Jueves, 04 de junio de 2020

Históricamente, de acuerdo a la concepción cristiana acerca de Dios, la iglesia ha atribuido gran importancia a los asuntos escatológicos (de los tiempos finales). Hemos sido una iglesia con visión hacia el futuro, como si viviésemos una religión escatológica. Hemos creído siempre que el futuro ha estado ordenado con antelación, por un Dios que es soberano aún en lo concerniente al tiempo. El Credo Apostólico, un documento muy antiguo perteneciente a los orígenes de la Iglesia, contiene grandes afirmaciones referidas a la asamblea de los justificados, a la Trinidad, a la resurrección de los cuerpos y a la vida eterna (entre otros asuntos).

La vida eterna y la resurrección son eventos futuros para los creyentes en esta tierra, pero todo se conjuga con el hecho de la promesa de Jesús de volver a buscarnos, una vez haya preparado las moradas que tenemos reservadas en los cielos. La manifestación de Cristo en su retorno tendrá que ver con la resurrección de los justos y de los injustos, unos para vida eterna y otros para condenación perpetua. Ese día final no puede ser conocido por humano alguno, como dijera Jesucristo: solo mi Padre sabe cuándo será ese día. Tal vez, decimos nosotros en una elucubración, el Señor ya lo sabe habiendo ascendido al cielo y estando sentado a la diestra del Padre.

Una serie de señales fueron dadas para que los creyentes comprendieran cuán cerca podemos estar de la segunda venida de Cristo. Sabemos que es inminente, las cosas que se cumplen en nuestro tiempo nos hacen pensar que es asunto de días, meses o pocos años para que se dé cumplimento a esa venida. En esta época tenemos más capacidad probatoria, datos, para verificar que muchas profecías se están cumpliendo. Esto lo conocemos por el fundamento bíblico (Mateo 24, Apocalipsis, Tesalonicenses, Ezequiel, Daniel, etc.). Los discípulos se interesaron por las señales de la venida de Jesucristo, por lo cual le preguntaron acerca de los signos referentes a ese gran evento para la cristiandad.

Jesús les habló de la destrucción del templo, de la señal de Jonás, en referencia a su muerte y resurrección. Si él era capaz de morir y tomar su vida de nuevo, eso sería una garantía de su retorno a esta tierra. La resurrección de entre los muertos era la señal inequívoca de lo que habría de acontecer. Asimismo, habló de la predicación del evangelio en el mundo como otra señal clave de su segunda venida. Sabemos que esa predicación se está dando por múltiples vías, en especial a través de los medios de comunicación masiva. Claro está, hay mucho falso evangelio predicado, pero procuramos transmitir una información general acerca de quién es Cristo y en qué consistió su trabajo en la cruz.

La Biblia hace referencia a los días de Noé como algo característico del fin. También se refiere a los días de Lot, de manera que podemos mirar de cerca la maldad en su pleno aumento, la escasez y el enfriamiento del amor. Son numerosos los falsos Cristos que se han levantado, proliferan por igual los falsos maestros, los que prometen prosperidad, los que ordenan a Dios para que haga o no haga según los deseos de los crédulos que siguen a estos seres extraños, los cuales pregonan doctrinas de demonios. Uno tiene que estar atento a lo que sucede cada día, al rechazo del evangelio (al verdadero evangelio), a la mezcla de todas las religiones (incluyendo a la religión que se dice cristiana).

El creyente no puede andar asustado por el regreso de su Mesías, como si lo que acontece en el mundo viniera a ser algo insoportable para él. Más bien el Señor nos dijo que oráramos y perseveráramos, para ser tenidos por dignos de escapar de estas cosas que se avecinan. No podemos ilusionarnos con esperanzas vanas, pero sí con la esperanza que no avergüenza. Si nos mantenemos en el día a día con la actividad natural del creyente (oración, adoración, predicación), pienso que no nos vamos a preocupar por el día y la hora, más bien nos vamos a entusiasmar por las señales generales dejadas acerca de lo que acontecería en estos tiempos.

La moralidad ha ido cambiando, pero la doctrina ha ido sufriendo el mayor ataque del maligno. El Señor oró para que el Padre nos santificara en su verdad, añadiendo de inmediato la confesión de que la palabra del Padre era verdad. Sin embargo, hoy día hay multitud de seguidores de Cristo, como lo hubo en su tiempo en esta tierra, que huyen espantados de su doctrina. Estos no se santifican en la verdad, sino que más bien buscan adaptar a su parecer la verdad de las Escrituras. Han amado la mentira de tal modo que les ha sido enviado un espíritu de estupor, un espíritu de engaño, para que terminen creyendo la mentira en forma definitiva y se pierdan.

