Mi?rcoles, 18 de marzo de 2020

El hecho de que Dios sea soberano en forma absoluta hace que toda su voluntad se cumpla en la tierra. En el universo que ha creado, desde el principio hasta el fin, cada evento ha sido indicado para que acontezca en la forma en que acontece. ¿Será mucho pedir para un Dios que dice haber creado la luz con su palabra? ¿Qué parecerá más fácil: hacer el mundo en seis días o hacerlo en miles de millones de años? El Dios que la Biblia nos presenta no tiene límites, hace lo que quiere, no tiene quien le aconseje. Aún los pensamientos pecaminosos de los hombres, junto a sus acciones, Dios los gobierna. El corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1); Dios ha puesto en los corazones de las gentes ejecutar lo que Él quiso, aún ponerse de acuerdo entre ellos y dar su reino a la bestia, hasta que sean cumplidas las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17).

Herodes, Poncio Pilatos, los judíos en general y aún los gentiles, se juntaron contra Jesús, el Hijo de Dios, para hacer lo que la mano y el consejo de Dios habían dispuesto (Hechos 4: 27-28). Lo que había dispuesto el Dios de la Biblia era una serie de eventos pecaminosos, declarados a través de sus profetas para testimonio ante nosotros. Aún el hijo de perdición estuvo ordenado para que la Escritura se cumpliese. El Dios de la providencia procura diligentemente y sin que le cueste esfuerzo que sean protegidos los impíos y muchos de ellos prosperen, de manera que se cumpla todo el guion que para ellos fue ordenado. Fijémonos en el Faraón de Egipto, un hombre poderoso que fue cuidado desde su infancia en medio del palacio, solamente con el fin de que actuase con el poder del mandatario más temible entre la gente de su época. Ese Faraón fue provisto con riquezas, honra y gran poder, pero por igual fue expuesto para que Dios mostrase la gloria de su poder en toda la tierra.

Cada impío reprobado ha sido creado como vaso de ira para el justo día de la ira de Dios. Pero cada vaso de misericordia fue elaborado por el mismo Dios para exhibir la gloria de su gracia por medio de la vida y obra de Jesucristo. El evangelio es el mecanismo que se usa para dar a conocer el plan divino, de tal forma que los que oyen con los oídos del espíritu puedan entender si son o no son llamados por el Altísimo. La fe viene por el oír la palabra de Dios, la fe no es de todos, más bien es un regalo de Dios para su pueblo. Jesucristo es el autor y consumador de la fe, el mismo que también oró por los que habíamos de creer por la palabra de sus discípulos, el mismo que no quiso rogar por el mundo no elegido (Juan 17:9). Es del Dios soberano de quien hablamos, no del dios a imagen y semejanza de los hombres caídos.

La doctrina de Cristo es la doctrina del Padre, de manera que él vino a enseñarnos lo que necesitamos aprender. Por su conocimiento salvará el siervo justo de Jehová a muchos, asunto que supone que debemos conocer la vida y obra de Jesucristo. De su vida podemos decir que fue el Cordero de Dios, el que no cometió pecado pero que fue hecho pecado por causa de su pueblo. De esa manera recibió el castigo de nuestros errores, habiendo sido azotado y castigado por nuestras transgresiones. De su trabajo podemos decir que fue consumado en la cruz, de tal forma que nadie podrá agregar ni un ápice de esfuerzo para completar la obra hecha en el madero. Se ha escrito que en la cruz fue clavada el acta de los decretos que nos era contraria, la acusatoria en contra del pueblo de Dios, para que nadie pueda señalarnos como transgresores y merecedores del castigo, toda vez que Jesús pagó por su pueblo en aquel madero.

La doctrina de la soberanía de Dios es el núcleo fundamental del evangelio de Cristo, sin ella todo hubiese quedado al azar, al arbitrio de los cambiantes corazones humanos. Sin el nuevo nacimiento sobrenatural que hace el Espíritu de Dios en los corazones de piedra que ha escogido para tal fin, no existiría ni una sola alma deseosa de escuchar al verdadero Dios. El Dios soberano hace posible que sus promesas se cumplan a la letra. La Biblia nos dice que fuimos predestinados en Él, según el propósito del que realiza todas las cosas conforme al consejo de su voluntad (Efesios 1:11).

A muchos cristianos confesos les cuesta creer lo que la Biblia dice en forma plana, por lo cual procuran interpretar en forma privada las Escrituras. Ellos lo hacen para su propia perdición, en palabras del apóstol Pedro, así que configuran un ídolo al que llaman Cristo, hecho a imagen y semejanza de lo que consideran debe ser un dios. Pero nadie tendrá excusa de alegar que fue ordenado como vaso de ira, ya que el hecho de ser criaturas hace que los hombres deban someterse a su Creador. Jesús tiene toda la autoridad en el cielo y en la tierra, razón por la cual cada criatura humana tiene el deber ser de la obediencia a su nombre.

Ahora bien, pese a ese deber ser el hombre sigue su camino, por cuanto para ello también ha sido formado.  Aunque el ladrón en la cruz hizo lo malo, al final de sus minutos en la tierra le fue dado arrepentimiento. El otro ladrón estuvo también al lado de Jesús, pero él continuó con su pecado por cuanto a él no le fue dado el don de la fe, ni el arrepentimiento para perdón de pecados. No se puede decir que ese ladrón no fuera moralmente responsable, por el hecho de que Dios sea soberano. El que aquel ladrón no haya sido nunca libre para elegir su destino, no lo hace menos responsable de sus actos. En este punto muchos tropiezan, al pensar que Dios no es justo, que no puede exigir del hombre lo que éste no tiene para dar.

De esta manera la doctrina de la soberanía absoluta de Dios no exculpa al hombre de su responsabilidad moral. La ley de Dios lo juzga y le exige, aunque éste no pueda responder en forma adecuada. ¿Es Dios injusto? En ninguna manera, dice la Escritura, pues tiene misericordia de muchos, pero de quien quiere tenerla, aunque condena a muchos endureciéndolos, de tal forma que tanto unos como otros redundamos para la gloria de su misericordia, de su justicia y poder. Esta es la razón por la cual predicamos la salvación por gracia y no por obras, ya que el evangelio descansa en la soberanía divina y nunca en las posibilidades humanas. Es decir, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Esa es una expresión soberana encontrada en la Escritura, de manera que ella sigue diciendo que a quien Dios quiere endurecer endurece.

Alguien dirá que Dios tal vez sea injusto, ya que nadie puede resistirse a su voluntad. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar a Dios? El vaso de barro no puede decirle al alfarero que no lo haga de tal forma, ya que es potestad de su hacedor el hacer un vaso para honra y otro para vergüenza. El hombre no es más que una criatura que debe honra a su Hacedor, pero alejado de Él ha pretendido honrarse a sí mismo dándose el lujo de una ficción teológica, al decir que posee libre albedrío. Nada más alejado de la lógica en la relación entre un Dios soberano y su criatura, pero igualmente nada más alejado de la verdad bíblica que proclama la soberanía absoluta de Dios.

El hombre le debe responsabilidad a Dios, en virtud de la soberanía inherente del Todopoderoso. Dios no le debe nada a la criatura, de manera que sigue siendo soberano en forma permanente. Por medio de su gracia quiso salvar al pueblo que se forjó para Sí mismo, habiendo juzgado sus pecados a través del Cordero inmolado.  Por igual, su justicia sin gracia quiso juzgar a los que dejó a un lado, a los réprobos en cuanto a fe, a los que fueron ordenados para que tropiecen en la roca que es Cristo. Él dejó el evangelio como la buena noticia para los que han de ser redimidos, de tal forma que todo aquel que en él cree no se pierda. Sin embargo, es menester que el que diga creer en él deba asumir la doctrina que enseñó. Cualquiera que se rebela, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios: el que persevera en la doctrina de Cristo, el tal tiene al Padre y al Hijo (2 Juan 1:9).  Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡bienvenido! Porque el que le dice bienvenido, comunica con sus malas obras (2 Juan 1:10-11).

Sabemos que el hecho de que seamos predestinados nos permite obedecer la ley. Más allá de que pecamos a diario, no practicamos el pecado y lamentamos infringir la ley de Dios. Un espíritu nuevo ha sido colocado en medio nuestro, un corazón de carne en lugar de uno de piedra, de tal forma que amamos el caminar en los estatutos del Señor. ¿Cómo podemos vivir aún en el pecado? ¿Quién nos separará del amor de Dios? El que comenzó en nosotros la buena obra la terminará hasta el fin, el autor de la fe es el mismo que la consuma. Guardados en las manos del Hijo y del Padre no podemos perdernos jamás. La perseverancia es una consecuencia de la preservación. Esto es parte de las cosas buenas para los hijos de Dios.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 5:45
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios