Mi?rcoles, 08 de abril de 2020

Gedeón es un héroe bíblico que pidió señales al Dios del cielo. Tenía una tarea asignada, pero se creía incapaz, muy a pesar de que el ángel de Jehová le hablaba. Había una queja en su corazón: si Jehová estaba con Israel, ¿dónde estaban todas sus maravillas, que los padres le habían contado? Habiéndolos sacado de Egipto ahora estaban abandonados bajo la servidumbre en casa de los madianitas. Pero Jehová le dijo que él era el elegido para salvar a Israel de la mano de estos enemigos que robaban su grano. Jehová respondió a sus inquietudes y le prometió que estaría con él para herir a los madianitas.

Gedeón comprendió que alguien divino estaba visitándolo, por eso quiso obsequiar una ofrenda. Llegado el momento, el ángel de Jehová le dijo cómo debía colocar los panes sin levadura, la carne y el caldo sobre una peña. Luego, tocando con la punta de su bordón, salió fuego de la peña consumiendo la ofrenda. Desaparecido el ángel de delante de él, Gedeón tuvo temor por haberlo visto cara a cara. Pero Jehová le dijo que no tuviera temor, que no moriría.

Siguiendo órdenes del Señor derribó el altar de Baal y edificó uno para Jehová. Los hombres del pueblo querían matar a Gedeón por haber derribado el altar de Baal. El padre de este héroe le dijo a la multitud enfurecida que no contendieran ellos por Baal, que dejara a ese dios contender por sí mismo. Si Baal es Dios que contienda por sí mismo con quien derribó su altar. Una lógica suprema la de Joás, padre de Gedeón, en medio de la idolatría de los moradores de la tierra de Madián.

Gedeón, después de haber visto la ofrenda consumida y al pueblo que lo dejó tranquilo, le pidió una señal a Jehová diciéndole que, si en realidad iba a salvar a Israel como le había dicho, hiciera algo con un vellón de lana que pondría en la era. El vellón debía quedar mojado por el rocío, mientras la tierra que lo rodeaba estaría seca. Así le aconteció para poder verificar si Jehová en realidad había hablado. La sorpresa de ese líder que no entendía cómo había sido escogido para la lucha que libraría contra los enemigos de Israel, lo llevó a pedir otra señal. Esta vez el vellón debía permanecer seco mientras la tierra circundante quedaría húmeda por el rocío. Así aconteció, y Gedeón pudo salir de mañana a su cometido.

Llama la atención que el Dios de la Biblia comprende nuestras limitaciones, aunque seamos escogidos por Él y aunque nos haya hablado muchas veces por las Escrituras, por lo cual nos da señales para confiar en lo que nos dice. La señal de Gedeón prueba el miedo que sentimos ante el Señor de lo imposible. Nuestra mortalidad y limitaciones naturales no nos dejan imaginar el alcance sobrenatural del Creador. Pensamos que es un Dios a nuestra semejanza, como un ídolo que tiene que adornarse para que se vea como un dios. Pero no hubo enojo en el Señor ante la duda de su siervo escogido, más bien se complació en concederle su petición en forma literal.

Un interesante ejemplo de que a veces tenemos que pedir alguna señal especial para estar seguros de una tarea específica que nos es exigida. No se trata de que nos aparezcan ángeles del cielo, o de que haya eventos sobrenaturales como el fuego que consume una ofrenda. Pero puede tratarse de la confirmación en nuestros corazones a través de proposiciones objetivas. Hay registros históricos en el mundo cristiano de ciertos sucesos con hombres de oración. En ocasiones han pedido una señal específica al Señor, para estar seguros de que deben dar un paso a la consecución de una determinada tarea. El Señor envía la señal en el tiempo oportuno, como un estímulo para el trabajo a realizar y como un apoyo a la fe que nos sustenta.

