanarnos sin la medicina, como diciéndonos que debemos primero vencer el mal para poder orar. Nada más lejos de la realidad, ya que los enfermos necesitamos cuanto antes del médico. Satanás es un mentiroso, padre de mentira, enemigo de la verdad, asesino de las almas. Jesús le dijo a un grupo de personas en Juan 8:44 que ellos eran hijos de su padre el diablo, y los deseos de su padre querían hacer. No hay verdad en él, más bien lo que hace es cegar el entendimiento de los incrédulos para que no les resplandezca la luz del evangelio de Cristo. Nosotros como creyentes no tenemos los ojos cegados, pero podemos obnubilarnos con las sugerencias satánicas a través de sus ministros, escuchando doctrinas de demonios, alejándonos de la comunión íntima con el Señor. Recordemos que la comunión de Jehová es con los que le temen. Ese temor es reverencia y respeto por su palabra de verdad, pero si desobedecemos seremos azotados como hijos.

La autoridad de Satanás sobre los hijos de Dios, o de los seguidores de Cristo, es ilegítima. Eso quiere decir que no la tiene, solo la aparenta. Recordemos por un momento cuando el Señor fue llevado por el Espíritu a un monte para ser probado por Satanás. Allí, el enemigo de Dios le dice a su mismo Creador que se postre ante él para adorarlo. Nada más fuera de raciocinio que aquellas palabras que desnudaban la soberbia del viejo Lucifer. Él siempre ha querido ser como Dios, por eso les prometió a los primeros hombres en el Edén que serían como dioses. Toda aquella persona que pretenda ser independiente de las palabras del Creador de todo cuanto existe, está ufanándose como lo hizo Lucifer, en la pretensión de ser un pequeño dios. Pero su autoridad es tan pobre que el Señor nos prometió que si lo resistíamos él huiría de nosotros. Nosotros debemos huir de la tentación, pero a Satanás debemos resistirlo. Qué mejor forma de lograr esos dos objetivos que el hecho de estar de rodillas ante Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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