Domingo, 22 de marzo de 2020

La palabra que nos ha sido revelada a través de Moisés y los profetas ha venido a ser la maravilla perfecta, algo más que la experiencia de lo milagroso. En el relato acerca del Rico y Lázaro, Jesús contrapone el lugar de tormento frente al lugar de reposo y consuelo. Una gran separación existe entre esos dos sitios, de tal forma que no es posible traspasar los espacios. El hombre rico, atormentado en gran manera, alzó sus ojos y vio de lejos a Lázaro, el pordiosero que estuvo por mucho tiempo a su puerta en esta vida. Viendo a Abraham clamó dando voces: Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama (Lucas 16:24).

La respuesta consistió en que él ya había recibido las buenas cosas en esta vida, que aquello que pedía no era posible. El hombre rico argumentó de nuevo, rogándole a Abraham que enviara a la casa de su padre a alguien para advertirles a sus cinco hermanos, para que se cuidasen y no llegaran a venir a ese lugar de tormento. La nueva respuesta de Abraham fue categórica: A Moisés tienen, y a los profetas, que a ellos escuchen (Lucas 16: 29). El pensamiento del joven rico estaba basado en la percepción de experiencias, no en la fe en la palabra revelada. Era un hombre acostumbrado a dar rienda suelta a su sensualidad, a obedecer a sus sentidos, pero poco dado a la reflexión abstracta que la palabra exige.

El hombre rico se parece a los que dicen amar a Cristo con el corazón, pero que no dan importancia a la doctrina que enseña. Lo de aquel hombre era sensación e impacto sobrenatural, ya que sostenía que sería suficiente razón para que sus seres queridos llegasen a ser convertidos, el que algún muerto se levantare y apareciere a su familia. Ese hombre del relato estaba convencido, aún en el lugar de tormento, de que la teología necesaria era la de la experiencia.

Abraham dio la respuesta correcta, la que se deriva de la palabra revelada. A Moisés y a los profetas tienen y, si no los escuchan, tampoco se persuadirán si alguno se levanta de entre los muertos (Lucas 16:31). En otros términos, Abraham no creía en el sensacionalismo, en la conversión a partir de un evento sobrenatural. Abraham sabía de la conversión por medio de la fe como don de Dios. Él fue llamado el padre de la fe, por cuanto creyó a Dios y le fue contado por justicia. Abraham fue un hombre escogido para dar a luz a un pueblo, a una nación; venido de Ur de los Caldeos llegó a convertirse en el amigo de Dios. Abraham sabía, que aún él, siendo un pagano, había sido salvado por la gracia del Dios que lo había llamado de las tinieblas a la luz.

La fe nos lleva a realizar buenas obras, a dar fruto permanente, pero las obras en sí mismas no producen salvación. No es por obras, dice la Escritura, sino que la fe, la salvación y la gracia son un don de Dios (Efesios 2:8). El hombre rico pensaría que con la ayuda económica que le daba a Lázaro bastaba, tal vez le tiraba las sobras de su mesa, tal vez en alguna oportunidad le había hecho un mejor favor.  Al parecer, el hombre rico no se había persuadido de la importancia de la doctrina que emana de aquel gran libro que conocía por referencia. Él tenía acceso a lo que habían escrito Moisés y los profetas, pero no le dio suficiente importancia. Tal vez amaba a ese Dios abstracto que la gente se imagina, tal vez le rendía tributo a la madre tierra o al universo.  A lo mejor se dio a la tarea de la mayoría de los conocedores de la ley, jactándose de ser parte del pueblo receptor de aquellos libros, aunque se hubiera convertido en oidor olvidadizo.

A esa ley no se le puede añadir ni quitar nada, ni una jota ni una tilde, para poder mantener los mandamientos de Jehová. Esa ley debe permanecer en nuestros corazones y almas, como una atadura en nuestras manos, como un símbolo en nuestra frente. Hemos de enseñar el libro revelado a nuestros hijos, a cada momento: sentados en nuestras casas, caminando por los senderos, cuando nos acostamos y cuando nos levantemos (Deuteronomio 11:19). Hemos de escribir sus palabras en los dinteles y puertas de nuestras casas (Deuteronomio 11:20). Si la escuela del mundo nos canta y escribe cada día sus normas y consejas, ¡cuánto más no debemos nosotros hacer un contrapeso para no ser arrebatados hacia la vanagloria de la vida, hacia los deseos de los ojos y de la carne! (1 Juan 2:16).

