Domingo, 17 de mayo de 2020

Al investigar acerca de la voluntad de Dios, uno encuentra que ésta se extiende a todos los ambientes en los cuales nos encontramos. No hay ni siquiera una molécula que quede libre del control divino, ni siquiera la del Covid-19. ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad, lo cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6). Los profetas del Antiguo Testamento lo han declarado: De la boca de Jehová sale lo bueno y lo malo (Jeremías), Jehová crea el mal (Isaías). Si alguien puede tener dudas teológicas respecto a lo dicho, pudiera pensar un momento en el diluvio universal, donde podrían despejarse las incógnitas acerca del Dios soberano que hace como quiere, quien no tiene quien detenga su mano.

Ahora bien, el control absoluto de Dios no nos exime de nuestra responsabilidad. Al contrario, por ser nosotros criaturas dependientes debemos sumisión a Aquél que nos hizo, ya que nosotros no nos hicimos a nosotros mismos. A pesar de que se haya ordenado todo cuanto acontece, se ha exhortado al creyente a que ore. Las oraciones ante el Dios del cielo son necesarias, al menos para nosotros; ellas pueden constituir el mecanismo por el cual se derraman bendiciones, castigos, acontecimientos históricos, por lo que no podemos negar que el ser humano tenga su parte en la historia misma. Pareciera que la oración es un misterio sin resolver, simplemente uno ora y algo acontece. Pero la mente acuciosa podría preguntar si lo que acontece hubiese acontecido igualmente sin haber orado.

La respuesta a esa inquietud ha de darse con mucho cuidado. No podemos decir que nosotros movemos el brazo de Dios, como si Él fuese el genio de la lámpara. No podríamos ser veraces si nos arrogamos el dominio de lo acontecido por el hecho de que rogamos a Dios. Se nos ha ordenado orar y vigilar, para no entrar en tentación; se nos ha exigido que pidamos porque se nos dará; se nos ha recomendado que vayamos confiadamente ante el trono de la gracia. La vida espiritual del creyente tiene su oxígeno en la cámara secreta, bajo el manto de la oración a solas, para esperar más tarde una respuesta pública. El Dios que nos oye en lo secreto nos recompensará en público, aseguró Jesucristo.

El mal no surgió por generación espontánea, no hay un ser creado que pueda ser independiente del Creador. Agustín de Hipona pretendió resolver el problema del mal diciéndonos que éste era el alejamiento de Dios. Pero tal aseveración esconde el intento de exculpar al Creador de todo cuanto ha hecho, como si Él se incomodara por haber creado el mal (Isaías). ¿Cuál es el problema si aceptamos lo que dice la Escritura? No hay problema para el creyente, pero sí que lo hay para el cristiano que profesa externamente el cristianismo sin haber nacido de nuevo.

La Biblia nos asegura que el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), lo cual nos lleva a inferir que Dios no se jugaba un as bajo la manga. Él sabía lo que habría de acontecer en el Edén, pero no porque adivinara el futuro o porque lo averiguara como algo que no supiese. Más bien, el Dios que todo lo sabe (Omnisciente), sabe las cosas porque ha planificado que sucedan de una determinada manera. Si Jesucristo estuvo preparado como Cordero antes de que se hiciese el mundo, Adán tenía que pecar. El mal, por lo tanto, tenía que existir en un momento dado, para que no quedara sin efecto la labor ordenada al Mesías. ¿No hizo Jehová al malo para el día malo? (Proverbios 16:4).

La claridad de la Biblia arroja una luz muy fuerte, al punto de que tiende a cegar al incrédulo. La Escritura nos habla de un Dios que odia sin fundamentarse en las obras buenas o malas de los seres humanos (Véase Romanos 9, por ejemplo). Esa claridad ha cegado a tantos (incluso a teólogos de renombre) que no pocos objetan la justicia divina. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Es circular la meditación, con argumentos que nos llevan otra vez al principio de todo: el propósito eterno e inmutable que tiene el Creador para hacer las cosas como son. Aún el Hijo de Dios estuvo ordenado para padecer por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), para andar en una serie de pasos con eventos planificados por el Padre. Pero esos eventos no fueron fáciles, muchos de ellos se realizaron bajo el manto del pecado. Por ejemplo, Judas Iscariote fue escogido como el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Lo que él hizo fue pecado, pero ordenado por Dios (como lo dijo a sus profetas).

