Jueves, 14 de mayo de 2020

Aunque Pablo dijo que no había otro evangelio que el que él predicaba, señaló que hay personas que traen otro evangelio. Esta es una forma de asegurar que el evangelio de Cristo es único, pero que sufre imitaciones. Jesús dijo una vez que debíamos estar pendientes del buen fruto, de acuerdo a lo que abunda en el corazón y que se confiesa con la boca. Pese a ello, no son pocos los que hacen énfasis en la moral y las buenas costumbres. Piensan que el buen fruto es la buena conducta del creyente.

Desde ese ángulo guardan bien oculto todo lo concerniente a la doctrina, como si ésta no fuese tan relevante como las buenas obras. De allí que arman religiones basadas en normas, ritos y maneras de vivir, pero nada tienen que ver con el mensaje esencial de Jesucristo. Si miramos la Biblia un poco, nos daremos cuenta de que la expiación hecha por el Cordero de Dios marca un hito histórico-teológico sin parangón. Aquella simiente anunciada en el libro del Génesis, cuando el Creador le prometió a Eva que levantaría un descendiente para luchar con la serpiente, vino a manifestarse en carne en la historia de la humanidad.

Ese Jesús fue enfático al morir por todos los pecados de su pueblo, de acuerdo a lo que el ángel le dijo a José en una visión o sueño, según lo que relata Mateo 1:21. El nombre Jesús significa Jehová salva. Eso fue lo que hizo Jesucristo en la cruz, ya que sin haber cometido pecado (como Cordero sin mancha) fue hecho pecado por causa de su pueblo. La noche antes de su crucifixión oraba al Padre, agradeciéndole por los que le había dado y le daría por medio de la predicación de aquellos. En forma enfática, en medio de su oración de amor por los escogidos, quiso dejar testimonio -una vez más- sobre el propósito de su muerte. No ruego por el mundo (Juan 17:9), una expresión doctrinal relevante, que no se puede esconder en moral y buena conducta.

Juan, en una de sus cartas, escribe que no es posible tener al Padre ni al Hijo si no se habita en la doctrina de Cristo. Agrega el apóstol que cualquiera que dé la bienvenida a las personas que andan en otra doctrina (otro evangelio) recibirán las plagas que los falsos maestros y prosélitos reciben. En otros términos, el dar la bienvenida espiritual a los que niegan la verdad de Cristo es un claro indicio de no haber nacido de nuevo. Para ellos, el llamado es a arrepentimiento para perdón de pecados, a cambiar de mentalidad respecto a Dios y respecto a sí mismo. Sabemos que el Todopoderoso es soberano en toda su expresión, mientras que la criatura es ciega, está desnuda y necesita colirio para poder empezar a ver. El hombre caído en Adán está muerto en delitos y pecados, no puede ver la luz a menos que haya ocurrido el milagro del Espíritu, el de la regeneración por voluntad de Dios y no de varón.

Cuando el Señor hizo el milagro de los panes y los peces, una gran multitud se había convertido en sus discípulos. Le seguían por mar y tierra, estaban maravillados con sus milagros y palabras. Pero no pudieron resistir cuando el Señor les advirtió que ninguno de ellos (ni ninguna persona en el mundo) podía venir a él si el Padre no lo trajere. Él decía que él era el maná del cielo, el cual debían comer. La reflexión de aquella multitud fue una reflexión gnóstica, de incredulidad respecto al Dios hecho carne. ¿No es este el hijo de José el carpintero? Esa fue su justificación, más allá de haberse beneficiado de sus señales y prodigios.

El hecho demuestra que pese a la emoción que producían las palabras de Jesús, siempre que estuvieran acompañadas de favores y milagros, el mensaje doctrinal de la soberanía de Dios no fue bien acogido. Se retiraron haciendo murmuraciones y diciendo que aquella palabra era dura de oír. Un argumento ad hominem fue levantado de inmediato, bajo la expresión de que él no era más que el hijo del carpintero. Jesús, para aquellos discípulos, no era Dios venido en carne, argucia que convenía para zafarse de la doctrina que cual martillo rompía en dos sus creencias y tradiciones.

