Mi?rcoles, 08 de julio de 2020

El evangelio de Cristo puede considerarse como una alerta al mundo, aunque de manera especial en el creyente. Al mundo se le indica que lean las Escrituras, ya que en ellas parece estar la vida eterna. Se le comunica al impío que no hay justo ni aún uno, que no hay quien entienda ni quien busque al Dios verdadero. Además, se le agrega al mensaje evangélico que, la paga del pecado es la muerte eterna, si bien el regalo de Dios es la vida eterna. Dos eternidades divididas o separadas, una de condenación sin descanso y la otra de paz y bienestar perennes.

Al creyente se le avisa que debe ser perfecto como Dios mismo lo es. Esa es una meta que humanamente no podemos alcanzar, ya que la vieja naturaleza todavía vive en nosotros. Sin embargo, la mirada se fuerza hacia Cristo en su vida y obra. El Cordero sin mancha cumplió toda la ley y vino a ser considerado como la justicia de Dios. De allí que se le denomine como nuestra pascua, el Cordero pascual, que ha quitado el pecado del mundo. Pero ¿cuál pecado ha quitado y en cuál mundo? Resulta indudable que se hace referencia a todos los que creen en su nombre, a los que les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.

Sigue siendo una alerta para el cristiano, ya que no conviene vivir en las obras de la carne. Hay una admonición constante en las páginas de la Biblia para vivir en santidad, para procurar matar esas obras carnales que se oponen al Espíritu de Dios. Por esa razón se habla de la perseverancia del creyente, perseverancia que no sería posible sin la preservación que Dios hace de sus hijos. El punto se aclara si miramos hacia la eternidad, cuando el Padre ordenó que aconteciera todo lo que sucede en su universo creado y que nos compete a nosotros como seres humanos.

Hubo una predestinación de las almas, de los eventos, asunto que ha sido denominado los decretos de Dios por los estudiosos de las Escrituras. La Biblia es enfática en señalar que Dios ha escogido a unos para vida eterna y a otros para condenación perpetua. Eso no parece justo ante los ojos de los no redimidos, ya que lo justo sería la salvación por obras. Pero si por obras, nadie podría ser salvo. Ese asunto crítico se vuelca insostenible, incongruente, ya que el que reclama obras no será capaz de satisfacer la justicia que Dios demanda. Por otro lado, la Escritura ha sentenciado que la salvación no es por mérito humano, a fin de que nadie se gloríe. Entonces, la gloria la tiene el Todopoderoso que salva a quien desea salvar.

Así lo recoge Pablo en su epístola a los romanos, cuando dijo que Dios amó a Jacob, pero odió a Esaú. Ambas cosas las hizo sin tomar en cuenta sus obras, ni buenas ni malas, incluso antes de que fuesen concebidos esos gemelos. Con ello en mente, el apóstol continúa el desarrollo de la tesis de la predestinación. Recordemos que, al comienzo del capítulo 9 de la carta a los romanos, el apóstol manifiesta profundo pesar por lo que habrá de decir. Él mismo quisiera ser tenido como anatema por causa de sus parientes según la carne. ¿Por qué razón Pablo dice semejantes cosas? Porque él entiende la dureza del mensaje que escribe, si bien lo acepta como lo hacemos todos los que hemos creído de verdad.

La prueba lógica de su argumento es la argumentación esgrimida por el objetor que él levanta en ese capítulo. Una persona imaginaria reclama sobre la justicia divina, entablando una querella conceptual relacionada con la injusticia de Dios. Sí, el objetor ve como injusto el que Dios haya odiado a Esaú, sin mirar sus obras buenas o malas, aún antes de su concepción. Es decir, el objetor se basa para su alegato en las obras que el ser humano debe tener, en los hechos previos que el Juez de toda la tierra debe evaluar.

Motivado por los juicios terrenales, el objetor pretende llevar al espacio divino lo que concebía como justicia a nivel del mundo en que habita. Pero Dios, en vez de callar, como si tuviera miedo, en lugar de dar una respuesta explicativa y elíptica, alegando que el corazón del hombre es malo, que peca continuamente, que ha considerado sus obras previamente, como para suavizar su respuesta, contesta con un desafío aterrador: ¿Quién eres tú, oh hombre, para que alterques con Dios? En otros términos, termina diciéndole que él no es más que barro en las manos del alfarero, explicándole que el derecho del alfarero prevalece por sobre su reclamo de justicia.