Mirarán al que traspasaron, dice una profecía, lo cual sugiere que el asesinato del Hijo de Dios tenía que acontecer de una cierta manera (bajo actos pecaminosos). El Señor debía morir junto a los malhechores, fuera del campamento como aquel chivo expiatorio del Antiguo Testamento. El Salmo 22 está cargado de frases proféticas: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Ese desamparo fue parte del castigo por haber llevado nuestras iniquidades. El Señor fue hecho oprobio, desecho del pueblo (verso 6), fue igualmente escarnecido y abrieron contra él la boca como león rugiente. Fue rodeado de malignos que le horadaron sus manos y sus pies (verso 16). Pero también dice que pudo contar sus huesos (como de igual forma se dijo en el Salmo 34:20, que ni uno de sus huesos sería quebrantado). Se rifaron sus vestiduras (Salmo 22:18), fue desechado y despreciado entre los hombres, varón de dolores y experimentado en quebrantos, menospreciado (Isaías 53:3).

Es decir, el homicidio más terrible ocurrido en la tierra fue el perpetrado contra el Hijo de Dios, pero casi todos los actos y eventos en torno a ese suceso fueron pecados planificados por el mismo Padre Celestial. Así que orar no es cosa vana, de seguro ha sido igualmente preordenado. Incluso, la Escritura ha hablado al respecto, cuando leemos lo que allí dice: en aquel tiempo clamaréis a mí, y lo haréis con todo vuestro corazón…yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, pensamientos de bien y no de mal, para daros el fin que esperáis. Jesucristo oró todo el tiempo, incluso en la cruz clamó al Padre acerca de muchas cosas. Orar es hablar con Dios, es confiarle a Él nuestros secretos (que ya conoce), para que Él nos recompense en público.

No hay nada al azar, ni una sola molécula puede estar suelta y alejada del control divino. Asimismo, están nuestros pensamientos en la mano de Jehová, inclinados a todo lo que Él dispuso. Orar implica recompensa, solo recompensa; no es una dádiva lo que hacemos con el Dios de paz, más bien es un acatamiento de su voluntad con el propósito de colmar de satisfacción nuestra existencia. Orar ayuda en el camino a recorrer, en cómo hemos de anunciar el evangelio, en la manera de actuar entre hermanos y en la forma de comportarnos en el mundo. En orar no existe desperdicio, solo ganancias.

El Dios que no dejó nada al azar, el Dios que aún el azar controla, nos tiene asidos desde la eternidad. Él no perderá lo que es suyo, lo que eligió como vaso de misericordia y objeto de su amor. Él no dejará sin recompensa al Hijo que hizo tal sacrificio en favor de su pueblo, sino que hará que vea el fruto de su trabajo. Pero Dios ha querido que sea por medio del conocimiento del siervo justo que éste salve a muchos. La predicación del evangelio continúa, porque no hay otra forma de ser salvos sino por medio de Jesucristo. Aún los predestinados para salvación hemos de oír el evangelio porque ese mecanismo también ha sido predestinado. El Dios que ordenó el fin hizo lo mismo con los medios.

Si el evangelio es necesario para la salvación, necesaria para nuestra alma es la oración. Así como no hay moléculas a la deriva, nuestros deseos no quedarán al abandono cuando acudimos ante nuestro Padre deseoso de oírnos. La parábola del hijo pródigo nos enseña sobre el padre expectante, el que esperaba todos los días al hijo que habría de regresar a casa. Es una buena moraleja la que proviene de esa parábola: que nos animemos en el regreso al hogar, al sitio secreto donde nos encontramos con el Dios de la creación. Aunque hayamos pecado contra el cielo y contra el Dios del cielo, Él nos abrazará cuando reconozcamos nuestros errores y nuestras insuficiencias.

No hay razón para preguntarnos por qué orar, más bien deberíamos decirnos a menudo: ¿por qué no orar? Nada se pierde y mucho se gana, porque cada respuesta será la apropiada según lo indiquen los planes eternos del Dios inmutable, con el fin de alcanzar los objetivos propuestos. Nosotros como vasos de misericordia, frente a los vasos de ira, para que veamos el gran amor que nos ha dado el Padre al llamarnos sus hijos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:27
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