S?bado, 18 de julio de 2020

Al parecer, una multitud de auto-denominados cristianos, acuden a la defensa de Dios. Si lo hacen, obedece a que lo consideran culpable. El apóstol Pablo tuvo conciencia de lo acá planteado, pero sabemos que fue el Espíritu de Dios quien lo inspiró a escribir sus argumentos. El hombre natural no puede discernir las cosas de Dios, porque para él son locura, al no tener la capacidad espiritual para hacerlo. Prefiere las tinieblas donde sus obras no son vistas, mientras ataca ofensivamente para enturbiar la fuente que lo señala como culpable de desacato al Todopoderoso.

Lo curioso es que millones de esos que se llaman cristianos concuerdan con el propósito de acusar al Dios al que dicen servir, ya que al defenderlo lo presuponen culpable. Si nuestro Dios tuviere culpa, Él mismo podría defenderse a solas. Pero ¿de qué se le acusa, que tanto desconcierto se ha sembrado en las filas del cristianismo espurio? Encontramos tal acusación en la Carta a los Romanos, en el capítulo 9, cuando el objetor es mostrado como alguien que al haber entendido la exposición del apóstol se levanta en contra de lo allí aseverado.

Pablo viene exponiendo con gran pesar y dolor (como lo manifiesta desde el primer versículo) la tesis de la soberanía de Dios en materia de salvación y condenación. Resulta lógico suponer que un Dios tan poderoso como el bíblico pudiera salvar a todos por igual o, que de igual forma, pudo haber evitado la caída en el Edén para que nadie saliera perjudicado. Por eso Pablo tiene dolor, porque la realidad es otra. El Dios de la Biblia quiso que todo cuanto acontece aconteciera de acuerdo a sus decretos eternos e inmutables. La gloria del Cordero debería manifestarse oportunamente, ya que el Cristo estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo para beneficio de un pueblo que le sería dado, pueblo que ya estaba predestinado para que su Mesías padeciera muerte de cruz en expiación de todos los pecados de ese conjunto de personas representados en la cruz.

Lo peor que le acontece en los sentimientos del apóstol se refiere a sus parientes según la carne (una expresión que alude tanto a los ciudadanos israelíes o judaicos, como a sus familiares genéticos). El mismo apóstol quisiera ser tomado como maldito si en algo ayudara a esos parientes, pero se mantiene firme en el anuncio de su verdad revelada, la cual debe exponer para que se complete la visión general de la redención de la humanidad. ¿Por qué unos se condenan mientras otros se salvan?

Los que son salvados no pueden serlo sin mediación absoluta de la voluntad del Dios del cielo y de la tierra. Habiendo quedado muerta en delitos y pecados, toda la humanidad pasó a ser destituida de la gloria de Dios. No hay ni siquiera un solo justo que busque al verdadero Dios o que haga lo bueno. Cada uno se apartó por su camino, habiendo sido concebido en maldad y pecado. La caída de Adán fue una acción necesaria porque necesario también era la manifestación del Cordero sin mancha, a fin de obtener la victoria sobre la muerte y el pecado, a fin de glorificarse perpetuamente como el Redentor.

La gracia en Jacob se comprende fácilmente, un hombre como cualquier humano igualmente muerto en el pecado, alejado de la ciudadanía del reino de los cielos, fue atado con las cuerdas amorosas del Padre Celestial. Jacob no tenía méritos para adquirir la salvación, ya que su lucha por la bendición divina, la compra de la primogenitura, el engaño para obtener la bendición de Isaac su padre, no cumplen con la indulgencia del pecado. Pablo lo sabe porque le fue revelado, eso es lo que nos dice en su Carta a los Romanos. Dios amó a Jacob desde antes de ser concebido (de acuerdo al término griego), mucho antes de que hiciese buenas o malas obras. El verso 11 lo aclara: (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama).

Fijémonos que ese texto hace una referencia a los gemelos, incluyéndolos a ambos, dado que el verbo compuesto está en forma plural: no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal. Quedan excluidas las obras buenas o malas para la elección de Jacob como heredero de la promesa, pero quedan igualmente por fuera las obras buenas o malas en su hermano Esaú, para dejarlo fuera de esa elección. Esto quiere decir que Esaú fue elegido como réprobo en cuanto a fe. En otros términos, si para Jacob hubo gracia sobre gracia, para Esaú hubo desgracia absoluta. Lo que nos interesa es relacionar la angustia del apóstol al principio de ese capítulo con lo terrible que resulta la comprensión de esa revelación. La importancia de ese argumento del apóstol descansa en que nadie puede decir que no se comprende, o que sea ambiguo como si aludiera a un tema distinto. Tampoco se pudiera decir con sindéresis que Dios vio el futuro en ellos, descubriendo que uno tendría méritos y el otro carecería de ellos, ya que Pablo es enfático cuando remata: para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama.

El objetor pone en evidencia la validez del argumento expuesto, ya que de inmediato se enfurece por la decisión tomada en relación a Esaú. Fijémonos bien en que su reacción no tuvo nada que ver con la gracia obsequiada a Jacob, ya que sus palabras demuestran su descontento con lo que Dios hizo a Esaú. El contexto nos coloca en forma plana y simple que Dios no culpó a Jacob, más bien lo exculpó; en cambio, la reacción del objetor deja en sus palabras la huella de su reclamo por la culpa que Dios le atribuye a Esaú. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad?

