Martes, 05 de mayo de 2020

Un hombre fuera del contexto israelí, aunque relacionado con la nación en virtud de ser quien había sometido a sus ciudadanos al exilio, fue el mayor declarante de la absoluta soberanía de Dios. En el libro de Daniel, en el capítulo 4, podemos leer lo concerniente al episodio acontecido al rey por excelencia, a la cabeza dorada, al dueño y señor del imperio más poderoso de entonces. Daniel era uno de los grandes hombres sabios que vivió en el exilio babilónico. Nabucodonosor declaró los milagros y señales que el Dios altísimo había hecho con él. En una visión o sueño, el rey había quedado consternado por lo que le fue revelado. Sin embargo, no pudo comprender lo que aquello significaba. Para quitar el velo de lo incógnito aparece el profeta hebreo y entra en pesar cuando el Dios del cielo le descubre lo que le acontecería a aquel grandioso rey.

No quería Daniel decirle al rey lo que le sucedería, pero fue conminado por éste para que le declarase toda la verdad. Lo cierto es que el majestuoso hombre de Babilonia iba a ser castigado por su arrogancia, lanzado al campo para que habitase como una bestia cualquiera, atado con cadenas al tronco de un árbol. Pero el profeta quiso amainar el castigo divino, sugiriéndole al rey que se dedicara a hacer justicia al oprimido y que se arrepintiera y se apartara de sus pecados. Al parecer algo de eso sucedió, porque pudieron transcurrir doce meses y el rey continuaba apacible en su majestuosa Babilonia.

El Dios de las Escrituras dice que Él resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Esa parece ser la premisa mayor en este relato, bajo el entendido de que los humildes existen porque han sido formados de esa manera por el mismo Creador. De igual manera los soberbios han sido hechos para el día malo (Proverbios 16:4), sin que ello desacredite el que cada quien sea responsable de su manera de actuar. En ocasiones, los creyentes son tentados y caen en el ámbito del orgullo, pero Dios les sostiene su mano (aunque a veces han de ser azotados como a hijos amados).

¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real, con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad? Esas fueron las palabras del rey Nabucodonosor, tal como se lee en Daniel 4:30. El rey se ensalza a sí mismo, deja a un lado al Dios de la Creación, como lo hiciera también el rey de Asiria, báculo en las manos de Jehová. Herodes fue otro gobernante arrogante que, al haber dado un discurso elocuente, sintió y recibió con agrado el homenaje de su auditorio cuando gritara: voz de Dios y no de hombre. El rey de Asiria fue castigado por no reconocer que había sido puesto para castigar a Israel por sus pecados, pensando que era su poder propio quien lograba el sometimiento de aquella nación. Herodes cayó muerto comido por gusanos, mientras Nabucodonosor tuvo que sufrir las palabras proféticas declaradas por Daniel a partir de la visión dada al rey.

En Daniel 4:34-35, podemos ver la mejor declaratoria de la soberanía absoluta de Dios. Ésta es hecha por el rey pagano, una vez que hubo comprendido por experiencia propia cuál era la naturaleza del Dios pregonado por los israelitas. La Escritura afirma que toda rodilla se inclinará ante el Dios de la Creación, pero para muchos será demasiado tarde. Cuando al alzar los ojos al cielo la razón del rey le fue devuelta, bendijo al Altísimo, alabó y glorificó al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno y su reino perdura por todas las edades. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada, y Él hace según su voluntad en el ejército del cielo y en los habitantes de la tierra. No hay quien detenga su mano y le diga ¿qué haces? (Palabras de Nabucodonosor).

Es cierto que el corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina; Él ha hecho al malo para el día malo, ninguna cosa ha acontecido sin que Jehová la haya ordenado.  Ni siquiera lo malo que acontece en la ciudad puede suceder por azar o por simple voluntad humana (Amós 3:6). El Señor está airado contra el impío todos los días, pero tiene misericordia de quien quiere tenerla. ¿No amó Jehová a Jacob eternamente, antes de que hiciese bien o mal, antes de que fuese concebido? Si esto nos resulta sorprendente, tal vez para muchos viene a ser piedra de tropiezo lo siguiente: Jehová odió a Esaú, aún antes de que hiciese bien o mal, antes de que fuese concebido (Romanos 9:11-13).

