Domingo, 05 de abril de 2020

El creyente en Cristo tiene un corazón nuevo, pero continúa bajo la esclavitud del pecado. Pablo usa la figura de estar vendido al pecado, cosa terrible que nos deja casi que sin esperanza. Lo ideal hubiese sido que con ese corazón nuevo se hubiese borrado para siempre la semilla de la maldad, pero no lo quiso Dios de esa manera. En lugar de la desaparición en forma final de la vida pecaminosa en nosotros, un alud de malas acciones nos acompaña a diario. Nos queda la confianza del perdón absoluto encontrado en el Jesús que murió por su pueblo, bajo la certeza de que si confesamos nuestros pecados él es fiel y justo para perdonarnos.

Como dice el refrán desde hace años: genio y figura hasta la sepultura. Hay personas más susceptibles que otras y sufren por cualquier desaire, pero hay otras más fuertes en el plano emocional, de manera que no se inmutan por lo que en otros impone un gran dolor.  No deja de luchar el alma del creyente, sea porque peca o sea por el pecado ajeno. La dicha en medio de este dolor humano la trae el repudio que sentimos ante la maldad del corazón del hombre. El hecho mismo de saber que algo es malo ante los ojos de Dios, nos trae un sosiego por aquello de que al menos deseamos hacer lo bueno.

Pablo pudo comprender ese problema del creyente, dejándonos en su Carta a los Romanos el sabor de la amargura en el paladar dulce del cristiano. Con la mente servimos a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado (Romanos 7:25). Según el hombre interior nos deleitamos en la ley del Señor, pero la ley del pecado que mora en nuestros miembros nos hace cautivos (verso 23). El resultado de esa antítesis no es otro que el hecho de sentirnos miserables. Somos miserables porque condenamos aquello que hacemos y, habiéndolo condenado, lo seguimos haciendo. Somos miserables porque comprendemos el gran trabajo que Jesús hizo en la cruz en favor de su pueblo (Mateo 1:21), pero se nos dificulta comportarnos como es debido.

El apóstol no solo llegó a la síntesis, sino que nos dio algo más. Él dijo que daba gracias a Dios por Jesucristo, el cual lo libraría de su cuerpo de muerte. Una carcasa de muerte tenía en su espalda el apóstol, un peso de gran hedor. Justo es advertir que Pablo no pensaba mal de su cuerpo físico, ya que eso ha sido obra de Dios y vino a ser templo del Dios viviente. La idea del cuerpo de muerte convendría entenderse como una metáfora que sugiere un conjunto de elementos que sostienen el pecado en el alma humana. La gracia de Dios es la única que puede librarnos de ese cuerpo del pecado, ya que Jesucristo venció la muerte y dejó sin efecto al pecado. Nos toca a nosotros batallar día a día contra esa fuerza que ha sido llamada carne, con la ayuda del Espíritu que mora en nosotros.

El Espíritu nos ayuda a nosotros los creyentes, incluso en lo que hemos de pedir como conviene. Nos lleva a toda verdad, nos sirve de garantía para la redención final. Él mismo se contrista en nuestros corazones cuando hacemos algo que no va de acuerdo al mandato divino. Precisamente, porque el Espíritu ha sido injertado en nosotros (ya forma parte de nosotros mismos) se pone triste cuando hacemos algo que es indebido. Esa tristeza del Espíritu se pasa hacia nosotros como clara advertencia y alarma para que procuremos enderezarnos. Todo esto ocurre por la batalla natural que se da entre la ley de Dios (en nuestra mente) y la ley del pecado (en nuestra carne). La carne es la naturaleza humana caída, la cual queda en el creyente como una muestra de lo que molesta a los ojos de Dios. Pero es también un claro estímulo para huir de ella hacia la ley de Dios que está en nuestra mente.

Por medio de la ley de Moisés vino el conocimiento del pecado (y no solo la ley escrita de Moisés, sino la ley de Dios escrita en los corazones humanos), pero la cura para ese pecado vino por el evangelio de Cristo.

La humanidad caída está cautiva en el pecado, pero el creyente que ha conocido la verdad está libre en forma plena. Esa esclavitud o venta al pecado de la que refiere Pablo viene a presentarse en el creyente cuando contempla la ley de Dios. Pero Pablo agradece a Dios por Jesucristo, en virtud del evangelio anunciado. Esa es la gran diferencia con el mundo que no conoce a Dios, ya que no habiendo tenido aún quien los libre de la atadura del pecado sigue preso en sus sótanos. El evangelio, en cambio, presenta la libertad que da Jesucristo a los que lo conocen, a los que lo reciben, a los que aman la justicia antes que la mentira. Jesucristo es el único que puede librar del cuerpo de muerte, del horrible dolor del pecado en el creyente.

El salmista David nos había dicho que no debíamos impacientarnos por causa de los malignos, ni sentir envidia de los que hacen iniquidad. Debemos confiar en Jehová y apacentarnos de su verdad, deleitarnos en Dios, en sus perfecciones, en su soberanía, bondad y fidelidad. Sabemos que, si fuimos escogidos por Él desde la eternidad, hasta la eternidad y por la eternidad estaremos con Él. En realidad, Él nos escogió a sabiendas de que tendríamos este cuerpo de muerte del cual nos libra su Hijo. La gracia de Dios es una virtud invaluable, casi incomprensible, ya que cuando nos miramos internamente nos damos cuenta de la muerte que deja su olor en el alma del creyente. Por si la gracia de Dios fuera poca cosa, hay una promesa en el Salmo 37:4: si nos deleitamos en Jehová, Él nos concederá las peticiones de nuestro corazón.

Nuestra lucha continua deja heridas profundas que ameritan el reposo que nos da Cristo. En su regazo podremos sanar los males que nos provoca el cuerpo de muerte, los deseos de nuestro corazón también encontrarán allí plena satisfacción. Al deleitarnos en el Señor formaremos deseos puros que llevaremos en oración. El mundo tiene su atractivo y a diario nos predica su voz, pero el creyente reconoce que los deseos de los ojos pasan y fenecen. No pretendamos llevar esta lucha diaria sin acudir a la ayuda de lo alto porque seremos vencidos. El Señor obrará cuando encomendemos nuestro camino ante su presencia. La batalla del día a día ha sido dejada para que nos habituemos a acudir al que hace todas las cosas posibles, al que nos ha amado sin importar quiénes éramos. La consecuencia de encomendarnos a su gracia y soberano poder presupone una exhibición de nuestros derechos ante el mundo que nos odia.

Porque al pasar apenas un poco de tiempo miraremos el lugar de los inicuos y ya no estarán, en cambio, para los mansos es la herencia de la tierra. El Señor conoce los días de los justos y éstos no serán avergonzados. Es decir, Él conoce todas las circunstancias de nuestra lucha, nuestra debilidad para soportar la carga, nuestra vieja naturaleza que todavía se entretiene con la vanagloria de la vida. Por Jehová son ordenados nuestros pasos, y Él aprueba nuestro camino (Salmo 37:23).  La vida de Pablo es un ejemplo a imitar, pero aún esa vida brillante no fue exenta de sufrir la oposición entre el Espíritu y la carne. Ese parece ser nuestro sino, pero no debemos desfallecer ni entristecernos. Antes, veamos en las Escrituras lo que se ha registrado como testimonio de muchos grandes héroes bíblicos, para conocer una vez más que cada uno tuvo que librar esa lucha continua entre el yo interior y la ley del pecado.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:54
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios