Lunes, 22 de junio de 2020

El cristiano se preocupa por sus pecados, sus errores de conducta, su manera superficial de asumir el evangelio. La preocupación es válida, porque más allá de que hayamos sido perdonados, de que la predestinación sea una realidad, el pecado carcome el alma y destruye el templo del Espíritu. Dice la Biblia que el Espíritu se contrista con nosotros, al mismo tiempo que nos instruye e intercede con gemidos indecibles cuando oramos. Pero en ocasiones escapamos al deber sacro de la oración, una tarea que por naturaleza es ante todo un privilegio.

El pecado lleva a pecado y el pecado genera la muerte. La depresión suele confundirse con un tipo de pecado, pero si uno se compara con los grandes hombres de la Biblia, las más de las veces seremos sorprendidos por sus actitudes depresivas. Juan el Bautista fue llevado a la cárcel, desde donde envió mensajeros para que le preguntaran a Jesús si él era en realidad el Mesías prometido. Después de haber visto el Espíritu de Dios descender como paloma, al ser llevado finalmente al encierro bajo el gobierno de Herodes, pudo sentir el dolor de la soledad y el desasosiego.

Job fue llamado un hombre justo, pero maldijo el día de su nacimiento. Las pruebas a las que fue sometido lo llevaron a ese estado de desesperación y lucha. Elías tuvo miedo de Jezabel y pidió la muerte, reconociendo que él no era mejor que sus padres. Muchos salmistas clamaron a Jehová que parecía estar distante, le reclamaban su olvido, aunque reaccionaron reconociendo que en el Santuario del Señor se comprende mejor lo que sucede en la vida. La Biblia nos dice que es necesario que por medio de muchas tribulaciones entremos al reino de los cielos. Este parece ser el sino de cada creyente: sufrimiento y soledad.

Recordemos que fuimos llamados manada pequeña, aquellos que hemos entrado por la puerta estrecha y que caminamos por el camino angosto. Claro está que hay caídas, rodadas que remontar, que cada día nos parece un nuevo reto para arrancar a caminar. Si uno mira hacia la ventana del mundo, puede ver la maldad que toma diversidad de formas. La injusticia que se comete en las cortes nos lleva a clamar por la justicia divina. ¡Cuánto dolor padece el ser humano, cuánta angustia debe soportar! El pecado tiene múltiples facetas, pero hay quienes sostienen que todo es relativo.

De esta manera practican el mal bajo el argumento de que es su decisión cultural, diciendo que la Biblia debe adaptarse a los tiempos o los tiempos la olvidarán. Muchas aristas exhiben el error humano desde que comenzó en el Edén. La soberbia de Lucifer lo llevó a querer ser semejante al Altísimo, antes de que se apareciese ante la pareja creada para prometerle ser como dioses. Pareciera que el pecado toma fuerza en el engreimiento de la criatura, como si ella quisiese ser como Dios. Lo triste de este escenario es que el pecado ataca por igual al universo de creyentes.

Hay gente que dice creer en el Dios de las Escrituras, pero cambia las palabras del libro que dice entender. No son palabras simples o sin trascendencia las que alteran, son las que en su conjunto nos refieren la doctrina de Jesucristo. Donde dice que hay un infierno de fuego, ellos dicen que es una metáfora, que el Dios de amor no será tan cruel como para crear algo tan terrible. Donde la Biblia muestra la declaración divina de la predestinación de Dios, muchos alteran su contenido aduciendo que Dios predestinó a los que vio que iban a creer. Entonces, uno puede preguntarse: si ya iban a creer, ¿para qué predestinarlos? Además, un Dios omnisciente no tiene que averiguar nada, ya que lo que sabe proviene de Sí mismo, de su acto de voluntad, para que todas las cosas sucedan como Él ha deseado.

También hay personas que consideran muy duro el que la Biblia anuncie que Dios hizo vasos de ira y vasos de misericordia, que Dios odia y ama a personas diferentes. Ellos aseguran que Dios ama a todos, pero a unos los amó más que a otros. Como si Dios hubiese amado a Judas Iscariote, llamándolo hijo de perdición (para que la Escritura se cumpliese). No, Dios no amó a Esaú, sino que lo aborreció (odió, en lengua griega) aún antes de que hiciera bien o mal, antes de ser concebido, para manifestar la gloria de su ira por el pecado.

