Viernes, 13 de marzo de 2020

Un papa, entre tantas personas que sostienen lo mismo, afirmó que el infierno no era un lugar, ni un sitio de castigo eterno. Eso fue dicho por Juan Pablo II, muy a pesar de conocer la Biblia, hecho que uno supone. Respondemos que el infierno no es solo la condición de andar separado de Dios, sino que es un lugar preparado para todos aquellos que no tienen su nombre inscrito en el libro de la vida (Apocalipsis 20:15). Cristo también dijo algo al respecto: apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles (Mateo 25:41).

El Señor expulsó a unos demonios llamados legión, los cuales entraron en unos cerdos que se arrojaron al mar. Los demonios lo reconocieron como el Hijo De Dios, pero suponían que había venido a molestarlos antes de tiempo. Los demonios sabían que tendrían su turno en el infierno, donde habrán de ser atormentados, pero le rogaron a Jesús que los enviara a un hato de cerdos. Los demonios estaban muy seguros de que el infierno no era una condición de la mente, como suponen muchos para calmar a las multitudes pecadoras, o para dibujar a un Dios con más misericordia de la que ofrece.

La Biblia habla de la resurrección de los justos para vida eterna, pero también de la de los que van hacia la muerte segunda, el infierno de fuego. Se ha hablado por igual de los cuerpos transformados para el creyente, y uno debe imaginar que el reprobado tendrá un cuerpo que no se consumirá ante las llamas de fuego, sino que percibirá su calor y su abrasión. Una pequeña prueba de lo que decimos puede encontrarse en los sueños convertidos en pesadillas. Las personas que sufren alguna enfermedad, o algún síntoma como la fiebre aguda, son capaces de soñar algo muy vívido. En sus sueños sienten como real aquello que es apenas una fantasía de sus mentes, incluso se refleja en su piel y en sus músculos el sudor y la contracción por lo que apenas han soñado. Así que si uno traslada esa imagen a lo que es el infierno de fuego, podrá darse cuenta de la posibilidad real y de la certeza de aquello que fue enseñado por Jesús.

Si el infierno fuese una fábula, el Señor no hubiese hablado tantas veces de lo mismo. Es mejor entrar cojo, ciego, manco o mutilado de cualquier manera al reino de los cielos, que ser echado completo al lago de fuego (Mateo 18:8). El Señor le dijo a un grupo de sus discípulos, a aquella comisión de los 70 enviada a predicar, que no se regocijaran por el hecho de que los demonios se les sujetaban en su nombre. Más bien los animó a regocijarse por el hecho de saber que sus nombres estaban escritos en los cielos (Lucas 10:20). A Daniel le fue dicho que el pueblo en el tiempo terrible de la angustia única sería librado, pero solamente aquellos que se encuentren inscritos en el libro (Daniel 12:1). Pablo habla de los colaboradores suyos, como fieles compañeros, cuyos nombres están en el libro de la vida (Filipenses 4:3).

En el Apocalipsis de Juan se menciona al lago de fuego, a la bestia y al falso profeta que serán lanzados a ese sitio de tormento eterno. Pero se nos dice algo que debemos guardar como doctrina del Señor: que la bestia fue adorada por todos los que moran en la tierra, cuyos nombres no han sido escritos, desde la fundación del mundo, en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado (Apocalipsis 13:8). Más adelante se enfatiza la misma enseñanza: ...los moradores de la tierra, cuyos nombres no se han escrito en el libro de la vida desde la fundación del mundo, se asombrarán al ver la bestia que era y no es, y que vendrá (Apocalipsis 17:8).

Ciertamente hay una enseñanza de la soberanía de Dios en cada libro de la Escritura. Es Dios quien mueve los corazones, es Él quien ha escrito los nombres en el libro de la vida de todos aquellos que conforman su pueblo. Dios es quien coloca en los corazones de quienes Él ha escogido para el horrible fin del infierno, no solo el ejecutar lo que quiso, sino el dar su reino a la bestia, hasta que sean cumplidas las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17). El creyente es advertido sobre este tipo de castigo por varios fines. Primero que nada, para que sepa de qué lo ha librado el Señor (de los que me diste, ninguno se perdió, excepto el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese -Juan 17). En segundo lugar, para que procure diligentemente apartarse de todo aquello que le sea obstáculo para el reino de los cielos, como el conjunto de las obras de la carne, ya que sus practicantes no entrarán en el reino de los cielos. Acá pudiera haber una discusión entre los que creemos en la absoluta soberanía de Dios (Dios no perderá ni una sola de sus ovejas) y los que suponen que uno se puede perder después de haber nacido de nuevo. Sin embargo, para decirlo en forma rápida, aquellos que, oyendo el evangelio, gustando las cosas venideras y disfrutando del Espíritu de Dios (a través de los creyentes que sí poseen dicho Espíritu) son desobedientes a la palabra, parecen haber sido destinados a profesar una doctrina que no creen a ciencia cierta. Ellos son los que serán echados fuera, ellos son aquellos a quienes se les dirá: nunca os conocí, son los que apostatarán de la fe externa que poseen, son los lobos disfrazados de corderos, son los ministros de satanás que visten como ángeles de luz, son la cizaña que crece junto al trigo.

