Mi?rcoles, 08 de julio de 2020

No me escogisteis a mí, sino que yo os escogí a vosotros, para que vayan y den fruto, de manera que este fruto permanezca. Y cualquier cosa que pidan a mi Padre en mi nombre Él os lo dé. El verbo escoger en lengua griega significa elegir, lo cual implica una preferencia de corazón. En la Biblia encontramos textos que conminan a los seres humanos a elegir el buen camino, a preferir la vida antes que la muerte, a escoger el sendero del bien y no el del mal. Eso conlleva la idea de inclinar el corazón hacia algo propicio, a manifestar su preferencia.

Elías incita al pueblo a elegir entre Baal o Jehová, para que el corazón de ellos no siga debatiéndose entre esos dos caminos (1 Reyes 18:21), y Jesucristo expuso la solución digna de escoger la puerta estrecha y el camino angosto, pues enorme y gigantesca es la vía que conduce a la destrucción eterna. Con estos ejemplos dejamos en claro que es necesario escoger, elegir, de acuerdo a lo que nuestros corazones nos indiquen. No en vano Jesús también señaló que de la abundancia del corazón habla la boca, y lo que decidimos representa una metáfora del habla de nuestro corazón.

Dios también ha hecho decisiones, dejándonos la patente de lo que siente en su corazón. En realidad, por lo que Él ha decidido hacer conocemos también parte de su voluntad e interés. ¿No hizo Él los cielos y la tierra, el mundo y los que en Él habitan? ¿No creó Él el universo por fuerza de su palabra? Recordemos el Génesis cuando nos narra sobre el árbol del conocimiento del bien y del mal, fue un árbol que no nació por azar, sino que fue hecho por el Creador. De igual manera Dios creó a Lucifer o Satanás y nos ha declarado que Él ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4). También tomó la decisión de condenar a Esaú (odiarlo) eternamente y de amar a Jacob por siempre. Escogió a un pueblo para Sí mismo, para mostrar su gloria en toda la tierra, preparó al Cordero sin mancha desde antes de la fundación del mundo para manifestarlo en el tiempo oportuno (1 Pedro 1:20).

No sólo escogió a los profetas y apóstoles para que le sirvieran, sino a los ángeles, arcángeles y serafines, a hombres que quiso hacer especiales como Abraham, Isaac y Jacob, a Moisés, a David y a Salomón. Muchas fueron las personas amadas como Daniel, Isaías y Jeremías, así como hoy día tiene su preferencia por la Iglesia, novia del Cordero inmolado en la cruz. Dios ha escogido a un numeroso grupo para que se parezca a su Hijo, para que sea santo y sin mancha delante de Él, propiciándole la justicia de Cristo, la única que acepta ante su presencia. Por un acto judicial único nos brindó la justicia del Hijo y hemos sido declarados justos y justificados.

Jesucristo quiso recordarles a aquellos apóstoles que ellos habían sido escogidos por él mismo, que no pensaran equivocadamente que habían sido ellos los que habían decidido seguirlo a él. A cada voz del Señor diciéndole a cada uno de ellos sígueme, el acto de obediencia se ponía de manifiesto como respuesta. Porque el llamamiento eficaz de Dios no tiene resistencia alguna, porque su soberanía sobre el corazón humano lo gobierna. Nosotros predicamos el evangelio y son demasiados los que lo rechazan, pero si así hacen es porque no han escuchado la voz del que llama eficazmente. Muy importante resulta este pasaje que nos ocupa del evangelio de Juan, ya que ordena la sintaxis para que cobre sentido la idea de la predestinación: …sino que yo os escogí a vosotros.

La razón de esa elección es que llevemos fruto, un fruto de santidad y de amor, un fruto que supone la exposición del evangelio de Cristo, el cual incluye su doctrina. No puede el árbol bueno dar un fruto malo, de manera que lo que producimos siempre será de provecho. El que no ha sido llamado en forma eficaz por el Cordero inmolado, no dará fruto bueno. Ese no tendrá la capacidad de producir la confesión del verdadero evangelio del Señor, jamás se ocupará de discernir la doctrina que él expuso. Él se esconderá en la falacia de amar a Cristo con el corazón si bien su mente no lo logra comprender. De esta manera disimula su desprecio por conocer la verdadera doctrina del Señor, aquella que le ofende y le parece dura de oír.

