Jueves, 28 de mayo de 2020

Sí, Lázaro apesta, al menos desde el momento en que tenía cuatro días en el sepulcro. Una ilustración sobre el poder de Cristo sobre la muerte viene en el contexto de aquello que causa la muerte. El día que comiera del árbol prohibido el hombre moriría, ese fue el contenido del enunciado del Creador ante su criatura Adán. La muerte espiritual hiede tanto como la muerte corporal, por eso el contexto de la resurrección de Lázaro refiere por igual al poder de Cristo para hacer volver la vida a los espíritus. Aquellos que habrán de pasar de muerte a vida, a través del evangelio de Cristo, tienen un olor previo parecido al de Lázaro en la tumba.

La carcasa del mundo y del pecado que el hombre lleva a cuestas deja un olor de muerte ante el hombre que está vivo en el espíritu. Claro está, entre muertos nada parece oler mal, aunque entre los vivos los muertos tienen el mal olor de Lázaro antes de volver a la vida. Nos referimos a Lázaro como hombre común que está sometido a dejar esta vida por ley divina, si bien no hablamos de Lázaro como un muerto en el espíritu. Sin embargo, la comparación es inevitable, ya que lo que originó la muerte fue el pecado. Lázaro heredó de Adán esa maldición, ese legado que cada ser humano tiene por fuerza.

En ocasiones, el Señor demora en venir al auxilio de algún ser amado, solamente con la intención de manifestarse oportunamente, para dar una riqueza mucho mayor. Lázaro estaba enfermo y el Señor demoró en llegar. Jesús amaba a Lázaro y a su familia, pero demoró a propósito su llegada, con el fin de exhibir su poder especial sobre el aguijón del pecado. Nosotros intentamos apreciar la grandeza del amor de Dios, no porque lo amemos más que a nadie sino porque él nos ama en forma especial. Ya sabemos que su muerte en la cruz es una expresión de amor supremo, aunque hay también un afecto especial que el Señor tiene en su relación con cada uno de sus hermanos o hijos.

De Abraham se dijo que era amigo de Dios, de Juan se escribió que era el discípulo amado, pero es Juan quien escribe en una de sus cartas que debemos fijarnos en el gran amor que nos ha dado el Padre. Es decir, cada quien podrá afirmar que su relación con Cristo es especial en una u otra medida. No obstante, todos los que hemos nacido de nuevo podemos afirmar que somos amados por el Padre de tal manera que nos envió al Hijo.

Nosotros ignoramos demasiadas cosas respecto al propósito de Dios con nosotros, así como los discípulos ignoraban la razón por la cual el Señor demoraba tanto para llegar a la casa de Lázaro. No nos extrañe que ignoremos las razones del Todopoderoso para no rehabilitar a algún hermano en forma expedita. El hijo pródigo fue esperado por el padre día a día, pero no fue traído de inmediato. Jeremías dijo que había sido atado con cuerdas de amor, como si Dios fuese paciente y aguardara que nuestro carácter de creyentes madurase. Nosotros nos gloriamos en las aflicciones, ya que todo ello nos lleva a la esperanza que no avergüenza.

A veces presumimos que somos más rápidos que Dios, al suponer que Él debería actuar en forma inmediata cuando algo nos atormenta. Poco importa que sea nuestro pecado lo que nos causa el tormento, en ocasiones el Señor aguarda. Lo que la iglesia como organización, como conjunto de personas, debería repensar la capacidad que tiene el Padre para perdonar a los caídos. Hay hermanos que huelen como Lázaro, como si tuviesen días en el sepulcro, así como pudo oler el hijo pródigo en medio de las pocilgas.

Recordemos que el hermano mayor de ese pródigo lo acusaba ante el padre, ya que él siempre estuvo allí y no malgastaba las riquezas familiares. El padre hizo caso omiso de esa queja, tampoco tuvo a menos el mal olor de su hijo, simplemente abrazó al hombre arrepentido y lo restituyó con gran festejo. Ah, pero la iglesia no ve con agrado tal regocijo del Padre, o el de los ángeles del cielo, sino que más bien se goza en disciplinar al creyente arrepentido. Es curioso que lo piensan restaurar lentamente, como si Dios actuara de esa forma.

Jesús dijo que él era la resurrección y la vida, de manera que nosotros estamos seguros de haber pasado de muerte a vida. De nuevo, la iglesia debería mirarse en ese espejo, para dejar de acusar a los que tropiezan a diario -como también le aconteció al apóstol Pablo (Romanos 7). Siete veces caerá el justo y siete veces Jehová sostendrá su mano. Esa es una afirmación categórica, eficaz y de mucho aliciente.

