Lunes, 25 de mayo de 2020

Los que han recibido a Cristo son reconocidos como hijos de Dios, aunque los que lo han rechazado ya han sido condenados. El testimonio de la luz que vino al mundo exhibe las obras del hombre, pero lo que más se demuestra es el conjunto de sus obras malas. Más allá de la buena conducta, de la ética protestante, de las buenas maneras de comportarse, hay una forma de testificar que manifiesta lo que el corazón tiene guardado. Un árbol bueno se conoce por su fruto, lo mismo que un árbol malo. Imposible resulta que el árbol bueno dé un mal fruto, o que el árbol malo dé un fruto bueno. Cuando Jesús mencionaba esta enseñanza de los árboles y sus frutos, hizo una referencia inmediata y final a la confesión, por medio de las palabras: De la abundancia del corazón habla la boca. Esa parte final de su discurso enlaza y concluye el comienzo del argumento, el que alude al fruto bueno y malo. Con esta breve exégesis se destaca la confesión con los labios y boca de lo que abunda en el corazón. Jesús se refería a la doctrina que la persona ha construido y aprendido, a partir de lo que él había enseñado. Si él estuviera hablando de la ética, no habría hablado necesariamente de la importancia de reconocer lo que se tiene dentro de sí mismo para hablar. Normalmente, las buenas o malas obras son acciones que se pueden contemplar por sí mismas y por sus consecuencias. Pero lo que guarda el corazón sale apoyado de la confesión que pone de manifiesta la boca, el discurso que hilvana lo que se ha concebido como doctrina sostenible. Si Juan el apóstol nos enfatiza acerca de la importancia de habitar en la doctrina de Cristo, al punto de que los que no la tienen tampoco tienen al Padre ni al Hijo, y de que no se puede recibir con agrado a quien no traiga tal doctrina, podemos referir ese tema al contexto de Jesús cuando hablaba del fruto del árbol bueno y del árbol malo. La Biblia nos dice que los que hemos recibido a Cristo hemos sido declarados hijos de Dios. El discurso bíblico resulta enfático en el tema de la elección del Todopoderoso en relación a sus hijos. Somos la manada pequeña, solitaria en el mundo sobrecargado de malignos, pero no porque haya habido algo bueno en nosotros que mereciera la predestinación. Más bien, lo necio del mundo escogió Dios, lo que no es, lo más despreciable señaló como vasos de misericordia para avergonzar a lo que es (o pretende ser). No es por obras, para que ninguno se gloríe, pero si alguno se gloría que lo haga en la cruz de Cristo. También nos dice la Escritura que ninguna persona puede recibir a Cristo (o venir a él) si el Padre no lo lleva hacia el Hijo. Añade que el que es enviado no será echado fuera, sino que será resucitado en el día postrero. Quiere decir, por implicación necesaria, que aquellos que no van hacia el Hijo nunca han sido enviados por el Padre para que sean resucitados en el día postrero. Se habla acá de la primera resurrección, donde los bienaventurados serán levantados para vida. La segunda resurrección es para muerte eterna, por eso el Apocalipsis señala que somos bienaventurados los que resucitemos en la primera resurrección. Jesús le hablaba a una multitud de discípulos que habían presenciado el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, diciéndoles que nadie podía ir a él si el Padre no lo traía. Aquella palabra conmovió a la multitud que lo seguía por mar y tierra, que se aglomeraba para escuchar su voz y que buscaba el alimento para el cuerpo. Ellos eran hijos de Abraham, tenían la ley de Moisés, se consideraban aptos para el reino de los cielos. Mucho más ahora que el Mesías esperado estaba entre ellos (y ellos lo seguían). Esa multitud quedó impresionada con la predicación de Jesús, cada uno de ellos consideró aquellas palabras como una osadía ofensiva. ¿Qué era eso de que Jesús se consideraba el pan del cielo, el verdadero maná enviado por el Padre? ¿Cómo era posible que ellos no pudieran seguirlo, si lo habían buscado por varios días, dando testimonio de sus milagros y palabras sabias? Cuando algo no gusta del discurso de una persona, la murmuración llega para desahogar la molestia. El argumento que justificaba aquella murmuración venía a poner solución a las angustias de la multitud: la palabra de Jesús era dura de oír. Ofendidos, se disponían a retirarse por lo que el Señor los increpó diciéndoles: ¿Esto os ofende? (Juan 6). Momentos más tarde les reiteró aquello que los había incomodado tanto: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mi si no le fuere dado del Padre. En otros términos, Jesús les reiteraba el tema de su discurso y enseñanza, la predestinación del Padre. Por supuesto, tal líder echaba por tierra todo su acto milagroso con el cual era atraída la multitud. Resulta muy interesante que el Señor enviado por el Padre al mundo amado no resultase más persuasivo. Parecía como si hubiese dejado escapar una oportunidad para redimir a una importante multitud. Esta escena recuerda otra, la que se recoge en el capítulo 17 de Juan, cuando Jesús oraba en el Getsemaní. La noche previa a su martirio en la cruz le decía al Padre que él no rogaba por el mundo, sino solamente por los que le había dado (y le daría). El Jesús del ministerio de la reconciliación siguió hasta el fin de su trabajo en esta tierra con la misma doctrina que enseñaba. Nunca se apartó de ella, más bien reconoció que ella daba respuesta al éxito de su misión, éxito que no se veía por el argumento populista de cantidad. La puerta angosta, el camino estrecho, la aflicción del mundo, son expresiones propias para una manada pequeña. Los doce apóstoles -que eran once verdaderos, en un principio, ya que Judas Iscariote era un diablo-, constituyen un número muy bajo para tan grande tarea en el planeta. Ello corresponde al objetivo inicial del Padre de redimir solamente al grupo de sus elegidos. Desde la eternidad estuvo preparado el Cordero de Dios para manifestarse en el tiempo oportuno, por causa de nosotros (1 Pedro 1:20). Un propósito eterno e inmutable ha hecho que se haya levantado la iglesia en esta tierra, como un hogar para los creyentes. Nuestro deambular por el mundo es visto como el caminar por sendas enemigas, donde tendremos aflicción. Solo confesar a Jesucristo ante el mundo ha hecho que la burla, el desprecio e incluso la muerte, hayan sido la respuesta mayoritaria. Pero como dato curioso, es de ese mismo mundo de donde hemos salido los creyentes. Estamos en el mundo donde existe gran aflicción, pero no somos del mundo. Se nos ha ordenado predicar este evangelio por todas partes, para que aquellos que crean, por cuanto han sido llevados por el Padre hacia el Hijo, lleguen a formar parte de esta hermandad eterna. La predestinación jamás pretende negar la predicación, única vía para conocer al siervo justo que salva a muchos. Pero conocer la Hijo no es solo nombrarlo, ni decirle Señor, es conocer su doctrina (ya que por su conocimiento salvaría a muchos, como dijera Isaías). Ese conocimiento doctrinal será confesado por nuestra boca, como una verificación de que somos árboles buenos. Por eso, no puede un árbol bueno dar un fruto malo, como confesar un evangelio extraño, el mismo de los falsos maestros. El que no trae la doctrina de Cristo con él no tiene ni al Padre ni al Hijo. De allí la importancia de estudiar las Escrituras, ya que en ellas nos parece que está la vida eterna. César Paredes [email protected] destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:54
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