En la iglesia de Corinto había un hermano que andaba en un pecado descomunal. Pablo ordena a la iglesia que lo entreguen a Satanás, a fin de que su carne muriese, a fin de que su espíritu sea rescatado al final de los días. En la Segunda Carta a los Corintios, Pablo recomienda que reincorporen al tal hermano, para que no sufriera más la separación. Aquel hombre había sido rescatado. Observamos que Pablo sabía que, pese al pecado terrible de aquella persona, él seguía siendo un hermano, que por andar caído avergonzaba a la iglesia de Cristo, pero que sería salvado en el día final. De hecho, lo fue, incluso fue asimilado por la iglesia en tiempo récord.

Pablo también escribió en relación a los que edifican sobre el fundamento de Cristo con materiales innobles como: heno, hojarasca, madera y paja. Estos son los creyentes que no se edifican a sí mismos, que andan en liviandades, cuya obra será pasada por fuego y será quemada, sin que tengan nada que pueda ser de provecho. De ellos, el apóstol dijo que serían salvos como de un incendio. Los contrasta con los hermanos que sí edificaron sobre oro, piedras preciosas y demás materiales nobles. La razón de que ambos grupos de hermanos entran en el gozo de su Señor es porque edificaron sobre el mismo fundamento: Jesucristo.

Muy importante resulta la doctrina de Cristo, la única que asegura que no nos perderemos jamás, y que no visitaremos el infierno de fuego. El fundamento del evangelio es Jesucristo, su persona y su obra. Hay quienes hacen honor a su persona, diciendo que es el Hijo de Dios, que es el Cordero sin mancha, que fue castigado injustamente por hombres impíos, que sin tener pecado fue hecho pecado. Pero cuando se trata de la obra de Cristo, sostienen que Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción, incluso por aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo.

De esta forma ignoran voluntariamente la obra culminada del Señor en la cruz, lo que incluye el propósito de su muerte. Ellos deberían releer las Escrituras, especialmente aquellos textos que refieren en forma específica al Señor que daría su vida en rescate por muchos, ya que por su conocimiento salvaría el siervo justo a muchos, que nadie puede ir a él si no es enviado por el Padre, que la fe no es de todos, sino que ella es un regalo de Dios. Por igual deberían leer a Mateo 1:21 que señala que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados. Ese Jesús, que salva a su pueblo de sus pecados, no salva al mundo de sus pecados, en especial al mundo por el cual no rogó la noche previa a su expiación (Juan 17:9).

Jesucristo dijo que de los que el Padre le había dado no se había perdido ni uno solo, excepto el hijo de perdición. La razón de aquella pérdida no obedecía a la terquedad de Judas ni a un error del Padre, sino al hecho de que se había escrito de esa manera en la Biblia. El impío es llamado por igual al arrepentimiento y a creer en el evangelio. Sin embargo, Esaú no pudo arrepentirse con el arrepentimiento que da Dios, no pudo creer como lo hizo su hermano Jacob, porque fue reprobado por Dios desde la eternidad. ¿Por qué, entonces el llamado? La misma pregunta puede hacerse respecto a Cristo como la luz del mundo. Los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas. Esa es la condenación, pero los que amamos la luz lo hacemos porque fuimos amados por el Señor y fuimos elegidos por el Padre. Es la misma inquietud y el igual requerimiento que se hizo el objetor en Romanos 9. Toda la Biblia nos lleva al mismo circuito, al del Dios soberano que se propuso un plan eterno, el cual cumple al detalle sin que falte ni una sola de sus palabras.

No existe ninguna gracia general o común, ya que la predicación del evangelio no es ninguna gracia para los réprobos en cuanto a fe. Usted podría examinar en qué ayudó a Judas Iscariote el haber estado junto al Señor poco más de tres años. Pero la predicación para el impío ya condenado es para que conozca lo que le habrá de venir por sus pecados no perdonados, así como una enseñanza respecto a su naturaleza caída. Eso es desgracia, en la etimología del vocablo. Sin gracia no es posible la redención, por esa razón no existe ninguna gracia común, barata, incapaz de redimir; lo que existe es el justo juicio de Dios por el pecado. Es asunto de la absoluta soberanía de Dios el dar su gracia a quien quiere darla, así como el retenerla de quien quiere retenerla. Esa retención puede llamarse igualmente endurecimiento, reprobación, preterición, predestinación negativa, etc. Pero la gracia no puede llamarse jamás gracia común. Ella es específica, eficaz y particular.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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