Es cierto que debemos elegir entre la puerta estrecha y la puerta amplia, entre el camino angosto y el camino extenso. Escogemos ser parte de una manada pequeña o seguir el sendero del mundo. Sin embargo, si examinamos la doctrina bíblica, el hombre natural no puede discernir las cosas espirituales de Dios. El hombre ha sido declarado muerto en delitos y pecados, sin voluntad para poder buscar al verdadero Dios. Se nos ha dicho que no hay justo ni aún uno, que no hay quien haga lo bueno, que nuestra justicia es semejante a trapos de inmundicia. Pero el llamado general de la ley divina se muestra como un indicativo de nuestra impotencia. Esaú escogió cambiar su primogenitura por un plato de lentejas, cosa abominable y despreciable. Pero tengamos cuidado con lo que digamos al respecto, sin acelerarnos en una respuesta apresurada y generalizada. No fue la venta de la primogenitura lo que condenó a Esaú, más bien esa venta fue la consecuencia de estar ya condenado. De igual forma no es el amor de Jacob por la bendición del Señor lo que hizo que fuera escogido para salvación, sino el hecho de haber sido amado desde la eternidad lo que lo indujo a batallar con Dios para no dejarlo hasta que lo bendijera.

Esa diferencia de perspectiva pone de manifiesto lo que tenemos en nuestro corazón. Esos puntos de vista opuestos demarcan el fruto bueno y lo separa del malo, apuntan a un corazón redimido contrastado con el corazón irredento. Acá está la imagen del árbol bueno y del árbol malo, con frutos diferentes, ya que de la abundancia del corazón habla la boca. Si el Espíritu ha llenado su corazón de la palabra de Dios, si le ha hecho nacer de lo alto, si vive en usted como testimonio eterno y como arras de la redención final, entonces usted es un árbol bueno que jamás confesará un falso evangelio y nunca se irá tras un falso maestro (Juan 10:1-5).

Las ovejas del Buen Pastor jamás se van tras el extraño, más bien huyen de él porque no reconocen su voz. Ellas siguen al Buen Pastor que puso su vida por ellas, ya que el Señor oró para que fuesen guardadas por el Padre, dejando en claro que no rogaba por el mundo (por los cabritos destinados como Esaú para la condenación final). Surge la inquietud intelectual y espiritual acerca de si ese Dios que tales cosas ha hablado es un Dios justo. De inmediato muchos hombres de religión se levantan para hacer fila junto al objetor bíblico, para señalar con sus dedos al Dios de la creación. Afirman que no hay justicia alguna si el hombre no es absolutamente libre para elegir su destino. La prueba que exhiben son los textos de las Escrituras que hablan del deber humano de escoger el camino de la vida antes que el camino de la muerte.

Pero confunden el deber ser con la posibilidad real. El mandato de la ley es general para que produzca en nosotros el conocimiento del pecado, ya que por la ley nadie pudo salvarse jamás. Ni la ley escrita en el corazón humano ni la ley escrita en tablas de piedra pudieron salvar a una sola alma. Más bien los redimidos desde siempre apuntaron al Cordero Pascual que habría de ser manifestado en su tiempo, aferrados a la promesa dada en el Génesis, reiterada a lo largo del Antiguo Testamento por intermedio de profetas y demás escritores sagrados. Cualquier sacrificio hecho era sombra de lo que había de venir, y todos aquellos que habían sido escogidos para redención (como Jacob, por ejemplo) esperaban la promesa conocida.

Hoy día aquella promesa que era sombra de lo que vendría ha llegado a la historia. Sin embargo, son muchos los que continúan con el sacrificio de alabanza, de adoración, de obras sociales, de ofrendas y de ayuda humanitaria, en nombre de un Cristo que no puede salvar a nadie. Estos han caído en los ritos de la religión antigua, haciendo repetidamente lo que han escuchado que pareciera de ayuda. Su problema consiste en que desconocen la doctrina de Cristo y por lo tanto adoran lo que no saben, como la mujer samaritana. Si usted no conoce la persona y la obra del Señor, está adorando a alguien que desconoce. Nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo envía, así de sencillo. Si esto ofende al lector ya ha ofendido a multitudes que se retiraron murmurando contra el Señor, exclamando: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír?

Si lo ofende la palabra de Dios que dice claramente que Él odió a Esaú aún antes de que hiciese bien o mal, aún antes de que fuese concebido, entonces usted debe entender que de la abundancia de su corazón está hablando como un árbol malo. Pero si Dios le da a usted arrepentimiento para perdón de pecados, entonces creerá el evangelio. Esto último indicaría que el Padre lo ha enviado a usted hacia el Hijo, y que jamás será echado fuera. Más bien será resucitado en el día postrero, ya que perseverará hasta el final porque tiene la garantía de la redención final. Esa es la promesa para los que Dios ha escogido desde la eternidad, los que han sido objeto de su amor eterno e inmutable.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:06
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