Domingo, 08 de marzo de 2020

Cuando uno cree que Jesucristo es la justicia de Dios a favor de su pueblo, si uno forma parte de ese conglomerado, reflexiona sobre la estadía en esta tierra. Muchas tribulaciones vienen sobre el que cree, sobre el que es hijo del Señor. Quizás las más abrasadoras son las de la reprensión o azote que el Padre da a quienes somos sus hijos desobedientes. Después llega el solaz de haber sido reprendido por quien nos da el título de hijos y nos nombra coherederos con Cristo.

La interpretación de la Escritura no es cosa superficial, ya que dependemos del conocimiento que tengamos del siervo justo (Jesucristo, su vida y su obra) para poder ser salvos. Sí, Isaías dijo que era ese conocimiento nos salvaría (Por su conocimiento, salvará mi siervo justo a muchos). Pablo lo confirmó: ¿Cómo invocarán a quien no conocen? ¿Cómo conocerán sin haber quien les predique? En fin, hace falta conocer a Jesucristo para poder entrar en el reino de los cielos.

La predestinación para vida eterna no es ajena al conocimiento de Cristo, como se desprende de estos dos textos antes mencionados. Isaías y Pablo en conjunción, pero también toda la Escritura en coordinación con el mismo objetivo. La interpretación, nos recuerda Pedro, no debe hacerse en forma privada, esto es, subjetiva, ajustada a nuestro gusto particular en una suerte de eiségesis. Ella debe ser pública, ya que cada creyente habrá de entender el mismo sentido que el Espíritu nos da a todos por igual, dado que quiso plasmar con sus palabras el mensaje del cielo, a través de los hombres inspirados por Dios al escribir el Libro Sagrado.

Fuera del texto no hay salvación, dice un adagio semiótico. Y es cierto, hemos de tener en cuenta el significado de las palabras, el contexto en el cual aparecen, el sentido gramatical del texto, para comparar con la Escritura misma y ver qué nos dice ella. Hemos sido llamados el pueblo del libro, en alusión al instrumento literario devenido en una red con la cual el Dios del cielo cubre y arrastra a los que son suyos. Como en la pesca milagrosa, así también acontece el milagro de la conversión a través de la Escritura.

La fe viene por el oír la palabra de Dios. Cristo es el autor y consumador de la fe. No es de todos la fe, sino que ella es un regalo de Dios. Entonces, ¿por qué orar por los incrédulos? ¿Por qué no esperar a que Dios les envíe la fe a los que habrán de creer? Oramos porque esa es la voluntad divina, porque es un mecanismo de acción espiritual, porque a través de la oración combatimos a las huestes espirituales de maldad. Oramos porque no tenemos lucha contra carne y sangre, sino contra principados en las regiones celestes. Oramos, porque el Hijo nos dio su ejemplo, ya que siendo Dios mismo encarnado necesitó comunión íntima con el Padre.

Así como oramos, también predicamos. Si la fe viene por el oír la palabra de Dios, nuestra tarea es la de ir por todo el mundo y predicar este evangelio. No debemos rehusar el anunciar todo el consejo de Dios. La vida cristiana tiene mucho sentido cuando sabemos a quién servimos, cuando andamos en amor, cuando habitamos en la doctrina de Cristo. Vivir una vida cristiana teniendo una doctrina diferente a la que enseñó el Señor, podría dar cierta paz al alma, así como el mundo la da. Pero ese camino que parece recto tiene un final de perdición, ya que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene al Padre, no tiene al Hijo, ni tampoco tiene al Espíritu de Dios.

El perdón de pecados no es cosa superflua, tampoco. Si Cristo nos perdonó en la cruz, si fuimos declarados justos, por medio de una sentencia judicial divina (se dice que el acta de los decretos, que nos era contraria, fue clavada en la cruz), estamos limpios. Solo tenemos necesidad de lavarnos los pies, como le dijera el Señor a Pedro. Juan nos recomienda confesar nuestros pecados ante el gran intercesor, Jesucristo, ante el Padre mismo. Sí, él escribió que, si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado…Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:7,9).

El Hijo Jesús es el referente inmediato de la expresión él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados. Entonces, Jesús sigue perdonando pecados aún desde el cielo, ya que, si él dijo en esta tierra que tenía el poder de sanar cuerpos y de perdonar pecados, se entiende que una vez ascendido al cielo le fue dado todo poder y dominio. Por consiguiente, sigue teniendo el mismo atributo de antes, el de perdonar pecados. Claro que es nuestro abogado intercesor ante el Padre, porque cuando el Acusador de los hermanos nos señala él se muestra ante el Padre como quien nos sustituyó en la cruz. La función de perdonar pecados no resta ni impide a la función de intercesor. Esa metáfora del perdón nos da el consuelo de que tanto el Padre como el Hijo, así también el Espíritu, coinciden en mantenernos limpios.