Sus palabras no estuvieron dirigidas al caso de Jacob, ya que no dijo: ¿Por qué, pues, Dios exculpa a Jacob? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad?  El objetor es una persona inteligente como para darse cuenta del horror que se produce en su alma la declaración del apóstol, por lo tanto, reacciona de acuerdo a su corazón sumergido todavía en delitos y pecados. Él no comprende la absoluta soberanía de Dios, por cuanto no puede discernir las cosas de arriba. Para él, esas palabras son locura, ya que sigue siendo un hombre natural que no puede entender la mente del Señor (1 Corintios 2:14).

Ah, ahora vamos a referirnos a esos que se llaman creyentes, que son fieles en sus diezmos y ofrendas, que cantan alabanzas a un Dios que no conocen. Como la mujer Samaritana andan en el mundo, sin saber lo que adoran. Pueden llamarlo Jesucristo o Jehová, pero sin duda que siguen sumergidos en las tinieblas de la ignorancia. Sin duda que no han conocido al siervo justo del que hablara Isaías, el cual salvaría a muchos de sus pecados por su conocimiento. La importancia de conocer a ese siervo justo, de indagar en su persona y en su obra, posee tal envergadura que Pablo se hace una pregunta: Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:16).

Si tenemos la mente de Cristo podemos entender la mente del Señor (es el mismo Dios), por esta razón no tendríamos que defender a Dios, ni mucho menos haríamos fila con el que objeta al Creador de acuerdo a Romanos 9. Mejor aún, no buscaríamos desviar la atención del texto hacia argumentos circunstanciales, como los que afirman que se refiere a dos pueblos en pugna, o a que Dios vio el futuro en los corazones de Jacob y Esaú y por eso los colocó en el destino que ellos mismos eligieron. O como los que desvarían en su mente y aseguran que el verbo odiar significa amar menos. Eso no es lo que el texto grita a voces, más bien Pablo habla de la inutilidad de las obras en materia de redención y condenación. Por supuesto, algunos acarrearán mayor condenación, pero lo que Pablo advierte es que todo ya ha estado prefijado desde la eternidad.

Pero todavía siguen los grandes teólogos intentando defender a Dios, al atribuir la caída del hombre a un permiso divino. Dicen que ese permiso estuvo dado por voluntad de Dios, de tal forma que salió de su propia idea, sin que mediara fuerza externa como peligro que no pudo o no quiso resistir.  A pesar de las palabras empleadas no se puede negar que es un doble hablar este razonar, como si hubiese habido un decreto de parte del Creador que dijera ORDENO PERMITIR. ¿No es esto un decreto sencillo y plano de ordenar el pecado en la creación? De lo contrario tendríamos que hablar de un Dios sorprendido por la caída del hombre, o de un Dios que conoció la caída cuando vio el futuro que no sabía, que tuvo que averiguar.

La Escritura condena tal pensamiento, de acuerdo con lo que Pedro dijo en su epístola (1 Pedro 1:20). El Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestado en nuestro tiempo. Ese ANTES DE LA FUNDACIÓN DEL MUNDO significa que fue antes de que el pecado ocurriese en la creación divina, al menos antes de que Adán cayese en la tentación. Al comprender que Dios no averigua el futuro, sino que lo crea, hemos de entender por igual que lo decreta. Ese decreto de haber preparado a su Cordero implicaba el otro decreto de hacer factible que Adán cayera. Pero no solamente factible sino de necesidad absoluta. De lo contrario, hablaríamos de un Dios que prepara salidas posibles para fracasos posibles en su creación. Nada semejante a eso nos dice la Escritura.

Se ha dicho por igual que Él no inclinó la mente de Adán hacia el pecado, que no lo llevó a la corrupción, sino que solamente le plació negarle toda provisión de alguna gracia confirmada para no pecar. Todavía hay quienes afirman que la propia causa de la caída fue la tentación del diablo para hacer caer a la raza humana, lo que probaría que la tentación no necesitaba la asistencia divina. Bien, eso concuerda en parte con la Escritura, que Dios no tienta a nadie ni puede ser tentado por nadie. Pero el diablo fue su instrumento, como lo fue cuando Dios lo envió a probar a su siervo Job. El diablo fue creado para el día malo, para que entrara en Judas, para que probara al Señor en una montaña cuando ayunaba. El diablo fue creado para que exhibiera el poder de la maldad, así como el asco producido por el pecado tanto en los caídos como en los redimidos (aún los no creyentes tienen vergüenza de hablar de ciertas cosas que consideran impropias, afirma Pablo).

No se puede negar que Dios es el autor de todo cuanto acontece. Uno de sus profetas lo dice abiertamente: ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad, el cual el Señor no haya hecho? (Amós 3:6).  El hombre caído pone de manifiesto en la historia el plan eterno e inmutable del Creador. Por un lado, existe un gran grupo de personas que corre por el camino amplio del mundo, entregado a la concupiscencia de la carne, al atractivo de los ojos y a la vanagloria de la vida. Son los que andan sin luz en el mundo prefiriendo las tinieblas porque no desean que sus obras sean vistas. El otro grupo camina por la senda angosta, habiendo entrado por la puerta que es Cristo como Buen Pastor.

A Dios no se defiende jamás, somos nosotros sus criaturas y Él hace como quiere, sin tener quien le acuse o lo lleve a juicio. ¿Quién eres tú para que alterques con Él? No eres más que una masa de barro en manos del alfarero, el cual tiene potestad para hacer un vaso para honra y otro para deshonra. ¿Cómo se atreve alguien a defender a Dios por hacer lo que le place? Los que tal hacen todavía tienen el entendimiento entenebrecido y no pueden confesar el verdadero evangelio. Su fruto es malo, al suponer que Dios haya hecho algo indebido o injusto, al reprochar lo que dice su palabra tocante al destino de Esaú y todos los réprobos en cuanto a fe.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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