S?bado, 04 de julio de 2020

Cualquier tesoro ha de guardarse de los malhechores, de los depredadores, de aquellos maleantes que desean destruir y apoderarse de lo ajeno. Para ello se han construido bóvedas herméticas, seguros de responsabilidad, escondites camuflados, pero siempre está el peligro existente. La razón de los tesoros escondidos es que en ellos reposa el corazón de sus dueños. Dondequiera que estuviere tu tesoro allí estará tu corazón. Son variados estos bienes preciados, oscilan entre el dinero o las piedras preciosas hasta los premios y trofeos adquiridos. Algunos son personas, seres queridos, los hijos, los padres, los cónyuges, hermanos, profesores. Otros son logros como grados universitarios, sus títulos académicos. En otras personas se valora más su trabajo en la comunidad, su dádiva ante los pobres del mundo, su pericia para resolver problemas.

Gastaríamos muchas páginas y palabras para solamente enumerar muchos de los tesoros, pero baste con lo señalado para darnos una idea de su variedad e importancia subjetiva. Hay tesoros espirituales, celestiales, los cuales son recomendables hacer y guardar. El ejercicio de la piedad tiene provecho en esta vida y en la venidera. El tesoro celestial no se corrompe jamás, allí la polilla no entra ni el orín, no hay oxidación alguna. En el mundo tenemos tres tipos de tesoros generales, los cuales pueden comprender el resto: la lujuria de la carne, los deseos de los ojos, y el orgullo de vivir (1 Juan 2:16). Incluso la beneficencia pública puede estar motivada por alguna de estas tres categorías, de manera que estos tesoros no nos acompañarán en la eternidad, más bien son un obstáculo de vida.

Pero las riquezas del mundo perecen, como ya dijimos. Ellas son como el maná que se toma en las mañanas, pero que en la noche no se puede guardar; en cambio, el verdadero maná del cielo es Jesucristo, dado por el Padre a todos sus hijos, para que los que de él comamos no tengamos más hambre. Tampoco tendremos sed jamás, ya que él es la fuente de vida, el manantial que brota continuamente con la vida eterna. ¿Y qué es la vida eterna? Ella es uno de los tesoros de los cielos, ha sido definida por Jesús como el conocerlo a él como el Hijo enviado y al Padre Eterno (Juan 17).

Si tenemos interés por nuestra gloria e inmortalidad hemos de ocuparnos del ejercicio de la piedad y de su eficacia. Son abundantes las promesas para el alma redimida, casi todas ellas alcanzables por la vía de la oración al Padre. La conversación con Dios nos permite tomar conciencia de los tesoros celestes, de manera que procuremos vivir cada día henchidos de esperanza y gozo, para abundar en palabras compartidas con nuestros semejantes. ¿No habla el mundo de sus logros? ¿No comparten los moradores de la tierra sus encuentros pecaminosos? Ya lo dijo Isaías, que había mucha gente que se ufanaba de lo que había bebido, diciendo que ellos eran fuertes para resistir el alcohol. También agregó un ay para aquellos que relinchan como caballos por la mujer de su prójimo.

El joven rico es un ejemplo del efecto espiritual de atesorar riquezas terrenales. Su tristeza por el intercambio propuesto hizo que se aferrara más y más a las caricias dadas a sus tesoros. Hay un hábito mental que nos condiciona los días, una tarea que repetimos para sucumbir ante la paz que nos da el mundo. Ese joven se exhibe como paradigma del hombre atado a la gloria de su tesoro pasajero. ¿Qué sabe uno de lo que dará el día de mañana? Basta a cada día su afán, pero al rico no lo dejan dormir sus riquezas, es decir, al rico que tiene a éstas como su tesoro. Ya señalamos que las riquezas no son solo monetarias, las hay también académicas, de ocupación social y religiosa, pero todas ellas dominadas por la vanagloria de la vida.