A este Dios no se venera más, ya que ha sido cambiado por uno más benévolo, uno que se ajusta a lo que la raza humana concibe que debe ser un Dios. El Dios de algunos (y no pocos de los que se dicen creyentes cristianos) es el que ama a todos por igual, el que respeta el libre albedrío (porque eso le honra más), el que envía a su Hijo a morir por todos por igual, el que espera como un mendigo a que algún ser humano se le acerque por voluntad propia. Es el Dios que respeta al hombre en sus decisiones, el que no interrumpe su camino a menos que le den permiso. Es el Dios que permite que las cosas pasen, no el Dios que ha decretado todo cuanto sucede.

¡Cuán desviada está la gente en su concepción del Dios de las Escrituras! A lo bueno llaman malo y a lo malo bueno, torciendo las palabras de la revelación para su propia perdición. El resto del mundo le grita al creyente: ¿Dónde está tu Dios? Como el ladrón no arrepentido en la cruz, el oportunista dice: Sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros. Es decir, Dios tiene que probarnos que Él existe, manifestándose en la forma que nos convenza. Pero el Dios de la Biblia ha dicho que en ocasiones somos desventurados, pobres, ciegos y desnudos. No podemos seguir a tientas y en ignorancia al Dios de las Escrituras.

Si los grandes hombres de la Biblia cayeron en depresiones (como lo ejemplifican los casos mencionados de Juan el Bautista, Job y Elías), ¿acaso no podemos caer nosotros en esos terribles abismos del desánimo? Claro que sí, por lo cual debemos asegurarnos en la velada para no caer en la tentación del mundo. Ese mundo que se nos mete por los poros, el que nos asedia aún dentro de nuestras casas. El mundo que visita los templos hechos de manos, el que adoctrina aún en cuanto a la forma de adorar al Creador.

Velar y orar son los grandes mandatos que Cristo le dejó a su iglesia, pero el pecado diario carcome el órgano de la fe. Luego llega el desespero y una suerte de abandono nos embarga, porque pensamos que Dios nos ha abandonado. Pensemos un momento que, cuando fuimos escogidos para salvación, ya Dios sabía la magnitud de nuestro pecar. Grande fue también la provisión por medio del Hijo, con su muerte en la cruz. Es su sangre la que nos limpia, es su sacrificio el que nos hizo justos. Sin embargo, a pesar de esa realidad doctrinal que la Biblia enseña, el pecado sigue tomando fuerza y en ocasiones hacemos lo que no debemos ni queremos hacer. Algo parecido le sucedió a Pablo, pero él no se derrumbó sino que vio propicio el reconocer a Jesucristo, agradeciendo al Padre por habernos provisto a quien nos librará en forma definitiva de este cuerpo de muerte.

Es un cuerpo de muerte el que construye el pecado, porque apesta como los cadáveres. Ese sarcófago lo cargamos encima o lo llevamos a rastras. Es un fardo en nuestras conciencias de creyentes, es un freno a nuestro gozo por la salvación. Ese daño no aprovecha en nada a nuestras vidas, excepto en que nos sirva de aliciente para considerar de cuán grave castigo nos ha librado el Padre. El castigo por el pecado es la muerte eterna, el dolor que produce el gusano que no muere y el fuego que no se apaga. Sí, que el infierno nos aterre si eso nos lanza a los brazos eternos del Dios que todo lo puede.

El pecado ataca, pero no lo hace solo. No es un ente con voluntad propia, más bien necesita de nuestra ayuda para que se cometa. Somos nosotros los que nos atacamos a nosotros mismos, como suicidas espirituales. Vivir en el pecado, para un creyente, es como volcarse al suicidio del espíritu, como querer matar el alma, el receptáculo de la conciencia de lo divino y eterno. Por esa razón también se escribió que debemos batallar contra la carne, contra los deseos de los ojos y contra la concupiscencia del mundo.

Hemos de hacer morir el pecado en nosotros, por los medios del fruto del Espíritu. Las obras de la carne parecen tener un gran etcétera, después de que se nombran algunas, ya que el apóstol se refirió a cosas semejantes a éstas. El ser humano parece no tener límites en cuanto a la proliferación de las obras de la carne, pero el creyente debe contender contra la realidad del pecado para que avive su conciencia, para que dé fruto a su tiempo, para que su hoja no caiga como no cayó la hoja del árbol junto al arroyo. Con razón dijo un profeta: Si el Señor no nos hubiera dejado descendencia (remanente), seríamos semejantes a Sodoma o a Gomorra.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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