Jueves, 09 de abril de 2020

Alguien dijo que el entrar en el lugar de oración hace que un creyente se sienta como un reo de culpa. La majestad del Altísimo resalta nuestra pequeñez, su santidad nos valora nuestros pecados, no nos queda sino sentirnos como criminales que van ante el Juez de toda la tierra. Sin embargo, cada creyente reconoce que ha sido cubierto su pecado por la sangre del Cordero inmolado. Esa es la condición para que no perezcamos por estar frente a la presencia del Todopoderoso. La justicia divina exigida es muy alta, su rasero ha sido imposible de alcanzar, de acuerdo a como lo dice la ley dada a Moisés. La Biblia declara que el hombre está muerto en sus delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero).

La oración hecha al Señor del cielo y de la tierra tiene por objeto el acercamiento del hijo hacia el Padre. Somos nosotros los que estamos necesitados de perdón, de dádivas especiales, de la amistad del Rey Eterno. La relación con Dios para los creyentes es la que tiene el Padre con sus hijos. Por esa razón existe la seguridad de que no vamos a ser consumidos, más bien seremos perdonados una vez más. Esa es la gracia para el oportuno socorro, porque Dios ha lanzado nuestros pecados en el fondo del mar (Miqueas 7:19).

David ha expresado otra de las tantas verdades que le fueron reveladas como profeta, su estilo poético la dejó al descubierto en el Salmo 32:1. Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada y su pecado ha sido cubierto. La razón de esa felicidad es muy sencilla: la imposibilidad que tenemos los humanos para pagar, aunque sea una sola de nuestras faltas, nos hace felices porque el pecado fue perdonado y cubierto. Agregó, en otro Salmo, que no hay ni una sola persona capaz de cancelar la deuda de una pequeña transgresión ante el Dios de la Biblia: Ninguno de ellos puede redimir a su hermano, ni pagar a Dios por su rescate (Salmo 49:7). Añadimos que ni uno solo de los creyentes podría tampoco pagar por el más pequeño de sus pecados.

No existe la habilidad para no pecar, no hay freno posible para pasar un rato largo sin caer en alguna de las actitudes de la carne. Sea por comisión o por omisión, el creyente peca. La Biblia nos asegura que a quien sabe hacer lo bueno y no lo hace le es pecado. Pero no queremos acá hablar del pecado del mundo, mucho menos de los que allí son réprobos en cuanto a fe. La referencia ha de ser para nosotros como creyentes, los que - a pesar de tener el perdón de Jesucristo en la cruz, cuando consumó su obra en rescate por muchos, cuando puso su vida en ofrenda por el pecado de todo su pueblo- seguimos pecando.

El trabajo en la cruz fue completo (Consumado es), como bien lo dijera el Señor en una de sus palabras pronunciadas ese día aciago para él y beneficioso para el mundo a redimir. No es posible añadirle una buena obra nuestra como garantía de nuestra redención. No se puede redimir a uno más de los que están en el libro de la vida del Cordero, inmolado desde la fundación del mundo; no se puede, tampoco, quitar a uno solo de esa lista en las manos del Padre. Por eso el trabajo consumado en el madero se ha llamado perfecto.

Pero la humanidad toda ha sido vista por Dios como nada y como menos que nada (Isaías 40:17). Nabucodonosor, rey de Babilonia, una vez que le fue devuelta su mente y dejó de vivir como animal a la intemperie, redimido de su soberbia, pudo exclamar una de las frases más célebres que registra la Escritura, en honor a la magnífica soberanía divina. Él dijo: Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada. Él hace según su voluntad con el ejército del cielo y con los habitantes de la tierra. No hay quien detenga su mano ni quien le diga: '¿Qué haces?' (Daniel 4:35). Esa sentencia vale para todo el mundo, impíos y creyentes.

Claro está, el creyente no teme morir ante la presencia del Señor, ya que fue limpiado con su sangre y declarado justo a partir de la justicia de Cristo. Pero no tiene nada de qué jactarse, como si fuera considerado alguien importante, simplemente es alguien a quien Dios redimió. A partir de ese momento conoce que ha formado parte de los herederos de Cristo, descubre que era una oveja descarriada venida a buscar, pero jamás se le ocurrirá, en virtud del nacimiento de lo alto y, por la presencia del Espíritu en su ser, que pueda ser considerado alguien por sí mismo.

