Lunes, 13 de abril de 2020

Al leer el primer salmo de las Escrituras, nos sorprende el tratamiento de la lengua hebrea y de la lengua griega al vocablo que es traducido como escarnecedor.  Para los hebreos, el que escarnece es alguien que hace gestos con su boca para burlarse de otro. Pareciera que quien así actúa hiciera un mimo, en un intento por reproducir de manera sarcástica lo que desea criticar de la persona escarnecida.  El desdén que tanto daño nos hace cuando una persona calla ante nuestro reclamo, ante nuestra inquisición, implica un desprecio a lo que uno representa, una forma de odio oculta en el escarnecedor.

David nos dice que el hombre afortunado y feliz no odia ni tiene desdén, en virtud de que no se ha sentado en silla de escarnecedores. El salmista define con tres verbos de acción al hombre bienaventurado: andar, estar y sentarse. El que no anduvo en el consejo de los malos, de los impíos, de los malvados; el que no estuvo en el camino de los pecadores ni se ha sentado en silla de escarnecedores. Cuando una persona anda se mueve, cuando una persona está en un sitio ocupa un espacio en un tiempo determinado, normalmente realizando una actividad. Recordemos que el salmista coloca el verbo estar en un sitio que implica un lugar para desplazarse: el camino. Y cuando esa persona se sienta busca reposo, comodidad para estar a sus anchas. 

El escarnecedor expresa su burla desde un lugar cómodo y generalmente seguro. No lo hace en secreto, como si tuviera miedo del otro, más bien busca el público para que participe de su descarga de amargura y odio. Normalmente se interesa en tener cerca a la galería de malhechores que ha conocido en su vida y con quienes ha establecido amistad. Desde ese espacio puede humillar con más fuerza y dañar a quien es su objeto de agresión. Si el mundo otorga su propia paz -como dijo Jesucristo-, también da reposo para el impío, Asaf -el salmista del Salmo 73- nos ha referido al impío como alguien que no tiene congojas por su muerte; de allí que habita en reposo, amparado en su concepción del mundo, mientras camina por el sendero que le parece derecho aunque tenga un final de destrucción.

El trato que le da lengua griega al escarnecedor, se manifiesta en un plano un poco distinto al referido en hebreo. Para los redactores de la Septuaginta, un escarnecedor es una peste. Así mismo, el que escarnece representa en sí mismo una enfermedad contagiosa, cual virus exhalado ante quienes lo oyen y asienten a su burla. Como un vino pestilente, añejado indebidamente, penetrado por bacterias que lo hacen heder, la palabra escarnecedora huele a muerte. Las flores y su aroma no mitigan, ni por breve tiempo, el olor desagradable de un cadáver. 

El orgullo lleva a la gente a la silla del escarnecedor porque supone poseer habilidades especiales, conocimiento superior, honores y riquezas. Tal vez el que escarnece cree que es justo en sí mismo, que posee el derecho a despreciar a los demás. En realidad, el escarnecedor carece de esperanza y reprocha a quien lo corrige. Su gozo al escarnecer lo aleja de la reprensión, su lengua de serpiente se mueve para detectar al que lo incrimina de su falta, presto para enterrar sus colmillos con el rápido veneno de su alma. Por esa razón no espera que alguien lo corrija (Proverbios 9:7).

Los escribas y fariseos de la época de Cristo escarnecían con sus palabras filosas al Señor de los cielos y la tierra. Ellos lanzaron a su rostro su propia sabiduría junto a su aparente magnífica interpretación de las Escrituras. Por haberse centrado en ellos mismos, los escribas y fariseos de entonces, olvidaron lo que los escritos de Moisés decían del Mesías. También perdieron la memoria de los libros proféticos, de los libros de sabiduría, de los pergaminos históricos que apuntaban al Mesías Príncipe que había de venir. No cabe duda de que el escarnio amputa la clarividencia del escarnecedor, quien entierra su propia daga en la razón.

