Viernes, 24 de abril de 2020

De acuerdo a los escritos de John Wesley (padre del Metodismo), la predicación sería vanidad absoluta si la predestinación existiese. Para este hombre religioso protestante, el predestinado para salvación se salvaría haya oído o no la predicación del evangelio. La lógica del predicador del perfeccionismo es la misma de Jacobo Arminio (padre del arminianismo). Justo es reconocer que Arminio fue el peón de Roma, por intermedio de la argucia de los jesuitas, en las filas protestantes de la incipiente Reforma del siglo XVI.

Por si fuera poco, agrega Wesley, la predestinación destruye la santidad, ya que apocaría el deseo de purificación al saberse elegido para salvación. La esperanza de la recompensa futura quedaría eliminada, si como atletas corremos hacia un premio asegurado para cada corredor. Por igual quedaría eliminado el terror del infierno para quienes la predestinación es un hecho, lo cual destruiría también el confort de la religión y la felicidad de la cristiandad.

Continúa el fundador del metodismo señalando que el supuesto decreto eterno e incambiable de Dios, acerca de que solamente parte de la humanidad debe ser salvada, haría a Dios un poco peor que un diablo, algo más parecido a un tirano que a un Padre Celestial. En realidad, Wesley señala que la doctrina de la elección incondicional no es más que una blasfemia, haciendo a Dios un hipócrita y un engañador del pueblo, vacío de sinceridad. En otras palabras, Dios sería un burlador de las criaturas sin esperanza, al invitarlas a ir hacia Cristo sin querer salvar a ninguno de los que ha destinado para eterna perdición.

La predestinación, subraya Wesley, es un horrible y blasfemo decreto, el cual destruye la justicia, la gracia y la verdad. El padre del Metodismo asegura que ama entrañablemente a toda aquella persona que abjura de la doctrina de la predestinación. En ese sentido, debemos señalar que él concuerda en su totalidad con lo que ha aprobado el Concilio de Trento en materia de la salvación por obras. Ese Concilio maldice a toda aquella persona que asume el decreto de la predestinación como doctrina bíblica, además de maldecir por igual a todo aquel que niega el libre albedrío en cada ser humano existente.

En forma bastante irónica, Wesley hace una exclamación para ilustrar sus afirmaciones anteriores: ¡Canta, oh infierno, y regocíjate, también ustedes los que están bajo la tierra! Porque Dios, el Todopoderoso Dios, ha hablado, ha destinado a muerte a miles de almas, desde donde nace el sol haga donde se pone. ¡Oh muerte,ésta es tu ponzoña. ¡Ellos no pueden escapar, ya que la boca del Señor lo ha hablado! ¡Aquí, oh tumba, está tu victoria! Las naciones que aún no hayan nacido, sea que hayan hecho bien o mal, están condenadas a nunca ver la luz de la vida, de no haber sido predestinadas para salvación (más bien serán roídas por siempre)! (The Works of John Wesley. Baker Book House, Grand Rapids, MI (1996) Volume 7: 376-384).

Podríamos seguir con las citas referidas a la defensa del mito religioso del libre albedrío, a la regeneración del bautismo, a la ineficacia de la expiación, a la elección condicionada, al puente tendido ante los heréticos, pero nuestro espacio ahora nos limita. Basta con que usted pueda mirar lo expuesto hasta ahora, para que pueda darse una idea general de quién era en realidad este personaje religioso tan influyente desde su época hasta nuestro tiempo. (Para extra información puede acudir a la página web bajo el nombre The gospel and its enemies, de Christopher Adams).

Como síntesis de lo expuesto, a partir de las obras de Wesley, podemos estar seguros de que él odiaba la verdad. No intentó esconder su herejía, sino que la publicó sin el menor remordimiento de conciencia, con el desafío de llamar blasfemia a lo que el Espíritu Santo expuso a través de toda la Escritura, en especial en lo referente a la absoluta soberanía de Dios. Fue el Espíritu quien inspiró a los escritores de la Biblia a colocar la predestinación de Dios como la manera en que el Creador decidió salvar a través de su Hijo, por medio de la fe, a su pueblo de sus pecados. Fue Él quien habló del alfarero que hace de la misma masa un vaso para honra y otro para destrucción. El odio de Wesley y su razonamiento derivado demuestran que prefería la lógica del hombre caído a la lógica del Espíritu de Dios. Creyó que el buen fruto del buen árbol era la suma de los convertidos por el evangelio del extraño, sumado a la buena conducta de sus seguidores y a la ética protestante. Por esa razón, de la abundancia de su corazón su boca habló el disgusto que tenía con el verdadero evangelio de Jesucristo, prefiriendo los dictámenes de Roma a través de la teología de Arminio, antes que la doctrina del Padre enseñada por Jesús.