La alerta del evangelio también corre en estos tópicos de la redención y la soberanía absoluta de Dios. Hubo un grupo de judíos que seguían a Jesús, los cuales llegaron a merecer el nombre de discípulos. Ellos vieron sus milagros y escucharon con atención sus palabras, pero se disgustaron cuando el Señor les habló acerca de la soberanía del Padre en materia de redención. Dijeron que esa palabra era dura de oír, por lo tanto, se retiraron con murmuraciones. El Señor no abarató su discurso para que se quedaran, como preocupado porque aquellas almas se perdían. No, más bien arreció su discurso que ofendía a aquellas personas, preguntándoles a sus 12 discípulos si ellos querían irse también.

Fue en esa ocasión que el Señor habló de Judas como un diablo, en pleno desafío a la voluntad de quienes le oían. Los discípulos que constituían una gran multitud se ofendieron con la supuesta injusticia divina, ya que al oír que nadie podía ir a Jesús si el Padre no lo llevase pensaron en su libertad de elección. El hombre ha hecho un ídolo del libre albedrío, la falacia más grande jamás creída por humano alguno. El deseo de independencia sembrado en Adán en el Edén, por la malicia satánica, ha sido heredado culturalmente por la humanidad. Elevado en un pedestal del alma se le rinde pleitesía a ese muñeco imaginario que lleva por nombre libero arbitrio.

Los que se aferran a ese ídolo tienen que colocar su propia justicia antes que la justicia de Cristo, o tal vez combinándolas, pero no son capaces de confiar plenamente en el oficio del Señor en la cruz. La razón estriba, aunque se pretenda ignorarla, en el propósito de la muerte del Señor. En Mateo 1:21 se resume el objeto de la venida del Mesías a esta tierra, salvar a su pueblo de sus pecados. Ese pueblo no es todo el mundo, sin excepción, porque en Juan 17:9 leemos parte de la oración de Jesús la noche previa a su martirio de cruz.  Él dijo: No te ruego por el mundo… En otros términos, el Señor dejó por fuera de su salvación a una gran parte de la población terrestre, a los que son considerados los Esaú del mundo, a los cuales Dios les endureció el corazón para que se cumpliera en ellos el propósito de la ira por la justicia contra el pecado.

Esa parte del evangelio no suena muy romántica, es despreciada por muchos teólogos, por muchos religiosos que dicen invocar al Dios de la Biblia. Sería mejor decir que Cristo expió todos los pecados de todo el mundo, sin excepción, pero espera que cada quien ejerza su libre albedrío para aceptar o rechazar tal oferta. Eso no lo sustenta la Escritura, además de que sería ilógico suponer que Jesús murió por aquellos que jamás han oído hablar de su palabra, ya que ¿cómo podrían ejercer su libre albedrío si jamás han oído hablar ni una sola frase referente a tal oferta de salvación? Los que defienden tal locura teológica alegan que Dios sabía desde el principio quiénes se salvarían y quiénes no, pero que Él no los escogió sin mirar la buena acción humana al escoger a Cristo. De ser así, entonces ¿para qué predestinar lo que se sabe que va a suceder por fuerza de un tercero? Por otro lado, urge preguntarse cómo sabe Dios. Si miró en los corazones de los hombres la decisión de seguir a Cristo, fue porque no lo supo antes. Si no lo supo no era Omnisciente.

En fin, le cuesta al orgullo humano aceptar al Dios soberano en todas las áreas que nos competen. Por esa razón, Juan escribió que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. La doctrina de Cristo fue enseñada por él y por sus apóstoles, así como por todos los demás escritores de la Biblia. Ella incluye el propósito de la expiación, su alcance y objeto, de manera que se exhibe en su vida y obra la perfección divina. Dios no va a expiar los pecados de una gran multitud de personas para después condenarlas, ya que eso sería invalidar el trabajo del Hijo, quien es la justicia perfecta.

Al mundo no le gusta este Dios que hace como quiere, sin tener a nadie que le aconseje ni que pueda reclamarle con eficacia. A los religiosos de turno también les molesta, como una espina en el zapato, el tener que hablar de un Dios que ha hecho todo cuanto existe. Ese Dios del que sus profetas dijeron que aún lo malo que acontecía en la ciudad Jehová había hecho. Es el mismo Dios que hizo al malo para el día malo, el que crea el bien y crea el mal, el que dice que suceda algo y sucede. Por eso fue escrito también que no hay quien diga con veracidad que aconteció algo que el Señor no haya mandado. De la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo. Pero el evangelio es una alerta a todos aquellos que dicen paz cuando no la hay, que llaman dulce a lo agrio y agrio a lo dulce. Es una alerta contra todos los supuestos creyentes que tuercen las Escrituras para su propia perdición, contra los que añaden o quitan a conveniencia las palabras del sagrado libro.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:49
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