Jueves, 12 de marzo de 2020

Cada ser humano nace bajo la condición del pecado heredado de Adán. La cabeza federal de la humanidad se convirtió en un alma muerta por causa de su transgresión. Hubo intentos diferentes a través de los tiempos para satisfacer la necesidad que de Dios el hombre ha tenido, pero ha sido infructuoso el esfuerzo por la reconquista del paraíso perdido. Más bien la Biblia ha sentenciado que cada quien se apartó por su camino de injusticia, que el desastre del pecado hizo que el hombre se olvidara de dar gloria a su Creador, prefiriendo honrar antes a la criatura. Los hombres llegaron a ser necios, exhibiendo su muerte espiritual junto al castigo de la deshonra de sus propios cuerpos. No hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), no hay quien entienda.

Esa carencia ha seguido de cerca a cada ser humano, haciendo que sienta una nostalgia a lo largo de sus días, lo que no es más que el deseo de volver a casa. La imposibilidad de alcanzar su objetivo ha volcado a los seres humanos hacia logros parciales, al entretenimiento y distracción que ofrecen los días, hasta llegar a olvidar por completo que nada le aprovecha si ganare el mundo y perdiere su alma. El recorrido humano tiene múltiples vertientes, con lugares cerrados que implican un retorno en la búsqueda del camino. Pero ciego como está, el destino de los seres humanos no es otro que volver a caer en el mismo hoyo donde se encuentra.

El Dios de la Biblia, en su infinita sabiduría, y de acuerdo a sus planes eternos e inmutables, había ideado este caos desde el principio. Cuando fundaba la tierra y el universo, habiendo puesto orden en el desorden, con el mover de su Espíritu sobre la faz de las aguas, separó la luz de las tinieblas. Después del pecado humano Dios se manifestó como quien completa la carencia humana, por razón de su amor y su deseo de compartirlo con un pueblo escogido. Un complemento admirable nos fue ofrecido, a través de un llamamiento irrevocable otorgado por la gracia de Dios. Por supuesto, esta tarea de llamado a la humanidad corresponde a los que hemos llegado a creer y a recibir la dádiva de Dios frente a la muerte del hombre. Se trata del cumplimiento de nuestro deber como creyentes, así como de la ejecución de parte del plan divino para con la humanidad que anhela un rescate.

La Biblia pregona que el hombre necesita arrepentimiento y fe, cuando en sus líneas leemos la exclamación: arrepentíos y creed en el evangelio. Se nos llama a un cambio de mentalidad respecto a Dios y a nosotros mismos. Dios ya no sería el Ser distante, inalcanzable, moldeable por los sentimientos humanos. Es antes que nada un Ser Soberano, que hace como quiere, pero cuya misericordia es grande e incomparable. Nosotros ya no somos los pequeños soberanos que solíamos creer que éramos, más bien llegamos a reconocer por la vía del arrepentimiento que no somos nada. Nuestra justicia ha venido a manifestarse como trapos de mujer menstruosa, usando una metáfora bíblica. Entre los hombres caídos no hay ni un solo justo, de manera que para poder satisfacer la demanda de la justicia divina nadie manifiesta capacidad.

Nuestra necesidad espiritual sigue estando insatisfecha, pero por los méritos de la gracia divina se ofrece a los que Dios ha querido llamar eficazmente la única salida. Jesucristo es el Hijo de Dios, el que vino al mundo para dar su vida en rescate por muchos. El Dios hecho hombre cumplió con toda la exigencia de la justicia divina, sin tener pecado alguno y haciendo siempre lo que al Padre le agradaba. Por esa razón Dios quiso someterlo al castigo por el pecado de cada uno de los que representó en la cruz. Cristo fue hecho pecado por causa de su pueblo. Su plegaria en el huerto de Getsemaní, la noche antes de su sacrificio en la cruz, fue una exhibición de la voluntad del Padre. Jesús agradeció por los que habían creído, porque ellos eran de Dios y el Padre se los había dado. Agradeció por igual por todos los que creeríamos por la palabra de aquellos creyentes del evangelio. Jesús sabía que había venido a salvar a su pueblo de sus pecados, a poner su vida en rescate por muchos, que vería linaje y que del esfuerzo de su trabajo vería fruto.