Wesley no creyó en el evangelio que se funda en la sangre expiatoria de Jesucristo, en su trabajo que hizo posible la justicia ante Dios, para que le fuera imputada al pueblo que Dios le dio. No entendió que Jesús no quiso rogar por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y le daría. No comprendió lo que el Espíritu le dijo a Pablo acerca de Jacob y Esaú, no hizo caso de lo que el mismo Espíritu le dijo a Juan en Apocalipsis 13:8 y 17:8, ni a lo que se colocó en su evangelio (Juan 6, Juan 10, y un gran etcétera). Sus palabras fueron las de un hombre que odiaba la Escritura que no comprendía o que no aceptaba, aunque intentó contrastar su incredulidad con la ética enseñada en sus congregaciones metodistas.

Efesios 1:11 nos dice que En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad. El verso 4 y 5 dicen: según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él. En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad.

En el evangelio de Juan leemos las palabras de Jesucristo: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere, y yo le resucitaré en el día postrero. Después de que el Señor ampliara su discurso, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). La respuesta del Señor no se hizo esperar, ya que les dijo: ¿Esto os ofende? Y les repitió: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Verso 65).

Pablo escribió, inspirado por el Espíritu: Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-9). Cuando la Escritura dice en el Antiguo Testamento que no quiere la muerte del impío, debe entenderse el contexto en que se lo dice a su profeta, por el clamor de Israel ante su atalaya.  El pueblo se había quejado de tener las consecuencias de los pecados de sus padres, diciéndole que aquellos habían comido uvas amargas pero que ellos tenían la dentera. Por esa razón Dios le respondió al profeta que a partir de ese momento en adelante cada quien pagaría por sus faltas: el justo no moriría si guardaba su justicia hasta el final, pero el impío pagaría por sus faltas si se mantenía con injusticia hasta su muerte. En realidad, Él no quería la muerte del impío (dentro del Israel de Dios), sino que éste se arrepintiera y enmendara, para que todos esos impíos fueran salvos. El castigo del pueblo era normalmente la muerte en esta tierra, mientras al justo le era dada la vida para que la disfrutara. Aunque el texto no hablaba de vida eterna, en todo caso el impío que Dios no quería que muriera formaba parte de su pueblo escogido.

Este texto ha de ser visto dentro del contexto de la Escritura. En el Nuevo Testamento Pablo habla de los que no tienen obra noble que mostrar, pero cuya fe está anclada al verdadero fundamento. Agrega que la obra del mismo será quemada pero tal persona será salvada como de un incendio. En otro texto Pablo menciona a un creyente de Corinto que estaba en una obra carnal bochornosa (se acostaba con su madrastra). Él le dice a la iglesia que el tal fuera entregado a Satanás, para muerte de la carne, de manera que su espíritu viviese en el día postrero. En la Segunda Carta a los Corintios recomienda a la Iglesia que lo incorpore de nuevo, a causa de su turbación (al parecer había dejado el pecado bochornoso).

En realidad, en estos casos citados por el apóstol, Dios no quiso la muerte del impío que forma parte de su pueblo. Dios al que ama castiga y azota a todo el que tiene por hijo. Pero la Escritura dice que Dios está airado todo el día contra el impío (acá el contexto nos dice que se refiere al impío que no es parte de su pueblo: Salmo 7:11). A muchos llamados cristianos que profesan un evangelio diferente les parece difícil comprender que ciertas palabras cambian de significado en la medida en que aparecen en contextos distintos. En síntesis: Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3). Si hubiese querido salvar a todo el mundo, así habría acontecido. Pero su Escritura reafirma que endurece a quien quiere endurecer, mas tiene misericordia de quien quiere tenerla (Romanos 9:18).

Nuestra predicación no es en vano, ya que la palabra del Señor no volverá a él vacía. En unos será el mecanismo para la redención, para el llamamiento eficaz, ya que no hay otra manera en que podamos ser salvos sino por el evangelio de Jesucristo. ¿Cómo se invocará a aquél de quien no se ha oído nada? Se nos ha encomendado predicar por todo el mundo, para que las ovejas perdidas sean llamadas con llamamiento eficaz, al igual que para los réprobos que oyen el evangelio sean endurecidos para mayor condenación.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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