Domingo, 26 de abril de 2020

En términos bíblicos, la gracia y el mérito son excluyentes entre sí. Imposible resulta que el hombre se acerque a Dios una pulgada para que Él pueda caminar metros de distancia hacia el ser humano arrepentido. Más bien, hemos de entender que la gracia excluye las obras humanas de manera que Dios queda como quien ha hecho todo el trabajo de acercarse al hombre para redimirlo.

La mezcla de gracia y mérito es un compuesto donde el hombre lleva gloria meritoria. Pero la gracia encuentra al pecador tal como él es, culpable de juicio y sin posibilidad alguna de autoayuda. Como la gran sima entre el rico y el padre Abraham, así es la separación entre la gracia y la obra humana. La gracia no puede esperar por una buena actitud del pecador para que sea conferida, como tampoco esperó en la mujer adúltera algo de mérito para que alcanzara el perdón de Jesús. No le  tocó a Adán comenzar la obra de arrepentimiento, ni dar un primer paso hacia el Dios Creador, porque no fue su rogativa lo que movió la misericordia del Señor. ¿En qué momento Saulo de Tarso mostró una buena acción para que el Señor le hablase con su pregunta retórica? ¿Acaso el Señor no sabía la razón de la persecución de Saulo de Tarso hacia su iglesia y hacia él?

Dios no entrega una piedra en lugar de un pedazo de pan, nunca otorga un alacrán en lugar de un pescado. El Señor se acercó a Adán cuando éste era un pecador turbado, naturalmente alejado de la santidad; encontró a un culpable de juicio para darle su mano y su promesa a través del símbolo de las vestiduras con las pieles de los primeros animales sacrificados.

Una cosa es la providencia de Jehová, pero otra su gracia. Dios ha podido dejar vivir a Adán hasta su muerte física, sin hablarle de la promesa que pondría en la mujer y su simiente (que es Cristo); si así lo hubiera hecho, hubiese sido tan solo providencia de vida. Sería la misma providencia de hacer salir su sol sobre justos e injustos, la que le dio a Judas Iscariote para que no muriera antes de tiempo y cumpliera su objetivo prescrito. El Faraón de Egipto fue provisto de riquezas y poder, de conocimiento cultural y dominio sobre su nación. Fue prodigado en cada detalle necesario para que Moisés fuese manifestado como el enviado de Jehová. Pero sobre aquel mandatario no hubo gracia como tampoco la hubo en Judas.

Juan el Bautista gritaba en la soledad del desierto, anunciando su buena nueva de arrepentimiento para perdón de pecados, para creer el evangelio. Tal vez fue inútil al principio, aquella voz que nadie parecía escuchar. Sin embargo, llegado el tiempo preciso de Dios, muchos acudieron a su llamado y se bautizaron. También se puede decir que Dios proveyó su gracia para aquellas personas que tenían el corazón listo para recibirla. Es el Espíritu de Dios el que hace nacer de lo alto, el que prepara los corazones para el evangelio, el que cambia el corazón de piedra y coloca uno de carne. No hay obra humana alguna capaz de hacer tal milagro, ya que no es por voluntad de varón sino de Dios. Sabemos que el Todopoderoso no falla en nada que se proponga hacer, de manera que los que no tienen fe es porque no les ha sido dada, ya que ella es un don de Dios y no es de todos la fe.

No quiso Dios darle gracia a Judas el Iscariote, no quiso colocar su favor en el alma de Esaú, ni en tantas personas fallecidas en el diluvio, como tampoco lo hizo en el resto que destinó para eterna perdición, cuyos nombres no fueron inscritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo.

Por esa razón la gracia se hace más preciosa, al compararla con la desgracia del hombre irredento que deambula por la tierra hacia una eternidad de perdición absoluta. ¿Cuál mérito hubo en aquel ladrón colgado al lado de Jesús, en la hora de su muerte, cuando pagaba por su castigo como condena pública? Fue movido a arrepentimiento y reconoció a quien podía acordarse de él cuando volviera en su reino. Esa es la bendita obra del Espíritu del Señor, el que despierta los corazones y los prepara para que se maravillen ante el favor inmerecido del Creador. Pero la gracia no es un atributo de todo moribundo, como no lo fue del otro ladrón que se burlaba hasta el final del evangelio que representaba el Señor. Desafiante fue su actitud hostil, a la espera de un milagro que corroborara el poder divino de Jesús, pero sobretodo que ese favor incluyera el escape del tormento de la cruz. Si eres el Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y a nosotros. Esa es la expresión natural del incrédulo irredento, la que nace del nido de la soberbia, el mismo nido de la serpiente que incubó sus huevos en el corazón del hombre caído en delitos y pecados. Ese corazón es el de piedra, endurecido como una roca que no se parte ni se daña por efecto del viento. Ese corazón es perverso más que todas las cosas y nadie lo conoce, porque no es un corazón intervenido ni ha sido removido. Hace falta el nacimiento de lo alto, un trasplante por uno de carne, donde se añada un espíritu nuevo que lo haga desear los estatutos del Señor. El ladrón no redimido pudo tener remordimientos como los tuvo Esaú, pero no el arrepentimiento para perdón de pecados que es uno de los indicios de la presencia de la gracia en el hombre escogido para salvación.

Adán fue encontrado en medio de su pecado, al igual que el hijo pródigo fue alcanzado, en medio de la pocilga, por el recuerdo de su padre. El Señor tuvo misericordia de muchos enfermos, pero a algunos de ellos les perdonó también sus pecados. Hay enfermos del alma, los que padecen remordimientos por sus culpas, los atormentados por las acusaciones de Satanás, los que son llevados por sus conciencias hacia el rincón de la pared, los que intentan quitarse sus vidas porque no soportan más ese peso de condena. Dios atrae para sí a los que ha de redimir, por lo cual en medio de su dolor escuchan la voz del profeta: acercaos a Dios y él se acercará a vosotros.

