Lunes, 09 de marzo de 2020

El pecado que mora en mí es una frase del apóstol Pablo. No es una expresión de Saulo de Tarso, ya que el hombre natural no tiene congoja alguna por lo que hace contra el Dios del cielo. Cuando los incrédulos transgresores de la ley divina sienten remordimiento por lo que hacen, su pesar se produce por la incomodidad y susto del juicio que de la ley humana puede venirles. Claro está, la ley entre los hombres está cada día más relajada, se puede comprar el perdón con dinero y otras prebendas, pero no exige que se tenga remordimiento alguno ante el Creador de los cielos y la tierra.

La verdad de Dios ha abundado, pese a la falsedad del hombre, y creyentes e incrédulos pecan. Sea que seamos vasos de honra o de ira, la gloria de Dios se manifestará en la redención o en el castigo por el pecado. La declaratoria divina acerca de la naturaleza humana es contundente: no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios (Romanos 3:10-11). La humanidad, en general, se apartó de Dios, llegando a ser inútil, sin que uno solo de entre los seres humanos naturales haga lo bueno. Sus gargantas son un sepulcro abierto, con veneno de serpiente debajo de sus labios (Romanos 3: 13). Maldiciones y amargura expelen sus bocas, poseen pies ligeros para correr tras el mal.

En esta sucinta descripción de los impíos no hay lugar para la dignidad espiritual, por lo tanto Pablo no se refiere en este capítulo 3 de su Carta a los Romanos a la iglesia de Cristo. Él hace referencia al hombre caído, el que todavía no ha sido levantado por la mano divina. Estamos ante un claro reflejo del corazón dibujado por Jeremías, perverso más que todas las cosas, incomprensible para la naturaleza humana. En un resumen final de lo que dice el apóstol, leemos que el mundo está bajo juicio ante Dios. Precisamente, algo grande se presenta como conclusión de sus argumentos: La ley trae el conocimiento del pecado, pero por las obras de la ley nadie será justificado (Romanos 3:20).

Y en una comparación con otro texto del apóstol citado, se refleja su criterio en cuanto a los que andan fuera de Cristo: pero sabiendo que ningún hombre es justificado por las obras de la ley, sino por medio de la fe en Jesucristo, hemos creído nosotros también en Cristo Jesús, para que seamos justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley. Porque por las obras de la ley nadie será justificado (Gálatas 2:16). Por lo ya dicho, Saulo de Tarso no fue justificado en ningún momento, en tanto seguía le ley y andaba lejos del referente de la ley que era el Mesías que ya había venido. Porque lo que se exigía por sacrificio en la época de la ley, era una sombra del sacrificio de Cristo que haría en la cruz, pero no era en sí mismo sino un tipo de lo que vendría. Saulo de Tarso era un ignorante de la justicia de Dios, por lo tanto andaba irredento por el mundo (Romanos 10:1-4).

Así que cuando Pablo escribía el capítulo 7 de su Carta a los Romanos, al decir que el pecado que moraba en él lo llevaba a hacer lo que no quería, estaba hablando como el apóstol redimido, alejado de las obras de la ley que no salvaba a nadie. No era Saulo el que hablaba en ese capítulo, como algunos puritanos contemporáneos pretenden, como si se asustaran de que un creyente pudiera decir que hacemos cosas malas por causa de la ley del pecado que mora en nosotros. Repetimos, si fuese Saulo el referente del capítulo 7, no hubiese tenido aquella exclamación final al dar gracias a Dios por Jesucristo, el que lo habría de liberar de ese cuerpo de muerte. Saulo jamás apeló a Jesucristo, sino que lo perseguía a través de la persecución a su iglesia.

Pablo dijo que el creyente estaba justificado por medio de la fe, por lo cual tenía paz para con Dios. Pero si la salvación es por gracia, ya no es a base de obras, de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra (Romanos 11:6). El que procura ser justificado por medio de las obras de la ley, es como quien se desliga de Cristo y cae de la gracia. Cualquier obra que pretenda ser añadida a la obra de Cristo es computada como una falta de reconocimiento a la justicia de Dios, la cual es Cristo. Dios envió la ley al mundo (a través de los israelitas), para que el hombre conociera la gravedad de sus pecados. Incluso, en aquellos que no conocieron la ley de Moisés, existía (y aún existe) la ley moral de Dios en sus corazones. El Dios invisible se dio a conocer por medio de sus obras visibles, así que nadie tiene excusa para no darle la gloria que se merece como Creador de todo cuanto existe.

