Jueves, 14 de mayo de 2020

Los que no creen en Jesús y están condenados, no han sido llamados por el Padre para ir hacia el Hijo. Esa es la síntesis de la lectura de Juan 6:63-66. La salvación es un asunto de la voluntad del Padre, manifestada desde la eternidad, con el propósito de glorificar al Hijo como el Redentor de muchos hermanos. Fueron discípulos del Señor los que se retiraron molestos por las palabras de Jesús, cuando decía que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo trajese. Ellos habían acudido voluntariamente ante Jesús, comieron de los panes y los peces, escucharon sus palabras y viajaron por mar y tierra para llegar a ser sus seguidores. Pero la doctrina de Jesús les pareció dura de oír.

El que alguien escuche que Dios ordenó a multitudes para que no crean en el Hijo, no solo les parecerá palabra dura de oír sino también los ofenderá. Resulta extraño que tal ofensa y tal incomodidad no se manifieste cuando al leer en el mismo texto (Juan 6) se descubre que Jesús dijo de Judas que era un diablo escogido por él para el trabajo que ya conocemos. El problema no es por lo de Judas, el reconcomio se da por la universalidad de las palabras del Señor. Si al menos se hubiese destinado a uno solo para perdición, en favor de una humanidad que pudiera escoger su destino, se pasaría por alto esa ofensa de Dios. Pero a Dios no se le perdona jamás que haya hecho con la mayor parte de la humanidad lo mismo que hizo con Judas. En realidad, ¿quién soporta las palabras bíblicas que declaran el odio eterno del Creador por Esaú, sin tomar en cuenta la obra buena ni la mala y sin que aún fuese concebido? 

De los doce apóstoles escogidos, once fueron para salvación y uno para perdición. Jesús siempre estuvo claro en cuanto a la voluntad del Padre, por eso en su oración intercesora no quiso rogar por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y le daría por la palabra de sus escogidos. En Efesios 1:4-5 vemos la temporalidad del acto divino de la elección incondicional de sus escogidos, de lo cual se desprende que los que no fueron escogidos para tal fin fueron ordenados para perdición eterna desde entonces. 

Vemos que hay una doctrina opuesta a la de las Escrituras. Hay quienes sostienen que Dios desea la salvación de cada ser humano, que Jesucristo hizo su parte en la cruz, pero que algunos corazones se niegan a recibir tal regalo. Uno de sus textos preferidos es 2 Pedro 3:9, tomado fuera de contexto. Olvidan el destinatario de la carta y universalizan el referente de destino. Dios no desea que ninguno de sus escogidos se pierda, al igual que le dijo a Ezequiel que no deseaba la muerte del impío. ¿De cuál impío? De aquellos que Él había señalado como justos en el antiguo Israel, pues no todo Israel sería salvo, sino que en Isaac sería llamada la descendencia. Los que forman parte de esta descendencia que es Cristo, son los muchos hermanos que Dios le dio, son el fruto de su trabajo, de acuerdo a Isaías. De allí la paciencia de Dios para con nosotros, para que procedamos a arrepentimiento. El verso 9 dice: sino que es paciente para con nosotros; el interesado en descubrir la verdad deberá preguntarse quiénes forman parte de ese nosotros. El destinatario primario de la carta está reflejado en el primer verso del primer capítulo de la misiva de Pedro: a los que habéis alcanzado fe igualmente preciosa con nosotros en la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo.

Ahora bien, si Dios quisiera que cada una de las personas de la tierra fuese salva y procediera a arrepentimiento, sería innegable que su Hijo habría rogado por igual por el mundo. Pero en Juan 17:9 hemos visto que no lo hizo, sino que expresamente dejó reflejada su intención de no morir por los pecados del mundo. ¿De cuál mundo? Del mundo no amado por Dios, del mundo odiado por él; en cambio, Dios amó de tal manera al mundo que le envió a su Hijo para que sea salvo por él (Juan 3:16). Si usted examina los contextos de estos dos mundos descritos por Jesús, recogidos por el evangelista Juan, se dará cuenta de que el mundo del que Jesús hablaba con Nicodemo era el de los elegidos e incluía a los gentiles. En el segundo caso, Jesús expone que no muere para expiar los pecados del mundo, de manera que tiene que ser otro mundo: sin lugar a dudas, se trata acá del mundo no amado por Dios (un mundo distinto al de Juan 3:16).

Los que reciben a Jesús, los que creen en su nombre, son salvos; pero eso no quiere decir que cada habitante del planeta tenga la libertad y voluntad para hacerlo. Sabemos que si el Padre no lo lleva hacia Jesucristo no será salvo. ¿Quiénes son los que reciben a Jesús y creen en su nombre? Son los mismos que son engendrados por voluntad de Dios, de acuerdo a lo que el contexto declara en el texto de Juan 1:12-13. Pero algunos prefieren leer el verso 12 en forma aislada, sin mencionar la aclaratoria del evangelista que da en el verso siguiente. En efecto, este verso expone: los cuales no son nacidos de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. El pronombre relativo el cual o los cuales refiere a un hecho anterior. De esta forma, los que reciben a Jesús y son hechos hijos de Dios lo hicieron en virtud de haber sido engendrados por Dios, no por voluntad humana. Más claro, imposible; pero los propagadores del falso evangelio aman la separación del contexto de sus respectivos textos, adulterando la Escritura para su propia perdición (y de quienes siguen sus enseñanzas). 