El libro de la ley, como se le ha conocido por siglos, no debe apartarse de nuestra boca, sino que hemos de meditar en él día y noche, para poder observar lo que en él está escrito. De esta forma prosperaremos y tendremos éxito en lo que hagamos (Josué 1:8). Como una consecuencia inevitable le fue dicho a Josué que se esforzara (en leer la ley, en meditarla y en cumplirla), que fuera valiente, que no temiera ni desmayara, porque Jehová, el Dios de Josué, estaría con él en donde quiera que él fuere (Josué 1:9). Esa promesa dada a Josué es también dada a cada uno de los que somos llamados a leer, meditar y guardar las palabras de la Escritura.  Los preceptos del Señor son rectos, haciendo al corazón estar contento. Esa ley es más dulce que la miel que destila del panal (Salmo 19:10).

Jesucristo denunció que las palabras de aquella ley se hacían vacías cuando se prefería la tradición a la Escritura (Mateo 15:6). Hay gente que con sus labios honran a Jesús, mientras su corazón permanece alejado. Jesús se refería a las personas que enseñan como doctrina suya los mandamientos humanos. Pablo le dice a Timoteo que lo felicita porque desde niño había sido enseñado en las Escrituras, lo cual hacía que él fuera sabio para salvación a través de la fe, la cual es en Jesucristo (2 Timoteo 3:15). Es decir, Pablo reconoce igualmente que la Escritura nos capacita en materia de salvación a través de la fe.

Pablo es uno de los escritores que más énfasis haya manifestado sobre la predestinación hecha por el Padre, pero igualmente reconoce que la Escritura nos habilita en el conocimiento necesario para alcanzar esa salvación tan grande. La predestinación no niega nuestro deber de escudriñar las Escrituras, más bien nos impulsa. Es por medio del conocimiento del siervo justo que éste justificaría a muchos, llevando las iniquidades de ellos (Isaías 53:11). Jesús murió por todos los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21), así que el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en la cruz. Ocurrió un acto forense, cuando el Padre nos declaró justos por medio de la justicia de su Hijo. Él llevó nuestras iniquidades, si bien a nosotros nos fue conferida de inmediato la justicia de Dios.

Todos los que fuimos justificados en la cruz de Cristo somos los mismos que fuimos ordenados desde antes de la fundación del mundo para recibir esta salvación inconmensurable. La palabra revelada es el único recurso que tenemos para meditar y examinar la verdad eterna, aquella que nos puede hacer aptos para el reino de los cielos. En ella nos parece que está la vida eterna por lo que bien vale examinarla a cada instante. No que nuestra salvación sea por medio de la obra de la lectura de la palabra, más bien ella nos anuncia que se nos daría un espíritu nuevo para poder amar el andar en los estatutos de Dios. La palabra de Dios nos equipa y prepara para toda buena obra (2 Timoteo 3:17).

La Escritura dice que los que hemos llegado a creer, por el llamamiento eficaz, hemos escapado de la corrupción que está en el mundo por la concupiscencia (el deseo exacerbado de los bienes materiales, en especial los sexuales). Dios hace un llamamiento externo a toda criatura, en tanto la obra y la ley de Dios van juntas, siendo exhibidas ante los ojos de los hombres por intermedio de la creación misma. Pero hay un llamado interno, de pura gracia, de acuerdo al propósito del llamamiento de Dios. Este llamamiento va conectado a la justificación alcanzada en favor nuestro por Jesucristo, como igualmente está conectado al conocimiento que tengamos de la doctrina de Cristo, porque si no la conocemos no podemos habitar en ella.

La doctrina del Señor es la misma que la del Padre. Jesús enseñó una y otra vez que ninguno podía ir a él, a no ser que el Padre lo llevare. Dijo que a nadie echaría fuera, si es enviado por el Padre. Esto nos da a entender que los que se pierden no fueron jamás enviados por el Padre al Hijo. Si alguien tiene conflicto con esta doctrina, tiene igualmente conflicto con el autor de la misma. El que está en pugna con esta enseñanza, ¿cómo podrá habitar en ella si no está de acuerdo? La expiación de Jesucristo en la cruz es materia seria del evangelio. El evangelio es el anuncio de que Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (los muchos que le fueron dados a él por el Padre, la gran multitud que no se podía contar), pero es igualmente el anuncio de que aquellos por los cuales Jesús no rogó quedaron por fuera (Juan 17:9). Pretender hacer universal la expiación de Jesucristo implica entrar en desacuerdo con su enseñanza.

Los que alteran la doctrina enseñada por Jesús son los mismos que añaden o quitan palabras a lo narrado en las Escrituras. El que añade palabras a lo escrito en la Biblia le será añadido el conjunto de plagas allí escritas, y al que le quitare palabras le será quitada su parte del libro de la vida (Apocalipsis 22;19). Esto concuerda con la advertencia contra la interpretación privada, ya que para su propia perdición se aleja la gente de la interpretación pública de las Escrituras.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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