Nabucodonosor no tuvo problemas en reconocer la soberanía absoluta de Dios, pero el objetor bíblico sí que la tiene. En Romanos 9 Pablo lo levanta como figura retórica, para darnos a conocer lo que existe en la naturaleza del corazón humano irredento. Ese objetor se preocupa por el pobre de Esaú, quien no tiene las herramientas necesarias para combatir con Dios. Por esa razón pregunta si tal vez Dios sea injusto, ya que nadie puede resistirse a su voluntad. Ese argumento sigue a la premisa mayor antes señalada, que Dios resiste a los soberbios. Nada más soberbio que sugerir que Dios no tiene derecho a hacer lo que quiera con lo que es suyo. Los subterfugios de los objetores contemporáneos yacen en el ídolo forjado del libre albedrío. Suponen que para que haya responsabilidad debe existir primero la libertad, de lo contrario toda acción se sucedería por pura coacción. Pero nada más lejos de la verdad como síntesis, ya que, si el hombre le debe sujeción a su Creador, significa que no tiene ni un ápice de libertad en sus decisiones y acciones.

La conclusión de aquellas dos premisas mencionadas (la mayor y la menor) se comprende en forma fácil: Dios resiste al que objeta su soberanía. Ahora se construye la premisa mayor acerca de que Dios es absolutamente soberano. La menor sería que Él hace como quiere con su soberanía, teniendo como síntesis que Él sigue siendo soberano (mientras el hombre carece por norma general de autonomía). Por supuesto, justo es reconocer la lógica del hombre natural que objeta a Dios: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirle? Lo triste es que el aparente creyente contemporáneo hace gala de su profesión externa, cuando tuerce la Escritura y asegura que Dios amó menos a Esaú (que no lo odió), o que Judas fue amado por Jesucristo sin que aprovechara la oportunidad. O que cualquier ser humano lo que tiene que hacer es alzar su mano y decir su oración de fe para ser salvo, ya que se supone que Jesucristo murió por toda la humanidad, sin excepción.

En otros términos, para que Dios sea justo debió Jesucristo morir por todos, sin excepción. De otra manera, ¿cómo va a condenar a los que no tuvieron jamás la oportunidad de ser salvos? Con esa lógica se continúa objetando a Dios en el ejercicio de su soberanía, pero lo triste y peor de todo esto es que ahora lo hacen son los que están en nombre de un cristianismo que profesan. Se ha hablado en demasía del texto de Romanos 9, pero volvamos a las palabras de Nabucodonosor, un rey pagano que tuvo que reconocer en un edicto, recogido además en el libro de Daniel, que los habitantes de la tierra son como nada, que el Dios del cielo hace como quiere en la tierra y en los ejércitos del cielo.

No esperemos un castigo semejante al que tuvo el soberbio rey de Babilonia, seamos humildes (si es que la humildad nos ha sido dada) para bajar nuestra cabeza ante el Dios que puede lanzar nuestro cuerpo y nuestra alma al infierno eterno. Repetimos con Jesucristo: Así Padre, porque así te agradó. En la oración modelo que dictó Jesús, se nos recomienda pedir al Padre que no nos meta en la tentación (que no nos induzca a ella o que no nos deje caer en ella), sino que nos libre del mal y del maligno. El pecado de la soberbia fue el primer pecado en cometerse, ya que Lucifer era perfecto hasta que fue hallado maldad en él, cuando dijo que sería semejante al Altísimo.

¿No nos basta con ser criaturas? ¿Debemos pretender ser como Dios? Es por ello que la mente humana se ha construido el atributo de la libertad de decisión en materia de vida eterna. Dios ha pasado a hacer una ayuda general, alguien que ha hecho su parte, pero el hombre tiene que hacer la suya para demostrar que tiene libre albedrío, sin el cual no podría ser condenado. Por eso también se ha dicho que la ignorancia es osada, ya que la soberbia corona al necio.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:47
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