Agradecido, oraba al Padre. Sin embargo, como él sabía y sabe todas las cosas, en tanto conoce la voluntad del Padre, no quiso rogar por el mundo. En la misma plegaria de aquella noche aciaga, cuando sufría por lo que le vendría, dijo expresamente que no rogaba por el mundo. Los lectores de la Biblia pueden preguntarse acerca de la razón que tuvo el Dios de amor de dejar el mundo por fuera. Pueden indagar acerca del mundo amado por Dios, de tal manera que le envió a su Hijo para que todo aquel que en él crea no se pierda, sino que tenga vida eterna, y compararlo con el mundo que fue dejado por fuera.

Vemos en el mismo evangelio de Juan, a través de un mismo personaje (Jesús), dos sentidos distintos del vocablo mundo.  El mundo amado por el Padre, de tal manera que le envió a su Hijo para salvarlo, y el mundo no amado por el Padre, de tal forma que el Hijo no rogó por él. Es la imagen dada por Pablo tiempo después, cuando escribiera su Carta a los Romanos. Jacob y Esaú representan estas dos partes de la humanidad: uno amado para vida eterna, mientras el otro es odiado para muerte eterna. Dice la Escritura que Dios quiso glorificarse de esa manera, sin que tuviese obligación alguna de dar cuentas ante la criatura por su decisión eterna. El arrepentimiento que exige la Escritura gira también en torno a lo acá expresado, que debemos cambiar de mentalidad respecto al concepto erróneo que hayamos tenido del Todopoderoso, más aún, debemos cambiar de mentalidad en relación a nuestra prepotencia humana, para no presumir de la potestad de exigencia de pedir cuentas a Dios por lo que hace.

Pese a lo que la Biblia enseña, muchas personas, que se dicen a sí mismas creyentes, suponen que hay injusticia en Dios. Ellos reclaman que Dios es irresistible, de manera que la falta de libertad humana invalidaría la justicia divina. Una falacia se pone de manifiesto en el corazón endurecido, la que sugiere que para que el hombre sea responsable ante Dios debe tener libero arbitrio.  Ha habido un traslado del significado jurídico del concepto de libertad de acción del individuo, para que tenga responsabilidad ante la ley humana. Pero la analogía no es válida por tratarse de contextos muy diferentes. El Dios de la Biblia es soberano absoluto, hace lo que quiere y no tiene quien le reclame por lo que hace. La pretensión de acusar a Dios de injusto es una develación del corazón perverso del hombre. Lo que dijo Jeremías respecto al corazón del hombre caído es muy distinto de lo que dijo Ezequiel respecto al corazón de carne. Este último profeta hablaba del nuevo nacimiento (desde el Antiguo Testamento), en relación a las personas a quienes el Dios de la Biblia les ha dado un espíritu nuevo. No puede un creyente pretender tener todavía el corazón descrito por Jeremías, porque ambos profetas al referir el estado del corazón humano lo mencionan desde perspectivas diferentes.

El creyente peca, pero el Espíritu que le fue dado como arras de su salvación lo lleva al arrepentimiento. David fue un hombre que tenía el Espíritu de Dios, aunque pecó en muchas oportunidades. En una de ellas hizo algo atroz, inimaginable para los hombres de Dios. Cuando el profeta Natán se le presentó para señalarle su error, el hombre que era conforme al corazón de Dios cayó en tierra reconociendo que él era ese hombre que había cometido tal iniquidad. David fue perdonado y, aunque recibió castigo por su mala conducta, siempre fue tenido por hijo del Omnipotente. Él tenía su necesidad satisfecha, habiendo suplido su carencia. El Dios de amor sigue perdonando los pecados de su pueblo, como una muestra de una misericordia infinita, sin que por ello se agrade de nuestro abuso para con su gracia.

La Biblia sigue diciendo que la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús. En el evangelio se lee que a los que recibieron a Jesús, a los que creen en su nombre, les fue dada vida eterna y son llamados hijos de Dios. Ese Jesús también enseñó que no echaría fuera a ninguno que haya sido enviado por el Padre, sino que lo resucitaría en el día postrero. Creer en Jesucristo implica asumir su persona y su obra. No podemos creer en él si rechazamos lo que hizo en la cruz, no podemos asumir su obra si desconocemos quién es él. Por esa razón, entre tantas, Jesús mismo recomendó que escudriñáramos las Escrituras, porque ellas son las que dan testimonio de él. Además, dijo que en esas Escrituras a nosotros nos parecía que estaba la vida eterna.

Si usted valora esa vida que no termina, si siente temor por la muerte eterna, donde el gusano no muere ni el fuego se extingue, le conviene seguir aprendiendo acerca del siervo justo, el cual salvará a muchos por su conocimiento. La carencia del espíritu humano solamente puede ser saciada en la abundante agua de vida que emana de Jesús y su mensaje.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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