La vida del creyente es fantástica. Estamos acá en esta breve tribulación en la tierra, pero por igual ya estamos sentados en los lugares celestiales. El Cordero de Dios vino a manifestarse en la era apostólica, pero estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo. Ese Cordero que murió hace poco más de 2000 años, también fue inmolado desde la fundación del mundo. No se trata de navegar por un mar de contradicciones conceptuales, sino de comprender la trascendencia de Dios a través del tiempo. Dios no está sometido a las limitaciones temporales, limitaciones a las que sí nos debemos nosotros. El espacio-tiempo nos impide demasiadas cosas, obligándonos a una sintaxis cuyo orden nos favorece en cuanto estamos en esta dimensión. Pero el Dios eterno trasciende el tiempo y, aunque nosotros vivamos acá en la tierra, ya estamos en el cielo.

Es fantástica la vida cristiana por cuanto hay que creer una cadena de milagros narrados en cada libro de las Escrituras. No se trata de que no se nos permita la duda, sino de que nos ha sido dada la fe para creer. Sabemos que existe el Dios Omnipotente, el que sabe también todas las cosas, el que no tiene consejero ni se le increpa por lo que hace. Ese Dios hizo los cielos y la tierra con su palabra, ordenó la luz y ella fue hecha. Es el mismo Dios de Eliseo, quien lanzó un hacha hacia un río y ella flotó sin que fuese impedida por la física. Es el Dios que sana leprosos, que levanta paralíticos, que abre el mar en dos partes. Es el mismo Dios que resucita a su Hijo, de acuerdo a las Escrituras.

Esas maravillas narradas en la Biblia las creemos los creyentes porque nos dan vida, porque nos alimentan el alma, porque no solo de pan hemos de vivir en esta tierra. Justo es reconocer que nos ha sido dada la fe para creer, la fe que trasciende el mundo religioso. Muchos se acostumbran a creer porque practican una religión, tal vez cercana a lo que dice la Biblia. Pero si esa fe nace de nosotros mismos entonces tenemos un grave problema. La fe que agrada a Dios es la que proviene de su autor y consumador, la fe que nos ha sido dada como regalo (Efesios 2:8). Tal vez nos haya sido dada una fe del tamaño de un grano de mostaza, tal vez nuestra medida no es muy grande, pero siempre y cuando provenga de Dios no tenemos problema.

La vida del creyente es una carta abierta ante el mundo. Las palabras de esa carta fueron escritas con sangre, la de Jesucristo en la cruz. El trabajo de Cristo es tan importante como su persona.  Siendo el eterno Hijo de Dios, también se sujetó al Padre para cumplir su tarea. El día de su muerte, poco antes de expirar, exclamó en forma pública:  Consumado es. El trabajo había sido terminado en forma total, de manera que no hay nada que añadir a su obra. ¿Cuál era ese trabajo consumado? De acuerdo a Mateo 1:21, la misión del niño por nacer era salvar a su pueblo de sus pecados. Vemos que Jesús no pretendió jamás salvar a todo el mundo, sin excepción, de todos sus pecados. Él cumplió lo decretado por el Padre, expresado a través de una visión dada a José. Él dijo la noche antes de su crucifixión que no rogaba por el mundo, sino que pedía solamente por los que el Padre le había dado, así como por los que le daría por la palabra de esos primeros discípulos. Dijo que solamente se había perdido uno solo de los que le habían sido dados, el hijo de perdición para que se cumpliera la Escritura.

La vida del creyente es armoniosa, en tanto coordina sus pasos con la doctrina del Padre. Esa doctrina fue la que vino a enseñar el Hijo, de tal forma que vivamos en ella y no le demos la bienvenida a ninguno que no traiga tal doctrina. Por el hecho de vivir en la doctrina de Cristo, sabemos que el Espíritu Santo está testificando ante nuestro espíritu, para decirnos que somos hijos de Dios. Jesús lo dijo: de la abundancia del corazón habla la boca. El árbol bueno no puede dar un mal fruto (confesar un evangelio diferente, una doctrina distinta a la del Hijo), ni el árbol malo puede dar un buen fruto (confesar la doctrina de Cristo). Este es un método probatorio para corroborar si los espíritus son o no son de Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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