Abraham, nuestro padre según la carne, no fue justificado por las obras, por lo cual no tiene nada de qué jactarse para con Dios. Abraham creyó a Dios, y esa creencia le fue contada por justicia. Pablo añade un argumento a favor de no trabajar con la intención de añadir al trabajo de Jesucristo: al que no trabaja, sino que cree en aquel que justifica al impío, su fe se le cuenta como justicia (Romanos 4:5). Gran bendición existe en aquellos cuyas iniquidades han sido perdonadas, cuyos pecados han sido cubiertos. Y esa tarea la hizo Jesucristo en el Calvario, cuando derramó su vida en rescate por muchos (por todos los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras -por ejemplo, léase Mateo 1:21).

En este momento cada persona que se dice creyente deberá pensar si su fe se afianza tanto en la obra de Cristo como en su propia conducta. De ser así, está sumando al trabajo de la cruz su propia labor. Si usted cree que Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción, entonces usted cree en una expiación universal. De ser así, todo el mundo, sin excepción, es salvo. Tal vez usted se excuse al afirmar que la muerte de Cristo fue suficiente para todo el mundo, sin excepción, pero que depende de cada quien el aceptarla. Si lo piensa bien, usted está hablando de un esfuerzo inútil por parte del Cordero de Dios, ya que muchas personas por las cuales fue derramada esa sangre yacen en el infierno, de manera que esa sangre y ese trabajo les fueron insuficientes. Además, ese argumento conlleva la falacia de un Dios que cobra dos veces por el mismo pecado: 1) le cobró a Jesucristo al cargar nuestros pecados; 2) le cobra al pecador al cargarle otra vez aquellos pecados que Jesús llevó.

Por otro lado, quienes basan su fe en la expiación universal, tienen de qué gloriarse: 1) un día ellos fueron más inteligentes que los que no aceptaron una dádiva tan grande; 2) tienen una garantía para el juicio final, cuando presentarán sus obras ante Dios, diciéndole hicimos esto y aquello, en tu nombre echamos fuera demonios, asistimos a la iglesia cada domingo, etc.; 3) acumulan cantidad de pruebas en relación a lo que hacen (fecha en que se convirtieron, predicador que los persuadió, momento en que inscribieron sus nombres en el libro de la vida, diezmos y ofrendas que dan a la congregación, moral elevada junto a buenas costumbres, etc.), con lo cual disimulan el susto que les da la dureza de la palabra divina.

Asimismo, los defensores de la expiación universal tienen un cúmulo de blasfemias que se unen a sus obras muertas: 1) la sangre de Cristo puede ser pisoteada en los que se pierden (pese a que ya Cristo pagó por ellos en la cruz);  2) lo que Jesucristo enseñó es despreciado y tratado como mentira, al hacer una exégesis con interpretación privada. Su desprecio por la doctrina de Cristo la pretenden esconder en su amor a ese Cristo, como si separaran el corazón de la mente, como si pudiésemos ignorar la obra de Jesucristo y amarlo al mismo tiempo.

Esta gente que asegura que Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción, nos dice que Dios amó a todo el mundo y les envió a su Hijo para que sean salvos, contraviniendo lo que Jesús dijo la noche antes de su muerte: que no rogaba por el mundo. El que se haya escrito que Dios amó al mundo, de acuerdo a Juan 3:16, hace referencia a la conversación que Jesús tenía con Nicodemo, cuando le explicaba el amor de Dios por los gentiles -y por todo su pueblo, que incluía judíos y gentiles. Las gentes o los gentiles fueron considerados el mundo dentro de la mentalidad judía, según Juan 3:16, pero el vocablo mundo no siempre refiere al mismo tipo de personas. Bastaría con mirar a Juan de nuevo, cuando en el capítulo 17 de su evangelio, en el verso 9, escribió que la noche previa al sacrificio del Señor, mientras oraba en el Getsemaní, le decía al Padre que no rogaba por el mundo. Entonces, existen varios tipos de mundo en el contexto bíblico, y acabamos de ver al menos dos contextos en los cuales se incluyen dos conjuntos distintos de personas. Podríamos seguir colocando textos, como aquel que refiere a los fariseos sorprendidos por la gran cantidad de personas que seguían a Jesús: mirad, todo el mundo se va tras él. Sabemos que los fariseos no se iban tras Jesús, ni Pilatos, ni millones de personas de entonces; así que la expresión todo el mundo no incluye a todos sin excepción.