Elías el profeta fue otro personaje relevante en las Escrituras. Oró para que no lloviera en Israel y tuvieron que vivir poco más de tres años de sequía. Cuando oraba para que volviera la lluvia, envió a su siervo Eliseo para que averiguara cómo estaban los cielos sobre la mar. Eliseo le dijo que no había nada, pero después de la séptima vez (el número de la perfección en la Biblia) el siervo le dijo a Elías: Veo una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre, que sube de la mar. Eso fue suficiente para que Elías le enviara a decir al rey Acab que tomara las previsiones del caso, porque la lluvia caería de seguro.

Una pequeña señal fue suficiente para el profeta, tan diminuta como el puño de una mano de hombre. No era la gran señal de Gedeón, la que pudo repetir por causa de sus dudas; era la del profeta que aún con pasiones semejantes a las nuestras oraba en la presencia de Jehová. El saberse que estaba en esa presencia le permitía decir cosas que acontecían como testimonio de que era un mensajero para la corrección de Israel. La fe de Elías le dio la relevancia que tuvo en su época, pero la fe de Gedeón -a pesar de la duda en la que pidió doble señal- le permitió ser mencionado en el capítulo de la galería de la fe (Hebreos 11).

No hay nada malo en pedir una señal, como también pidió Moisés cuando Jehová lo envió a Egipto. Nuestra debilidad y asombro en tanto seres humanos limitados hace que cuando veamos una señal específica se incremente nuestra confianza en el autor de la fe. Lo importante es haber sido llamado por el Señor para cumplir un deber particular, estar dispuestos en nuestros corazones para cumplir el cometido. La oración es, sin duda, el instrumento ejemplar para asegurarnos de la presencia del Señor. Es el mecanismo dejado para los creyentes, de manera que podamos dialogar con nuestro Padre Celestial.

Hemos de acercarnos confiadamente ante el Trono de la Gracia, donde hallaremos el oportuno socorro. ¿De dónde vendrá nuestro socorro? De Jehová, quien hizo los cielos y la tierra. Él no dará nuestro pie al resbaladero, no se dormirá porque nos guarda; estará pendiente de nuestras necesidades (sean personales o congregacionales), pero requerirá oración. La oración es una actividad personal y colectiva, pero es también una actitud y no solamente una acción. El llamado a orar sin cesar, en todo tiempo con toda deprecación y súplica, nos debe estimular para ganar batallas en el día a día.

Dios ha querido en su soberanía el darnos el gozo de un trabajo recompensado a través de la oración contestada. Nada que dé más alegría al alma del creyente que ver la respuesta de aquello que estuvo buscando en la presencia del Señor. Es preferible estar de rodillas delante de Dios, antes que andar arrodillado delante de los hombres. Es más fácil invertir tiempo y energía en la plegaria ante nuestro Señor, que dedicar horas enteras para tratar de conseguir algo por nuestra cuenta. La oración eficaz del justo puede mucho.

La eficacia de la oración radica en que se haga conforme a la voluntad del Señor. De esa manera tendremos lo que hayamos pedido, así como nuestro gozo será cumplido. Por nada debemos afanarnos, más bien debemos colocar todas nuestras necesidades ante el Señor que las conoce antes de que le pidamos. Todo cristiano ha orado alguna vez, pero siempre es bueno seguir ese camino para disfrutar de la comunión con nuestro Padre Eterno. Poca oración implica poca bendición, mucha oración nos lleva a una abundante bendición. Así de simple, así de fácil. Cada día podemos añadir más tiempo o más intensidad, o ambas cosas, a la plegaria que será oída por el Dios soberano que sigue siendo el Señor de lo imposible.

Sea un vellón o una nube, lo que pidamos como señal también nos será concedido. Jesucristo prometió que si pedíamos en su nombre seríamos recompensados. Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. ¿Qué padre dará a su hijo una piedra si le pide un pan? ¿O qué padre le dará una serpiente al hijo que le pide un pescado? Si nosotros, siendo malos, podemos dar buenas dádivas a nuestros hijos, ¿cuánto más no nos podrá dar el Dios soberano que todo lo puede?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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