Es cierto que padecemos mucho en estos tiempos que parecen ser de los últimos días. El mundo agrede con fuerza y Satanás sabe que le queda poco tiempo. Recordemos que hubo demonios que argumentaron con Jesús diciéndole que todavía no había llegado su tiempo. Ellos conocen lo que tienen que hacer y hasta cuándo lo harán, pero nosotros conocemos el futuro por los signos que acontecen. De manera histórica la iglesia cristiana ha atribuido suficiente importancia a la escatología (los eventos del fin de los tiempos), por eso hoy día también sigue valorando los acontecimientos del día a día para darse cuenta de que el fin está cerca. Por ello, las palabras de Jesús recobran vigencia: la maldad será aumentada y el amor de muchos se enfriará.

Incluso se ha escrito que estos tiempos han de ser acortados por causa de los escogidos. Entonces, ¿para qué afligir más al hermano que ha tropezado y caído en los lazos del mundo? Tal vez quienes más fustigan al caído son los que piensan que la salvación se obtiene por obras, por buenas acciones, por poseer una conducta sin tacha. No es así, la ética cristiana tiene su beneficio en la comunidad de creyentes y aún en el mundo. Ella es una consecuencia del don de Dios, no la causa de nuestra redención. Eso fue lo que Pablo nos demostró con su experiencia y llevado por el Espíritu para que escribiera lo que le acontecía. Cuando el creyente cae en sus pecados también aprende, se ejercita en la madurez. Pablo lamentaba su miseria al querer hacer lo bueno y no hacerlo, al hacer lo malo que odiaba hacer.

David también tuvo sus caídas, Sansón ante los filisteos, Aarón cuando ayudó a darle forma al becerro de oro. Hay multitud de ejemplos en la Biblia como para espantarse, si siguiéramos las buenas obras como causa de nuestra redención final. Esto no quita el concepto emitido al principio, que el pecado apesta como la muerte. Si pudiéramos pensar como el apóstol a los gentiles ayudaríamos mucho más a los hermanos que caen a diario en las vicisitudes de la vida. Pablo aseguró que aquello malo que hacía obedecía al pecado que moraba en él. Él descubrió una ley en sus miembros y la llamó la ley del pecado, de manera que sus caídas obedecían a ese flagelo que todavía sufrimos: el pecado en su naturaleza.

Ese mismo apóstol venía de preguntarse un poco antes acerca de cómo viviremos aún en el pecado. Vivir en el pecado es una cosa muy distinta a caer una y otra vez en los tropiezos de la carne (siete veces caerá el justo…). Estas cosas están escritas en la Biblia para que evitemos convertirnos en viejos fariseos, los que tenían su sepulcro blanqueados por fuera. En realidad, sus almas olían como el cuerpo muerto de Lázaro. La podredumbre dentro del alma humana deja su rastro, aunque se blanquee con cal, aunque se perfume con el más fresco olor. Los fariseos pensaban de sí mismos que merecían el reino de los cielos, que por cultivar la ley de Moisés ya habían ganado el favor de Dios.

El problema de suponer que la salvación se conquista por obras, o se mantiene por medio de ellas, implica la realización de un gran esfuerzo por no pecar y para aparentar no pecar. Es allí donde comienza nuestra escuela de hipocresía, pretendiendo que los hermanos no se enteren de las cosas horrendas que hacemos, sin importarnos que ya Dios se enteró (aún antes de que las hiciésemos). Cada quien sacará sus conclusiones, pero resulta de mejor ayuda el sincerarnos ante nuestros hermanos para ver si exhibida nuestra conducta errónea somos ayudados sabiamente.

El que esconde sus pecados no prosperará, dice la Escritura. Pero ¿cómo podemos conversar con quien podría darnos ayuda espiritual, si él presupone que no peca o que peca muy poco? Fijémonos en la forma en que Pablo manifestó lo que le acontecía (Romanos 7), en lo que dijo Santiago acerca del profeta Elías -que era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras. Fijémonos en David y cómo escribió el Salmo 51, confesando que nosotros hemos sido concebidos en maldad y formados en ella. Es cierto que tenemos que hacer morir lo terrenal en nosotros, pero nada podemos recibir de aquellos que pretenden esconder su errónea doctrina bajo el manto de una buena conducta.

Cuando Lázaro fue devuelto a la vida, su olor de muerte desapareció. Así también nosotros seremos un grato olor en Cristo para Dios, sea de vida o de muerte, pero grato olor, una vez que hemos sido reconciliados con Él. El grato olor de muerte que somos para Dios se da en aquellos que se pierden, pero el grato olor de vida se da en aquellos que son salvados. Así transitamos por el mundo, creyendo el evangelio y dando testimonio de nuestra fe. No pretendamos una perfección ética que no poseemos, más bien sincerémonos para ver cómo seremos ayudados.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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