Jesús enseñaba la doctrina del Padre, así que en Juan 6:44 leemos que Jesucristo le decía a un grupo de seguidores que ninguno podía ir a él, a no ser que el Padre lo trajese. Esas personas traídas por el Padre al Hijo no se perderían (no serían echadas fuera) sino que serían resucitadas en el día postrero. En el mismo evangelio de Juan, pero en el capítulo 10, verso 26, leemos que Jesús le dijo a un grupo de judíos que ellos no podían creer en él porque no eran parte de sus ovejas (la condición de oveja precede al hecho de creer). Recordemos que Jesús vino a salvar a sus ovejas, en tanto Buen Pastor, no a los cabritos que serán enviados al lago de fuego.

El absurdo de la expiación universal es tan grande que continúa violando infinidad de textos bíblicos, como a toda la Escritura en general. Por ejemplo, en el libro del Apocalipsis está escrito que Dios ha puesto en los corazones de los moradores de la tierra el dar el poder y dominio a la bestia. Así que ellos dirán: ¿Quién como la bestia? Además, esa bestia será adorada por todos aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo. Se deduce que Jesucristo no murió por ningún réprobo en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. No es sostenible el argumento que dice que Jesús previó quiénes serían los que lo aceptarían. Fijémonos que Pablo escribió, inspirado por el Espíritu Santo, que no depende de quien quiere ni de quien corre, que la obra no cuenta para nada. Así que si Dios hubiese mirado hacia el futuro y hubiese descubierto que alguien sí lo quería, mientras otros lo rechazarían, ocurrirían varios exabruptos en la Biblia: 1) Dios dejaría de ser Omnisciente, ya que tuvo que averiguar algo que no sabía; 2) su conocimiento sobre las cosas no dependería de su voluntad, sino de la voluntad de los corazones humanos; 3) el Espíritu Santo habría mentido cuando al inspirar a Pablo le indicó que Dios amó a Jacob y odió a Esaú aún antes de que fuesen concebidos, aún antes de que hiciesen bien o mal. Dios salvó a Jacob no porque el hijo de Isaac quería o corría, como si hubiese hecho algo bueno, como tampoco odió a Esaú porque hubiese hecho algo malo, sino por su soberana voluntad para el propósito de su propia gloria.

A los que objetan la actitud y la obra de Dios les ha sido dicho que ellos no son nada ni nadie, que son barro en manos del alfarero, que no pueden altercar con Dios, que como las ollas de barro ellos no tienen potestad para preguntarle a Dios cuál es la razón por la que los ha hecho de esa manera. El creyente, en tanto árbol bueno, dará el fruto bueno de la abundancia de su corazón. No lo dará por medio de acciones buenas, como si aquello pudiera redundar en su salvación, más bien, de acuerdo al contexto de lo hablado por Jesús, confesará el verdadero evangelio de la gracia absoluta y detestará el falso evangelio de la expiación universal que permite la gloria humana. En cambio, el no regenerado, en tanto árbol malo, jamás podrá dar un buen fruto, el fruto de la confesión del verdadero evangelio. Él confesará, por fuerza, un fruto malo: de la abundancia de su corazón (atestado con falsa teología y erróneas premisas teológicas emanadas de la interpretación privada de las Escrituras) confesará con su boca que Jesús murió por todos los hombres, sin excepción, en violación a la voluntad del Padre de expiar todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21) y de no rogar por el mundo que no vino a redimir (Juan 17:9).

Pablo reconoció que pecaba, que hacía lo malo que no quería hacer y dejaba de hacer lo bueno que anhelaba hacer. El creyente está expuesto a las vicisitudes de la vida, del pecado que lo tumba en ocasiones, pero jamás asumirá un evangelio diferente. Él sabe que como árbol bueno dará el fruto bueno de la confesión del evangelio de Cristo. De la misma manera, el creyente conoce que jamás blasfemará contra el Espíritu Santo, lo cual no tiene perdón en esta vida ni en la venidera. Hay pecados que no moran en nosotros, si bien no podemos decir que no tenemos pecados por confesar ante el Dios del cielo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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