El mensaje del evangelio consiste esencialmente en declarar por el mundo que la gente debe arrepentirse y creer el anuncio que se le da. El arrepentimiento en nuestro idioma -así como en todos los que toman la traducción del vocablo griego METANOIA- significa cambio de mentalidad en al menos dos cosas: 1) Si antes teníamos una concepción de Dios, a partir de la naturaleza caída en pecado, ahora esa concepción hay que transformarla. Ya no se trata más de ver a un Dios que está lejos de nosotros, un Dios que hizo su parte y espera que las almas humanas se le acerquen. Ahora vemos al Dios soberano, el que hace como quiere y cuyo reino está en los cielos. Hemos de arrepentirnos de conceptos erróneos en relación a su Persona, como el de que Dios está enojado con el pecado, pero ama al pecador. Hay un texto bíblico que nos habla del Dios que no solo detesta el pecado sino también al pecador: Dios es el que juzga al justo: Y Dios está airado todos los días contra el impío (Salmo 7:11); 2) La concepción que teníamos de nosotros mismos también debe ser transformada en el arrepentimiento. El cambio de mentalidad ahora se dirige hacia nosotros mismos, ya no seremos los arrogantes seres humanos que iríamos a Dios si queríamos, o los que en virtud de una fábula religiosa acudíamos de acuerdo a nuestros designios. Hablo del mito del libre albedrío, algo muy apegado al corazón humano no arrepentido (aunque diga que se ha convertido al evangelio del Señor).

Entonces, si no ocurre el arrepentimiento para perdón de pecados, no ha ocurrido la redención en la vida del supuesto creyente. Seguiría siendo un trapo de inmundicia (Isaías 64:5-7) y estaría todavía bajo la ira de Dios. Por esa razón advertimos lo que la Biblia enseña, para no caer en el error de decir paz cuando no la hay. Tampoco llamaremos a lo malo bueno, pues es mejor reprensión manifiesta que amor oculto. Pero si la persona persiste en amar la injusticia (la que coloca su propia justicia al lado de la de Cristo, para conseguir su salvación), recibirá del Dios del cielo un poder engañoso para que crea la mentira y se pierda (2 Tesalonicenses 2:11). Y ese poder engañoso ya está en acción en todas partes, en especial en las llamadas iglesias que no son otra cosa que sinagogas de Satanás.

Tal vez usted se apegue a un texto bíblico que declara que Dios no quiere la muerte del impío, sino que todos los hombres procedan al arrepentimiento. Tal vez lo mira fuera del contexto, sin preguntarse a qué impíos se refería el Señor cuando hablaba con su atalaya Ezequiel, en relación a su pueblo (Ezequiel 33:11 y 18:23-25). Lo cierto es que por toda la Biblia se proclama la soberanía absoluta de Dios, la misma que declara que el Señor amó a Jacob, pero odió a Esaú, aún antes de que hicieran bien o mal, aún antes de que fueran concebidos (Romanos 9:13). Y si así dice la Escritura se demuestra que Dios sigue airado todos los días contra el impío réprobo en cuanto a fe, del cual la condenación no se tarda. Dios endureció el corazón de Faraón para glorificarse en toda la tierra: Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden: A éstos ciertamente olor de muerte para muerte; y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas ¿quién es suficiente? (2 Corintios 2:15-16).

En síntesis, cuando entremos al santuario de Dios, cuando nos acerquemos al Trono de la Gracia, recordemos también que Dios nos ha perdonado por amor a Sí mismo (Isaías 43:25), que Él no se acordará más de nuestros pecados (Jeremías 31:34), que todos nuestros pecados fueron echados al fondo del mar (Miqueas 7:19), que la Biblia enfatiza que nunca más se acordará de nuestros pecados (Hebreos 10.17). Sintámonos ahora como reos exculpados, perdonados por el acto judicial del Calvario, cuando Cristo tomó todos los pecados de su pueblo y a cambio de ese acto el Padre declaró justificados a los que salvó con el sacrificio del Hijo.

Sin duda que con nuestras oraciones hallaremos gracia para el oportuno socorro, que todas nuestras súplicas serán contestadas, que pediremos y recibiremos, que no se nos dará una piedra ni una serpiente cuando pidamos algo que necesitemos. Si pedimos algo en el nombre de Jesús, lo recibiremos; si algo clamamos de acuerdo a la voluntad de Dios, tenemos las cosas que le hayamos pedido. Mientras más tiempo pasemos ante ese Trono en estado de súplica, mejores cosas veremos durante nuestra estadía en esta tierra. Alguien dijo un día: ¿Quieres una pequeña bendición? Ora poco. ¿Quieres una gran bendición? Ora mucho. El ejercicio para la piedad comienza allí, frente a ese Trono. No comienza con buenas obras humanas, sino de rodillas frente a Dios y no ante los hombres.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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