Pese a esa gran verdad de la Escritura, ella también clama por el pueblo de Dios, advirtiéndole para que salga de Babilonia. El lector entiende que esa Babilonia es la religión engañosa denominada Gran Ramera, madre de otras rameras. Cada vez que la doctrina de Cristo es diluida o mezclada con enseñanzas erróneas, Babilonia impera en el corazón del engañado. En realidad, los engañados por los falsos maestros son los que más se preocupan por la segunda venida del Señor, son los que ven señales en cada esquina, son los que ponen fecha exacta a su venida. Eso no los santifica, lo único que santifica al creyente es la palabra del Padre.

Entonces, ¿en qué cree toda esa gente que sigue la falsa doctrina? Simplemente cree en otro Cristo, pero no en el de las Escrituras. Ellos buscan a Dios, pero no al verdadero; ellos intentan hacer buenas obras (ofrendas, ayudas humanitarias, favores, etc.), pero nada de eso los santifica. No nos extrañe que en esos lugares donde no habita la doctrina de Cristo haya tanta depresión y tristeza, ya que intentan probar que Dios existe haciéndose ellos mismos milagros. Algunos buscan lo sensacional, otros el bullicio, mientras una gran cantidad se torna al misticismo. No es fácil para los que cargan una mentira a cuestas ocultarla, no es fácil confrontarse con la luz del mundo.

La verdad puede doler mucho en el momento en que la gente corrobora sus falsas creencias, pero después da fruto apacible de justicia. La mentira, en cambio, puede ser soportable mientras se vea que millones y millones de personas creen lo mismo. El argumento de cantidad es imperativo en estos casos, pero lo que ignoran ellos es que esa mentira dolerá por siempre cuando el espíritu de error les sea enviado y no puedan volverse atrás. La maldición de Dios está sobre los que predican otro evangelio (cualquier evangelio que no se sustenta en las Escrituras). Los que pregonan la mentira se gozan en sacar de contexto los textos, para argumentar a favor de sus herejías. Su práctica habitual es la literalidad cuando les conviene, y cuando sea mejor la espiritualidad del texto (la hermenéutica conveniente) la adoptan sin dar cuentas del porqué abandonaron la literalidad.

Bueno, Pedro dijo que los que tuercen la Escritura lo hacen para su propia perdición. Jesús también dijo que los adeptos capturados por los viejos fariseos eran doblemente culpables de juicio. De esta forma advertimos a los engañados que no podrán escudarse tras sus falsos maestros, como si la culpa fuese únicamente del predicador herético, ya que la responsabilidad de lo que creemos no puede pasarse a otra persona. Las malas creencias tienen malos efectos en la vida de los que creen la mentira. Es curioso que muchos esperan la segunda venida de Cristo, pero no pueden soportar unos 30 minutos al día de cara a la verdad. Solamente se deleitan en su religión cuando ésta les habla de acuerdo a lo que su razón mutilada le apetece oír.

El Jesús de la segunda venida dijo que escudriñáramos las Escrituras, porque en ella nos parecía que estaba la vida eterna. Él vino a enseñar la doctrina de su Padre, doctrina que a muchos les pareció dura de oír, la que ofendió no a pocos, por lo cual muchos de sus discípulos se retiraron de su presencia murmurando. Pero Dios habló antes por los profetas, ahora nos ha hablado por el Hijo. Si miramos su palabra y comprendemos lo que nos dice, aprenderemos acerca de quién es Dios, de su carácter y de su soberanía absoluta. Al que Dios le da el arrepentimiento cambia la manera de pensar respecto a Él y de sí mismo.  El arrepentido lo llega a ver como absoluto soberano, el que hace todas las cosas posibles, el que crea el bien y crea el mal.  Si Dios es de tal manera soberano, uno debería comprender igualmente nuestra pequeñez.

Jesús dijo que venía pronto, pensemos que han pasado 2000 años desde esa afirmación, y él no miente, de manera que sepamos cuán cerca estamos de esa venida prometida. Pero sigamos el camino señalado, orando en todo tiempo, porque él es un Dios que ama ser personal con cada individuo que se le acerca confiadamente. Dios responderá nuestras preguntas, pero no nos dará la fecha de la venida del Hijo, como tampoco nos indica el día y la hora de nuestra partida de esta tierra.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 19:24
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