El Salmo 73 de Asaf nos da una muestra de los tesoros celestiales. Él estaba en el Santuario de Dios, él exclamaba que no tenía a más nadie en los cielos sino al Dios Eterno, y que acá en la tierra no quería más nada sino lo mismo que tenía en los cielos. Pablo se propuso no saber más nada sino a Cristo crucificado, cuyo gozo compartía, habiendo tenido por basura todos sus logros terrenales. Lo motivaba la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, el Señor. Los tesoros que el mundo señala como objetos de culto, como objetivos para el alma humana, el apóstol los catalogó como excremento de animales. Ese es el gran contraste entre el tesoro del cielo y el terrenal. Y sabemos que los logros intelectuales de Pablo eran cuantiosos, su doble ciudadanía, las lenguas que dominaba, su cultura general en la literatura poética griega, su conocimiento de la ley romana, por decir algunas cosas, las constituía como pérdida. Con esto quiero resaltar que el apóstol no se refería solamente a sus pecados normales o exagerados que había cometido, lo cual son en sí mismos pérdida absoluta, él hablaba de los tesoros de honra entre los hombres, muy estimados en su sociedad en la que vivía.

En síntesis, los tesoros celestiales son también espirituales. Ya Efesios 1:3 nos refiere a las bendiciones conferidas a los creyentes, toda bendición espiritual en las cosas celestiales en Cristo Jesús. El amor y el favor de Dios nos mueve a tener interés por Él. De allí deriva nuestra comunión y relación con el Trino Dios, ya que nos acercamos a Él confiadamente para el oportuno socorro. Nuestros ojos carnales no pueden verlo, pero nuestro espíritu puede percibirlo porque Él es Espíritu. El Creador sopló aliento de vida en el hombre que formó de la tierra, aliento que es también el aire divino con el cual estamos conformados. En especial, nosotros tenemos ese aliento de vida, los que hemos creído, ya que hemos venido a ser una nueva creación en Cristo.

Riquezas y honra están conmigo; riquezas duraderas, y justicia. Mejor es mi fruto que el oro, y que el oro refinado; y mi rédito mejor que la plata escogida. Por vereda de justicia guiaré, por en medio de sendas de juicio, para hacer que los que me aman tengan su heredad, y que yo llene sus tesoros (Proverbios 8: 18-21).

La gracia, la salvación y la fe son tesoros celestiales que cada creyente posee. El Espíritu de Cristo es también tesoro celestial del creyente, el conocimiento del siervo justo es una riqueza sin igual por la cual somos justificados, de acuerdo al profeta Isaías. La doctrina de Cristo es la misma que la del Padre, la cual conviene conocer. Ella nos educa en materia de fe y salvación, en cuanto a la soberanía divina en todas las cosas que nos rodean. Aún en materia de redención nadie puede ser salvo sin que la voluntad de Dios lo haya decretado. El seguir a los falsos maestros implica menospreciar los tesoros celestiales, pero de eso es un ejemplo el rico que estaba dialogando con Abraham, en medio de su tormento. Los fariseos y los demás doctores de la ley eran algunos de los falsos maestros de la época de Jesús y sus apóstoles, ellos recorrían la tierra en busca de un prosélito (seguidor) para hacerlo merecedor por partida doble del infierno eterno.

Cuidémonos de la levadura escondida en las palabras de los que tuercen la Escritura, de los que enseñan doctrinas de demonios, de los que llaman bueno a lo malo y predican paz cuando no la hay. Uno de los grandes tesoros de la Biblia consiste en habitar en la doctrina de Cristo. El que no habita en tal doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo, por lo tanto, no debe ser bienvenido en medio de la congregación de los justos. No participemos de sus malas obras.

No son solo las buenas acciones de los santos los frutos que se cuentan como tesoros celestiales, es también el fruto exhibido en sus confesiones cuando hablan de la abundancia de sus corazones. La doctrina que tengamos en nuestro espíritu nos llevará a proclamar los frutos por los que seremos conocidos. El árbol malo no puede dar un fruto bueno (una confesión sana del verdadero evangelio), pero el árbol bueno no podrá dar un fruto malo (confesar un falso evangelio), ya que de la abundancia del corazón habla la boca.

César Paredes

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