S?bado, 30 de mayo de 2020

Los judíos acusaron a Jesucristo de ser un blasfemo, por el solo hecho de haber dicho que era Dios. Él ratificó que era un ser divino, que el Padre estaba en él y él en el Padre, ya que ellos eran uno solo. Otras personas que escucharon esa declaración llegaron a creer porque reflexionaron que no podía alguien bajo la dirección de los demonios hacer las obras que él hacía. Ese era también uno de los argumentos de Jesús, que si no deseaban creerle por sus palabras al menos creyeran en base a sus obras.

En otra oportunidad sanó a un paralítico un día sábado. Eso fue suficiente para endilgarle su infracción a la ley de Moisés. Sanar a un enfermo sus acusadores lo consideraron un trabajo que violaba la ley de la Escritura en cuanto al día de reposo. El Señor también argumentó a su favor de tal forma que el paralítico se benefició de aquella supuesta violación de la ley. ¿Acaso no era menester sacar un asno de un hueco, aunque fuese en día sábado? ¿No se hizo el sábado por causa del hombre y no al hombre por causa del sábado?

En varias ocasiones lo señalaron como un portador de demonios. Es por ello que también se defendió mediante una clara advertencia: cualquiera que blasfemare contra el Espíritu Santo no tendrá perdón ni en ésta ni en la vida venidera. Esa blasfemia consistía en atribuir al demonio la obra del Espíritu, así que tales blasfemos no entrarán jamás en el reino de los cielos. Jesús dijo que un árbol malo no podrá nunca dar un buen fruto, es decir, una persona que no ha nacido de nuevo jamás podrá confesar el verdadero evangelio, jamás podrá manifestar la fe que viene de arriba. Recordemos que el Señor es el autor y el que consuma la fe, que no es de todos la fe sino que ella es un regalo de Dios.

En el mismo contexto agregaba que no puede un árbol bueno dar un fruto malo. Acá hay que mirar de cerca el contexto (como en el caso del árbol malo), ya que de inmediato el Señor concluye tal enseñanza diciéndonos que de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). Eso nos indica que el fruto bueno o malo proviene del corazón, manifestado por las palabras confesadas. ¿Qué es lo que se confiesa? Es indudable que se trata del evangelio que hayamos creído. No puede una persona que haya creído un falso evangelio confesar el verdadero. El árbol torcido nunca sus ramas endereza como no puede jamás una persona que haya nacido de lo alto aferrarse a una falsa doctrina y enseñarla.

Vemos hasta ahora que hay dos pecados que un creyente no comete: la blasfemia contra el Espíritu Santo y la confesión de un falso evangelio. Las personas que hayan cometido el primer pecado, no podrán ni siquiera llegar a creer el evangelio de Jesucristo. Pero los que han creído de verdad no podrán jamás seguir al falso pastor. Así lo asegura el Señor por medio de la enseñanza referida a los dos árboles, como también lo hace al describirse a sí mismo como el buen pastor. En Juan 10:5 se nos dice que los creyentes no seguirán al extraño, porque desconocen su voz; antes, huirán de él, ya que no lo reconocen como buen maestro. En otros términos, el buen árbol jamás producirá el fruto de confesar las mentiras del falso predicador y maestro.

El Señor hizo énfasis en la doctrina de su Padre. Eso fue lo que vino a enseñar (Juan 7:16), de tal forma que podemos indagar en la Escritura todo el cuerpo de enseñanzas que él expuso. De esa manera tendremos una idea ordenada acerca de lo que dijo, de lo que el Padre cree y propuso en su revelación como parte relevante para poder llegar a creer y ser salvos. Isaías dijo tocante al verbo de vida que por su conocimiento salvaría ese siervo justo a muchos. La predestinación como fin decretado viene acompañada con los medios ordenados, para poder cumplirse. Parte de esos medios es la evangelización, pero recordemos que no es cualquier evangelización. No cualquier evangelio es propicio para ayudar en la salvación, ya que Jehová no es el padre de la mentira sino Satanás.

No puede el árbol malo dar un buen fruto, no podrá jamás el falso maestro, el predicador de la falsa doctrina de la redención del extraño producir ni siquiera un solo fruto bueno. ¿Qué nos incida esto? Que hemos de estar atentos a la doctrina de Cristo, no solo para creerla sino para vivir en ella (2 Juan 1:9). Si alguno viene a nosotros sin esa doctrina de Cristo, no debemos recibirlo (no debemos darle la bienvenida como hermano), ya que participaríamos en sus malas obras (2 Juan 1:10-11). Nosotros conocemos la doctrina de Pablo (aprendida por las Escrituras y directamente del Señor), en especial aquella que refiere a la predestinación. En varias de sus cartas menciona tal concepto, en especial en la dirigida a los romanos. En forma enfática les dice a ellos algo referido a lo que venimos diciendo: Empero gracias a Dios, que, aunque fuisteis siervos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual sois entregados (Romanos 6: 17).