El autor y consumador de la fe es Jesucristo, de manera que aunque él sea el objeto de nuestra fe es también el dador de la misma. No es de todos la fe, afirma Pablo en Tesalonicenses, sino que es un regalo de Dios (Efesios). En Romanos 3:22, Pablo habla de la justicia de Dios: La justicia de Dios por la fe de Jesucristo, para todos los que creen en Él. Sabemos que esa fe de Jesucristo la da él mismo, en tanto autor de la fe y por cuanto la gracia, la salvación y la fe misma son un don de Dios (Efesios 2:8). La fe es propiedad de Jesucristo, y la Escritura lo afirma una vez más: Mas encerró la Escritura todo bajo pecado, para que la promesa fuese dada a los creyentes por la fe de Jesucristo (Gálatas 3:22). Y en el último libro de la Biblia, su escritor resalta el mismo tema: Aquí está la paciencia de los santos; aquí están los que guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús (Apocalipsis 14:12).

La justicia del hombre no alcanza el rasero de la justicia de Dios, por ello el Padre aceptó la justicia del Hijo y la Escritura habla de Jesucristo como nuestra justicia. Pero los portadores del mensaje del otro evangelio se ufanan de colocar al lado de tal justicia la suya propia, lo cual demuestra cuán perdidos están, ignorando el conocimiento del Siervo Justo. Véanse Romanos 10:1-4 y Filipenses 3:9, compárense ambos textos para que se concluya que los que no logran la justificación por la fe de Cristo anteponen su propia justicia, como los que buscan combinar gracia con obras. 

Estos falsos maestros enseñan por doquier que Jesucristo murió por toda la humanidad, sin excepción, de otra manera ¿cómo podría inculpar a los que no pueden resistir a la voluntad de Dios? Con esa proclamación demuestran su oposición a la expresa palabra de Dios, la que abunda de principio a fin afirmando que Dios es soberano aún en materia de salvación y condenación. Estos falsos creyentes siguen de cerca el catolicismo romano en su teología de redención, asumiendo que si alguien asiente que la gracia de la justificación es solamente obtenida por los predestinados para vida, mientras hay otros que no reciben tal favor de parte de Dios, sino que son predestinados para su perdición, el tal ha de ser considerado anatema (maldito). Bien, los que están alineados con la teología romana en esta materia se sienten bendecidos por esa iglesia falsa, pero asienten en la maldición que recae en los que sí creemos en la absoluta soberanía de Dios en materia de salvación y condenación. Ellos tendrán que arrancar de las páginas de la Biblia innumerables textos, pero como tal labor resultaría en una desfachatez asombrosa han preferido la interpretación sutil de sus teólogos. 

Algunos de sus estudiosos han ido tan lejos que han llegado a decir que el verbo odiar, en lengua griega, quiere decir amar menos. No pueden imaginar un Dios capaz de odiar, con un propósito eterno. Esa es la razón por la que muchos de sus hombres célebres (Wesley y aun Spurgeon) han llegado a difamar el nombre de Dios. John Wesley afirmó que un Dios que predestina es como un tirano, alguien semejante a un diablo. Spurgeon, aunque defendía la gracia sola y la predestinación, se enredó con lo de Jacob y Esaú, específicamente con este último. Para él, la respuesta que se puede dar a la interrogante de por qué Jacob fue escogido para salvación debe tener un tratamiento diferente de la respuesta acerca de Esaú como vaso de ira. Sencillamente, el hombre célebre de los calvinistas sostuvo que el que pusiera a los pies de Dios la sangre del alma de Esaú estaría diciendo algo atroz. Para él sería suficiente rebelarse contra quien tal cosa afirme, y se volvería en su enemigo con toda su alma. Pero pareciera que Spurgeon no se hubo dado cuenta de que quien puso la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios fue el Espíritu Santo, inspirando a Pablo. ¿Será que Spurgeon se rebeló contra el Espíritu Santo?

En síntesis, muchos evangelios rondan las iglesias, disfrazados de buena doctrina. Por esa razón se nos ordena probar los espíritus, para ver si son de Dios. No debemos dar la bienvenida a ninguna persona que no traiga la doctrina de Cristo, ya que eso supone hacerse partícipe de sus plagas y maldiciones. En resumen, pese a las imitaciones salidas de los corazones de los falsos maestros, hemos de creer el único evangelio predicado en las Escrituras. Esa es la tarea de todo creyente verdadero, para poder permanecer en la doctrina de Cristo.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

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