La burla que de Cristo hicieron los escribas, fariseos y los doctores de la ley, animó a la gran masa religiosa de ese tiempo. La estimuló para que gritara exacerbada que deseaba crucificar al Rey de los Judíos, a cambio de la libertad de Barrabás -reo que debía ocupar una de las cruces del martirio. El escarnio al evangelio y a quienes lo proclaman ha continuado en el tiempo a través de múltiples culturas. Los discípulos recibieron burla y atropello, muchos de aquellos primeros creyentes se convirtieron en víctimas de los leones, a cuyo foso los romanos los lanzaron. Cuando la iglesia profesante se transformó en fuerza de Estado, a través de los Estados que controlaba, gracias al legado de Constantino, ella misma escarnecía a los verdaderos creyentes. La hoguera, el potro, el látigo, el exilio muestran apenas la punta del iceberg con la que la llamada Santa Inquisición (ahora denominada Santo Oficio) sometió a los que clamaban por la verdad enseñada por Jesús y sus apóstoles. 

El consejo del hombre malo lo aleja de la religión verdadera (como lo dice Santiago), para no ocuparse de su salvación con temor y temblor. El hombre malo puede mostrar apariencia de piedad, pero rugirá como león cuando uno espera amor de él. ¿Cómo puede amar alguien que nunca ha sido amado por Dios? La Escritura afirma que Dios odió a Esaú desde antes de ser formado, mucho antes de que hiciese bien o mal. Entonces, ¿cuál amor tuvo Judas alguna vez por Jesús y sus compañeros apóstoles? El que una persona desee bien para los suyos representa egoísmo y no necesariamente amor. Recordemos que Dios es amor y el creyente ama a Dios porque Él lo amó primero. 

Hay un plan que el escarnecedor hace, para compartirlo con sus afines. El escarnecedor se dispone presto para señalar la falta del otro, para mirar la paja en el ojo ajeno, pero no se muestra capaz de llevar a nadie en oración ante el Trono de la Gracia porque allí él no pertenece ni es recibido. David pregona que debe sentirse feliz la persona que no anduvo en consejo de malos, ni en el camino del mal, el que tampoco se ha sentado en la silla de los escarnecedores. Él continúa diciéndonos que el hombre feliz tiene su delicia en la ley de Jehová, bajo un placer intenso que lo conduce a meditar en su ley día y noche. 

La oposición presentada entre el hombre injusto, pecador y escarnecedor frente al hombre bienaventurado que evita participar de esa iniquidad, exhibe ciertas características del hombre que ha sido atado con las cuerdas del amor de Dios. Antes que nada, el hombre justo evita los amigos que odian al Dios de las Escrituras, renuncia al descuido de las cosas de la casa de Dios. Estará pronto a decir con énfasis: Apartaos de mí, malignos; pues yo guardaré los mandamientos de mi Dios (Salmo 119:115). El hombre que camina con Dios sabe que los malos amigos echan a perder las buenas costumbres, que nadie llega a la cima de los vicios de un solo golpe, por lo tanto buscará la manera de alejarse del atractivo del mundo, de los deseos de los ojos y de la vanagloria de la vida. 

El hombre bienaventurado obedece la sabiduría divina que le dice: No entres por la vereda de los impíos, ni vayas por el camino de los malos. Evite esa vereda y no pases por ella; apártate de ella y sigue adelante (Proverbios 4:14-15). El hombre feliz porque sus pies caminan en la senda del Señor, da fruto a su tiempo como el árbol cuya hoja no cae por estar junto al río. El fruto puede ser muy variado, pero uno en especial lo distinguirá del hombre de religión con apariencia de piedad: De la abundancia del corazón habla su boca, no puede un árbol malo dar un fruto bueno, como tampoco puede un árbol bueno dar un fruto malo (no podrá el hombre bienaventurado confesar con su boca un evangelio diferente, un evangelio oprobioso, un evangelio proferido por los falsos maestros disfrazados con ropajes de corderos). 

Mientras el escarnecedor es recordado como una peste abrasadora, que carcome lo más recóndito del alma, la persona que no se sienta con los escarnecedores es visto junto al agua de reposo. Dios ha prometido reírse de los que se burlan, porque Él sabe que les viene su día; nos conviene alejarnos lo más que podamos de los escarnecedores. No queremos contaminarnos con sus diferentes virus, ni deseamos sufrir de la enfermedad incurable del alma muerta. Jesús nos dijo que de nada aprovecha al hombre ganar el mundo si perdiere su alma. En realidad, nada ganamos con el escarnecedor a nuestro lado.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:04
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