Jesús explicaba su doctrina (la misma del Padre) una y otra vez. En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las has revelado a los pequeños. Así, Padre, porque así agradó en tus ojos (Mateo 11:25-26). ¿Cuál era esa doctrina escondida de los sabios y entendidos? En la comisión dada a setenta seguidores, muchos le dijeron gozosos que aún los demonios se sujetaban en su nombre. El Señor les respondió de inmediato: No se alegren por eso, alégrense de que sus nombres estén escritos en los cielos. En ese momento alabó al Padre diciendo que le agradecía por haber escondido las cosas del reino de muchas personas, para darlas a conocer a los pequeños (Lucas 10: 21). En el verso 22 se recoge algo muy particular respecto a la soberanía de Dios: el Padre será revelado a quien el Hijo lo quiera revelar.

Cuando exponía la parábola del sembrador también les enseñó a sus discípulos que así hablaba para que los de afuera no entendieran nada. Solamente a los que están dentro del reino (a los llamados con llamamiento eficaz) les será dado entender el misterio del reino de Dios: Para que viendo vean y no echen de ver; y oyendo, oigan y no entiendan: para que no se conviertan, y les sean perdonados los pecados (Marcos 4:12). Bueno, estamos hablando del mismo Jesús de las Escrituras, el que escogió a Judas Iscariote como hijo de perdición para que la Escritura se cumpliese.

Hablamos de Jesús y el Padre, que son uno, junto con el Espíritu que concuerda con ellos. Es el Jesús que envió al Consolador para que nos recuerde sus palabras y nos lleve a toda verdad, para que interceda por nosotros con gemidos indecibles y nos ayude a pedir lo que conviene. Ese Jesús fue el Hijo amado enviado para el mundo amado por el Padre, como se lo dijo el Señor a Nicodemo; pero es igualmente el mismo que dijo la noche antes de morir que no rogaba al Padre por el mundo (Juan 17:9). Es el mismo autor de las Escrituras donde también está escrito: Yo hice al malo para el día malo (Proverbios 16:4), el mismo que inspiró por medio del Espíritu a que un profeta escribiera: ¿Habrá acontecido algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6). Se trata del Jesús de Jeremías cuando también dejó patentado que de la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo, cuando se preguntó retóricamente lo siguiente: ¿quién es aquel que se atreva a decir que sucedió algo que el Señor no mandó?  Es el Señor de Isaías el que dijo que Dios crea el bien y el mal, la luz y la oscuridad. Por igual es el mismo Dios de Daniel al referir las palabras de Nabucodonosor sobre el Altísimo: no hay quien detenga su mano, porque los habitantes de la tierra son como nada, que da el poder a quien quiera darlo.

Ese Jesús es el que anunciaba Pablo cuando también escribió a los romanos que Dios amó a Jacob, pero odió a Esaú, sin importar sus obras buenas o malas, aún antes de ser concebidos. Es la doctrina del Padre el hacer vasos de ira para el día de la ira, como vasos de misericordia para manifestarles su amor eterno e inmutable. Es el Jesús que murió en exclusividad por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21).

Ciertamente no es el otro Jesús, el anunciado por los falsos maestros con sus erróneas doctrinas, los que tuercen la Escritura para su propia perdición. No es el Jesús de los árboles malos que no pueden dar un buen fruto, de los que de la abundancia de su necio corazón confiesan que murió por todos, sin excepción, que la salvación depende en su parte final de cada quien que así lo desee y lo procure, los que aseguran que Jesucristo hizo su parte, pero ahora le toca a usted hacer la suya. No es el Jesús al que le violan sus palabras, diciendo ahora que el infierno no existe, que un Dios de amor no haría tal crueldad. No es el Jesús de los que predican la doctrina errónea del evangelio de la prosperidad, del hablar en lenguas que ya cesó, de los milagros especiales que se pretenden continuar, aunque ellos hayan sido dados como testimonio de los enviados en momentos específicos. No es el Jesús de los que dan crédito a sus emociones negando la razón de las palabras que están en las Escrituras.

En fin, pudiéramos decir muchas características del Jesús que no mencionan las Escrituras, pero el tiempo se acabaría dando explicación a la enorme cantidad de doctrinas erróneas que aparecen cada día, multiplicándose exponencialmente, para engaño de los que no amaron la verdad, sino que antes prefirieron la mentira. ¿Por qué prefieren la mentira? Porque no han sido llamados eficazmente.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 7:56
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios