Domingo, 15 de marzo de 2020

Dios hizo un pacto eterno, de manera que Él no se arrepiente de hacernos bien, según palabras de Jeremías (32:40). Confiamos en ese pacto por cuanto lo ha hecho el Dios infalible, el que cumple todas sus promesas, el que se define como un Sí y un Amén. Además, parte del pacto señalado dice que Él pondría en nuestras almas el respeto y el temor, de manera que no nos alejaremos nunca de Él. La garantía, en nuestros días, la da el Espíritu de Cristo que mora en nosotros, pues si alguno no tiene tal Espíritu es porque no es de él.

Hay muchas personas que militan en la religión cristiana, pero tienen miedo del pacto. Ellos piensan que deben cumplir una serie de requisitos de moral y buenas costumbres para permanecer en el pacto. El problema se les presenta porque no comprenden la teología cristiana, la que habla de la doctrina de Cristo, la que nos predica que Dios es soberano. La soberanía de Dios hace que vivamos en su fortaleza, ya que toda aquella persona que es enviada por el Padre al Hijo nunca será echada fuera. Más bien se ha dicho que seremos resucitados en el día postrero.

Dios prometió que perdonaría nuestra maldad y nunca más se acordaría de nuestros pecados (Jeremías 33:34). El Señor ha prometido que nos haría dormir seguros (Oseas 2:18), que los pecadores no se levantarían en la congregación de los justos (Salmo 1:5). Juan dio testimonio de que el Padre había enviado al Hijo para que fuera el Salvador del mundo (1 Juan 4:14). Ya sabemos lo que significa el vocablo mundo, la referencia que se implica según los contextos en que aparece escrito. El Jesús que salvaría a su pueblo de sus pecados es el mismo Jesús enviado al mundo por causa del amor del Padre; pero es igualmente el mismo Señor que no rogó por el mundo poco antes de su muerte expiatoria.

El pacto de Dios vino a ser un Nuevo Pacto, con la entrega del cuerpo y la sangre de Cristo. El sagrado juramento divino da testimonio de la veracidad de tal contrato. La inmutabilidad de Dios y su veracidad dan respaldo al pacto que hizo en favor de su pueblo. No es nuestra ética religiosa la que soporta tal convenio, ni nuestra moral se presta como garante de nuestra parte. La perseverancia del creyente se pone de manifiesto por el hecho innegable de la preservación de los santos de Jehová, ya que cada hijo está en las manos de Cristo y en las manos del Padre. ¿Quién nos separará del amor de Dios, en Cristo Jesús? Esa pregunta retórica se la hizo Pablo, dando como respuesta que ni la muerte, ni la vida, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna cosa creada (como el ser humano, por ejemplo) será capaz de separarnos de semejante amor.

Pero se dice que pensar de esta manera implica una cuerda larga para caminar por el pecado. Eso es falso, ya que las caídas de los creyentes son naturales, producto de que hemos sido vendidos al pecado, de que todavía mora en nosotros ese germen de la vieja naturaleza. Llegar a decir que hay licencia para pecar, significaría pretender hacer males para que vengan bienes. Al contrario, Pablo ya se había preguntado cómo podríamos vivir aún en el pecado. El creyente no puede vivir tranquilo en la maldad, como tampoco pudo el hijo pródigo. El andar entre los cerdos y alimentarse junto a ellos ponía incómodo a aquel hombre que se había distanciado de su hogar natural. Ese hijo volvió a casa por cuanto reconocía que tenía un padre ante el cual se inclinaría para suplicar perdón.

El padre de la parábola mencionada puede ser llamado el padre expectante. Es Dios quien nos espera por cuanto sabe que nosotros volveremos a Él cuando nos alejamos demasiado. La razón de nuestra vuelta al hogar estriba en que fuimos atados con cuerdas de amor, además de que sentimos a diario el odio del mundo. El creyente reconoce que la vanagloria de la vida, los deseos de los ojos y la concupiscencia de la carne no provienen del Padre.  Eso proviene del mundo que pasa, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

El pueblo de Dios será un pueblo de buena voluntad, en el día de su poder (Salmo 110:3). No servimos de mala voluntad al Señor, como si fuésemos arrastrados a contracorriente. Al contrario, se nos ha dado un corazón de carne y un espíritu nuevo, de manera que amamos el andar en los estatutos del Señor. El pecado siempre estará en nuestros caminos, pero siempre damos gracias a Dios por Jesucristo, quien nos podrá librar de este cuerpo de muerte. Pablo también dijo: con el hombre interior deseo servir al Señor, si bien el pecado que mora en mí me lleva a hacer lo malo que no deseo hacer.

Tenemos la garantía del perdón por nuestras caídas, ya que Jesucristo intercede por nosotros; tenemos una gracia concedida, que no depende de nuestras obras; tenemos una fe que es un don de Dios. Si de todos no la fe, debemos alegrarnos de que la tengamos. Pero no nos gloriamos en nosotros mismos, como si hubiésemos alcanzado algo por nuestros esfuerzos, más bien nos gozamos en el trabajo de Jesucristo que fue completado en la cruz. Esa obra perfecta hizo que él fuera calificado como la justicia de Dios. De esa manera el Señor ha venido a ser nuestra pascua, ya que Dios pasó por alto nuestras transgresiones al mirarnos bajo la protección de la sangre del Cordero inmolado por su pueblo (Mateo 1:21).

Por lo antes expuesto, recurrir a las buenas obras como una garantía de nuestra perseverancia final, pudiera significar que sustituimos el trabajo consumado de Jesucristo por nuestra labor eclesiástica. La teología debe estar presente en todos los recodos de nuestro diario vivir, la doctrina de Cristo ha de ser nuestra habitación. Decir que amamos a Jesús pero que poco importa lo que dijo, o que es tan complicado que no lo entendemos, sigue siendo una falacia. Jesús enseñaba todo el tiempo, habiendo dejado en claro que su doctrina venía del Padre. Los que no traen la doctrina de Cristo no deben ser bienvenidos en nuestra vida, mucho menos en nuestra comunidad cristiana.

Es cierto que está escrito que quien persevere hasta el fin será salvo. Pero también es verdad que no hacemos el bien que deseamos ni dejamos de hacer el mal que detestamos. Nuestra perseverancia final se alcanza porque estamos preservados hasta el fin, escondidos en las manos del Padre y del Hijo. La santificación la da el Espíritu, pero se nos encomienda y ordena destruir las obras de la carne en nosotros. Hagamos aquello para lo que estamos capacitados, mientras descansamos en la doctrina de la preservación que subyace en las enseñanzas generales de Jesucristo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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