Lunes, 06 de abril de 2020

En ocasiones nos parece que lo Dios hace no es justo. No parece justo ante los ojos de los objetores el que Esaú haya sido odiado desde antes de haber sido concebido, sin tener en cuenta sus obras buenas o malas. El Dios que ordena el pecado en la gente a quien va a castigar, o en la que va a condenar, aparece ante la mente humana como un Dios injusto. Pablo entendió ese juicio natural del hombre caído, pero lo que no se imaginó (sospecho yo) era que la gran mayoría de los que componen la iglesia (al menos la nominal que profesa externamente el cristianismo) estaría alineada con los objetores naturales.

Por esa razón, el apóstol para los gentiles, habló del insondable juicio de Dios, de la profundidad de las riquezas de su sabiduría y ciencia. Ese mismo Dios que le dijo al profeta Isaías que escribiera sobre sus senderos diferentes a los de los mortales humanos: Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son Mis caminos más altos que vuestros caminos, y Mis pensamientos más que vuestros pensamientos (Isaías 55:8-9). De igual forma, el apóstol mencionado se pregunta en forma retórica: ¿Hay injusticia en Dios? 

Dios parece injusto porque decide conceder gracia a algunos pero no a todos. La criatura pecaminosa y limitada, influenciada por la maldad que conlleva el pecado, con el razonamiento entenebrecido, pretende tener un mayor y mejor estándar para juzgar lo que es o no es correcto para un Dios infinito y siempre Santo. Precisamente, el hecho de ser criaturas nos hace dependientes del Creador, nos vuelve igualmente responsables ante sus designios. Poco importa que el hombre muerto en delitos y pecados no sea capaz de dar la respuesta adecuada, pero su deuda de lealtad y santidad no queda extinguida. La responsabilidad humana va más allá de la capacidad para cumplir con lo que debe.

Bajo esa responsabilidad inherente a la raza humana, Jesús un día expuso en una de sus prédicas: No queréis venir a Mí para que tengáis vida (Juan 5:40). En ese mismo evangelio hayamos otra frase doctrinal básica: Si no creéis que Yo soy, en vuestros pecados moriréis (Juan 8:24). Tal vez algunos piensan que el rasero es muy sencillo, fácil de alcanzar por cualquiera. Pero la naturaleza humana no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios, por lo cual se hace indispensable que haya un nuevo nacimiento. 

El nacimiento del Espíritu fue el tema propuesto por Jesús a Nicodemo, el gran maestro de la ley que no entendía tal concepto. Esa temática ya había sido tratada en el Antiguo Testamento, cuando se hablaba del corazón renovado, en especial cuando Ezequiel escribió sobre la necesidad de que Dios cambiase el corazón de piedra por uno de carne, y diera un espíritu nuevo al hombre para que amase el andar en Sus estatutos. Hemos de ir a Jesucristo y hemos de recibirlo (a los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios: pero estos no son engendrados de voluntad de carne o de varón, sino de Dios mismo). 

Ahora bien, ¿por qué razón no todo el mundo va hacia Jesús? Alguno dirá que es porque la gente tiene el libre albedrío y en base a ello decide no ir. Sin embargo, el corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina. El Dios nuestro está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho. Cristo predicaba una vez más y enseñaba la soberanía de Dios, la doctrina del Padre: Todo lo que el Padre me da, vendrá a Mí, y el que a Mí viene no le echo fuera (Juan 6:37). Parece ser que los que no van a Jesucristo no van no por causa de su ficción teológica del libre albedrío, sino porque el Padre no los envía hacia el Hijo. En síntesis, la voluntad del Padre consiste en que todo el que es enviado por Él hacia el Hijo tenga vida eterna. 

De nuevo Jesucristo insistía ante un numeroso público que lo seguía por varios días. Algunos de ellos habían sido partícipes del milagro de los panes y los peces, se habían alimentado con una comida producto de un milagro, estaban encantados con las palabras de aquel profeta que enseñaba con sabiduría de lo alto. El Señor les dijo: Ninguno puede venir a Mí, si el Padre que me envió no le trajere (Juan 6:44) … Ninguno puede venir a Mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). Esos seguidores de Jesús se habían escandalizado y estaban murmurando, cuando dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). 

Parece ser que esa es la actitud de los millones de seguidores que tiene hoy día Jesucristo, los que objetan su doctrina y la acomodan a una más universal y aceptable ante las masas. Son los inventores del libre albedrío como mito teológico, son los que asumen que la responsabilidad existe si hay libertad de elección. Más bien, la responsabilidad existe porque no se es libre ante Dios, si fuésemos independientes de Él no tendríamos que responder ante su presencia. El Cristo que dijo que ponía su vida por las ovejas (no por los cabritos), el que dijo que salvaría a muchos (no a todos), el que salvó a su pueblo de sus pecados (no al mundo), es el mismo que dijo en la cruz que su trabajo había sido consumado. Ya no hay más nada que añadir, ni siquiera nuestra decisión en tanto la humanidad muerta en delitos y pecados no es capaz de ver la medicina para levantarse. 

Hace falta que el Señor nos ame primero para que le amemos en consecuencia, ha urgido que él nos haya escogido porque nosotros no podemos escogerlo a él. Damos gracias por el hecho de que Jesús haya orado por los que el Padre le dio, si bien dejó bien claro que no oraba (rogaba) por el mundo (Juan 17:9). Es que Jesús no vino a salvar a todo el mundo de sus pecados sino solamente a su pueblo (Mateo 1:21). Por esas razones expuestas la doctrina de Jesús es odiada por los detractores del evangelio, sin importar si son religiosos que profesan externamente el evangelio o si son reacios en forma total al conocimiento del Señor. 

El Señor odia eternamente a los réprobos, está airado todos los días contra el impío, ama eternamente a sus escogidos. El ejemplo dado por Pablo en Romanos 9, al hablarnos del amor a Jacob y del odio a Esaú, son una prueba extraordinaria de lo que acá expresamos. Precisamente, en ese mismo pasaje Pablo ha levantado una figura adversa a la doctrina expresada, un objetor que señala a Dios como injusto. Ese objetor ha sido imitado por millares de supuestos creyentes que se molestan por las palabras duras de oír que están en las Escrituras. Son los mismos que señalan que tal Dios sería injusto, por lo cual tuercen lo que allí se escribe y lo hacen para perdición de muchos.

El Dios de la Biblia es antipático para el mundo, por esa razón el mundo mismo nos odia. Los que desean aplacar esa ira mundana han cambiado el sentido del texto y lo hacen decir lo que su ídolo les exige. Hablo de los que han configurado un Cristo a su medida, como un traje de sastre que se ajusta a las dimensiones del alma de cada quien. Se ha construido un Cristo bueno con todo el mundo, con un sacrificio expiatorio para toda la raza humana, sin excepción. Se le ha puesto a perdonar todos los pecados de todo el mundo, dando a entender que depende de cada quien el aceptar o rechazar tan grande favor. Pero eso no es lo que enseñan las Escrituras, ellas son mucho más duras para los oídos débiles que no pueden escuchar la voz de Dios. 

El que se muestra distante de la palabra divina, pero desea indagar la verdad que ella dice, debería mirar de cerca la respuesta que Pablo da a su pregunta retórica: Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? (Romanos 9: 20-21). Jehová hace todo lo que quiere, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos (Salmo 135:6). El designio de su voluntad es el instrumento con el que hace todas las cosas (Efesios 1:11), así que nos predestinó para ser conformes a su hijo Jesucristo. 

La presciencia de Dios de la que habla Pedro (1 Pedro 1:1-2) no implica una previsión como la de alguien que ve el futuro en los corazones humanos. Recordemos que amó a Jacob y odió a Esaú antes de que hicieran bien o mal, antes de ser concebidos (en la eternidad). Dios conoce el futuro porque lo ha preparado para que acontezca, de lo contrario sería un Dios casi omnisciente pero no Omnisciente en forma plena, ya que tendría que averiguar lo que sucederá para poder dictarlo a sus profetas. No hay nada digno de alabanza en los pecadores que escogió para ser salvos, no hay alguna virtud especial con la cual puedan jactarse. Más bien nuestra jactancia, si la hay, ha de ser en la cruz de Cristo. El consejo de Dios permanecerá para siempre, y hará todo lo que quiera (Isaías 46:10).

César Paredes

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Publicado por elegidos @ 12:41
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