La rebelión del corazón humano no es derribada en todas las almas, no porque la gracia no sea suficientemente poderosa para vencer las puertas de bronce y hierro, ni para quebrar las cerraduras y cadenas de esclavitud, sino porque no a todos les fue dado este favor. Pero cuando el Señor empieza la buena obra la completará hasta el final, sin importar lo pertinaz que seamos para el pecado. Para eso es la gracia, para mostrar el favor de Dios en forma gratuita y sin nada a cambio. El pecador renacido no se sentirá más solo, ya que Cristo será su consuelo y su amigo fiel. ¿Dónde queda nuestro desaliento? Tenemos asilo en las moradas eternas, una nueva ciudadanía en el reino de los cielos, donde ya estamos sentados junto a Cristo.

El que no fuere llevado por el Padre al Hijo no será guardado en sus manos, sino que será portador de la mayor desgracia que ser humano pueda tener. La gracia divina presupone su antítesis, la desgracia humana. No hay resistencia a la gracia salvadora, hay resistencia a la gracia exhibida en la predicación del evangelio. No se puede negar que Jesucristo colgado en el madero es la perfecta gracia de Dios jamás mostrada en la historia de la humanidad. El ladrón irredento se resistió a creer que era el Hijo de Dios que moría por los pecados de su pueblo, porque sencillamente él no formaba parte de ese pueblo. Esa es la resistencia natural que se tiene ante la gracia divina, la misma que poseen los demonios que creen y tiemblan porque conocen que su tiempo de juicio se acerca. Pero para el otro ladrón en la cruz aquella gracia fue naturalmente irresistible, porque él era uno de los escogidos del Padre a quien mostraría su benevolencia frente a la inutilidad de su pecar. El Señor que cuida de las aves cuidaba a aquel escogido desde antes de la fundación del mundo, a quien llevó ese mismo día al Paraíso. Aunque fue mostrada en el último minuto de vida, sigue siendo una gracia eterna por su concepción y por quien la concedió.

La gran pregunta que se hace el teólogo o el estudioso de la Biblia, o simplemente el ateo pertinaz y rebelde, es por cuál razón no se extendió esa gracia a cada ser humano en particular. La respuesta la da la Escritura: para mostrar el poder de la ira y de la justicia de Dios. El Señor que tiene misericordia de quien quiere tenerla es el mismo que endurece a quien quiere endurecer.

La gracia es una historia de amor. Su primer narrador fue el Padre de las luces, si bien nos otorgó el privilegio de seguir escribiendo su relato, de propagar con palabras desde los caminos de la tierra el anuncio de la buena noticia. El arrepentimiento ha de ser en dos vías: primero que nada, para cambiar la concepción que tenemos del Dios Creador. Es un Dios soberano, el que otorga vida o muerte, temible y supremo. En segundo lugar, en relación a nuestras limitaciones. Debemos entender que nada podemos hacer por nosotros mismos, que no existe ninguna libertad de cambio en nuestras almas corroídas por los delitos y pecados. Sabemos que fue declarada la muerte para el alma que ha pecado, por esa razón no tenemos la potestad de mirar hacia la medicina, ya que los muertos no pueden ver, ni de estirar nuestra mano hacia ningún lado como si intentáramos alcanzar la providencia de Dios. Las manos de los muertos no se mueven. Ese arrepentimiento o cambio de mentalidad respecto a Dios y a nosotros, solamente se da por una operación milagrosa de lo alto. Es el arrepentimiento para perdón de pecados, como parte de la narrativa de la gracia otorgada. Recordemos que los demonios y Satanás no son partícipes en lo más mínimo de esta gracia divina, sino que les aguarda una eterna condenación como justo juicio de Dios. Pero Dios también reservó un gran número de vasos de ira para el día de la ira divina, como aquel ladrón no arrepentido, como el hijo de perdición que fue Judas, como el Faraón de Egipto, endurecido por Dios, al igual que el resto de los réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se tarda. Estos son todos aquellos que harán fila con Esaú, cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, son los mismos que se maravillan con la bestia, que la adoran, que se han aferrado a su símbolo indistinto en esta tierra donde está su morada, los que sucumben ante la vanagloria de la vida y ante los deseos de los ojos. Algunos de ellos son incluso personas de religión y moral acuñada a la perfección, los que muestran apariencia de piedad y guardan las tradiciones religiosas como muestra de su bondad religiosa. Pero son, sin duda, los que no han sido vestidos con el ropaje de la gracia sobre toda gracia.

Aunque la gracia sea la gracia, quiso Dios que la predicación del evangelio fuera el método por la cual es otorgado tal favor. Sin el conocimiento del Siervo Justo no se salvará ningún alma, ya que se hace necesario creer para ser portador de esa gracia. Pero tengamos cuidado en esto que decimos, ya que no es posible creer si no se nos ha señalado como portadores de la gracia. El nuevo nacimiento precede la conversión, es el producto obligado de la gracia otorgada por el Altísimo a su pueblo escogido. Ese pueblo que fue expiado en sus pecados por el Hijo de Dios que vino a morir a su favor, habiendo él llevado sus iniquidades y otorgándoles a cambio la justicia de Dios. Jesucristo vino a ser tal justicia y se convirtió en nuestra pascua, la única forma en que Dios pudiera pasar por alto el castigo de muerte eterna, consecuencia de la transgresión e iniquidad humana.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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