Al parecer, la humanidad queda altamente ofendida por el Dios del cielo manifestado entre los hombres. La ofensa no es otra que la exposición doctrinal que señala al hombre como incapaz de seguir por su propia cuenta a Jesús. La sensación de libertad humana se supone como derecho inalienable como para que venga el Mesías mismo a pretender hablar contra él. Lo mismo se critica en aquellos que llevamos este mensaje declarándolo abiertamente en cada rincón que podamos, ya que no hay otro evangelio, como dijera Pablo. Ciertamente, lo que sí hay son imitaciones, falacias doctrinales, sociología teológica que pretende alcanzar al mayor número de las masas, como también hicieron los viejos fariseos. De ellos habló Jesús diciendo que recorrían mar y tierra en busca de un prosélito, para hacerlo doblemente merecedor del infierno. Los fariseos creían en sus buenas obras, como todo el Israel histórico de entonces, los cuales anteponían su propia justicia ante la de Cristo (Romanos 10:1-4).

La verdad es que si dejamos al arbitrio humano nuestra redención, seremos los más desdichados perdidos del planeta. Si Jehová no nos hubiere dejado remanente, seríamos como Sodoma o semejantes a Gomorra, dijo un profeta. La noción de manada pequeña preocupa a los seguidores de las falsas doctrinas, por lo cual procuran arrebatar prosélitos de un lado y de otro. Ellos pelean entre sí como perros por su presa, pero Jesús desafía a la gente preguntándole si su doctrina los ofende. Muchos se van con murmuraciones y contiendas contra las palabras del Maestro, si bien unos pocos nos alegramos de que la salvación haya sido toda de pura gracia, ya que por otra vía nadie sería salvo.

Efesios 2:8 debe ser examinado por cualquiera que se interese en este tema, ya que allí se expone en forma plana que la gracia, la salvación y la fe son un don de Dios. Pablo dijo en otro texto que no es de todos la fe, de manera que Dios la da a quien quiere, así como el arrepentimiento para perdón de pecados. ¿Por qué, pues, nos envía a predicar arrepentimiento? La misma pregunta se hizo el objetor de Romanos 9, cuando reclamaba por el destino de Esaú: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistir a su voluntad? La respuesta que dio Pablo a ese objetor es la misma para el que pregunta acerca de la razón de la predicación.

Aquel objetor bíblico al menos admitió que había entendido todo el argumento de Pablo, de otra manera su objeción no habría tenido sentido. Los objetores modernos, además de altercar con el Creador, demuestran un grado de falta de lógica al no comprender la razón de su reclamo. El reclamo de aquel objetor estuvo cimentado en el hecho de que entendió (en su razón de hombre caído) que Dios era injusto al inculpar a Esaú, aún antes de haber sido creado, aún antes de ser concebido y sin basarse en sus obras buenas o malas. Pero el objetor moderno reclama sin haber entendido (o al menos eso es lo que manifiesta, aunque traten de ocultarlo), diciendo que Dios amó menos a Esaú, que Dios amó a Judas Iscariote y le dio oportunidad para que rectificase. Ellos no dan su brazo a torcer, para ellos Cristo tuvo que morir por toda la humanidad, sin excepción, tuvo que rogar por todo el mundo (a pesar de Juan 17:9) y tiene que aceptar a todo aquel que quiera ir a él (aunque el Padre no lo haya enviado). Decir que el Padre envía a unos y a otros no, sería como decir que Dios es injusto. Por esa razón su objeción va más allá del señalamiento de injusticia en el Creador, ya que pretenden corregir la teología de Cristo y torcer los textos, acomodándolos para que digan lo que su sociología teológica les exige.

La profundidad de la sabiduría de Dios puede ser incomprensible, como sus caminos insondables, pero esa realidad debería llevarnos a la sumisión ante su presencia y declarar junto con Jesús aquella expresión de absoluta humildad: Así Padre, porque así te agradó. No que haya muchos evangelios, pero sí muchas imitaciones salidas desde antaño para engañar definitivamente a los que no aman la verdad, sino que, antes, se complacen en la mentira.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

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