Mi?rcoles, 04 de marzo de 2020

Al probar los espíritus uno puede darse cuenta si son o no son de Dios. El que confiesa que Jesús vino en carne, es de Dios. Esta es una clave básica para la indagatoria encomendada, pero no podemos ser superficiales en su análisis. Los demonios creen y tiemblan, aunque son sean de Dios; recordemos que acá en la tierra reconocían a Jesús venido en carne, a quien suplicaban que no los enviara todavía al infierno porque no les había llegado su hora. Bien, eso nos da un punto de partida sólido al argumento de Juan, que no basta con la simple confesión oral, sino que el tema conlleva un trasfondo más denso.

Jesús venido en carne refiere a dos aspectos: 1) a la persona de Cristo, el Mesías; 2) al trabajo realizado en la cruz. Sabemos que si Jesús no hubiese cumplido con el punto 2 no habría logrado su cometido (Mateo 1:21). Pero también conocemos que la resurrección de Jesús, consecuencia de haber muerto en la cruz en tanto Hijo de Dios, valida la persona del Cordero sin mancha que había de venir. Ese es el Cristo preparado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

La razón por la cual hay que probar los espíritus se debe a la multitud de profetas falsos que ha aparecido en el mundo, introduciéndose en las congregaciones de los justos, con el claro intento de pervertir la doctrina del Padre.  La piedra o roca que es Cristo es la misma que los edificadores han desechado, la misma donde tropiezan los que han sido destinados para tal fin. El trabajo consumado de Jesucristo en la cruz, demanda la justicia impartida hacia su pueblo. Hemos sido reconciliados para siempre, traídos a una eterna justicia, así como se nos ha asegurado una salvación gloriosa que no se pierde. Una de las garantías dadas a los que hemos sido llamados eficazmente, ha sido el Espíritu Santo, en tanto arras de nuestra salvación.

No pensemos, ni por un momento, que un creyente pueda ser enviado al infierno de fuego con el Espíritu Santo que lo acompaña. No hay ningún divorcio entre ese Espíritu y el espíritu del creyente redimido, ya que la figura usada en la Escritura es la del injerto. Una confusión de naturalezas, la del Espíritu en nosotros, asegura que el Padre no se enviará a Sí mismo a la condenación eterna. Por esa razón, también Pablo escribió que el creyente sin obras que mostrar será salvo como de un incendio.  La razón de ello estriba en que edificó sobre el fundamento que es la roca sólida, Jesucristo mismo.

Otra forma de probar los espíritus es ver cómo tropiezan con la roca sólida que es Cristo. El que no habita en la doctrina del Señor no tiene ni al Padre, ni al Hijo. De la abundancia del corazón habla la boca, de tal forma que un árbol bueno no puede dar un fruto malo, como tampoco puede un árbol malo dar un buen fruto. La confesión del evangelio es la prueba contundente por medio de la cual conocemos los espíritus. Dime qué evangelio confiesas, mientras yo te diré qué espíritu eres. Al decir que Jesucristo murió por todos, sin excepción, se está contradiciendo con la doctrina del Señor. Las palabras de Jesús son claras, las que nos enseñan que ninguna persona puede ir a él si el Padre no lo trae. Además, Jesús no rogó por el mundo, la noche anterior a su expiación por el pecado. De manera que solamente agradeció por los que el Padre le había dado y le daría por la palabra de los primeros creyentes. Jesús vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21).

Nadie ha podido ser salvo, desde Adán hasta nuestros días, como no lo será tampoco hasta el día final de la humanidad, sino a través de la gracia de Dios. Los sacrificios ordenados por la Ley de Moisés no salvaban a nadie, sino que eran una sombra de lo que había de venir. Pero todos los que sacrificaron los sacerdotes en nombre de una persona o pueblo, si se hacía apuntando al Mesías que vendría –a la Simiente prometida-, cobraba el valor de la redención. Y eso no era sino gracia sola, ya que no era la obra de la ley (la cual ley no salvó a nadie) la que salvaba, sino el objeto de la ley que era apuntar hacia Jesucristo. Habiendo él cumplido toda la ley, como varón perfecto ante Jehová, vino a ser declarado la justicia de Dios para su pueblo. De allí que se llame también nuestra pascua, ya que Dios pasó por alto nuestras transgresiones y nos dio vida eterna en lugar de muerte eterna.

Hay un llamado bíblico a no dejarnos arrastrar por cualquier viento de doctrina (Efesios 4:14), ni por las estratagemas de hombres que engañan, con la astucia de los artificios del error. La única vía para contrarrestar este esfuerzo satánico contra la iglesia de Cristo es seguir la verdad en amor, creciendo en todas las cosas en Jesucristo, la cabeza de la iglesia (Efesios 4:15). Para dejar la infancia cristiana debemos crecer en Cristo, nos recomienda Pablo; dado que Jesucristo vino a enseñar las doctrinas del Padre, hemos de aferrarnos a ellas con amor, sin dejar el primer amor. Hay que transitar del consumo de leche espiritual hacia el consumo de la carne espiritual, hacia la madurez en Cristo, por medio del conocimiento permanente de su verdad. Recordemos también a Isaías, quien afirmó que por el conocimiento que tengamos a Cristo como el siervo justo que salvaría a muchos.

Ese conocimiento es también el de su gracia, ya que si es por gracia no es por obras. Entonces, no se nos pide un conocimiento para llegar a ser salvos, pues eso sería obra; más bien se nos imparte el conocimiento de la vida y obra de Cristo para poder invocarlo. De lo contrario, ¿cómo invocaremos a quien no conocemos? ¿Cómo conoceremos a alguien si no se nos es anunciado? La gracia soberana no niega el conocimiento del Señor de la gracia, como tampoco la predestinación para vida eterna niega la predicación del evangelio. El Dios que predestinó el fin hizo lo mismo con los medios para alcanzarlo.

Pablo nos compara las falsas doctrinas con los vientos, los que, aunque no los vemos los sentimos, aunque a veces nos refresquen pueden en ocasiones convertirse en huracanes. Precisamente, la ignorancia de la doctrina de Cristo nos hace susceptibles a los ventarrones del espíritu del mal, del príncipe de este mundo que envía a sus ministros disfrazados de corderos con doctrinas de demonios. Por este sendero se siembra duda, carencia de escrúpulos, falta de credulidad en la verdad y desprecio por la doctrina sólida del Señor.  Así vemos y oímos a los supuestos creyentes repetir que ellos prefieren amar a Jesús con el corazón que ocuparse de la teología que involucra al intelecto. Esa simpleza de análisis les lleva a suponer que hay una separación entre corazón y mente, como si se olvidaran que Jesús afirmó que de la abundancia del corazón habla la boca. Como si ya no fuese necesario recordar que del corazón salen los malos pensamientos… En fin, se inventan dicotomías para disfrazar la pereza intelectual, porque eso hace al hombre más espiritual. Mientras más ignorancia de la doctrina de Cristo, pareciera que hubiese mayor espacio para la adoración al dios que han concebido.

Pero Jesús fue claro cuando dijo que había venido a enseñar la doctrina de su Padre. Fue claro cuando dijo que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo trajere. Fue claro cuando no rogó por el mundo, sino por los que el Padre le daba. Fue claro cuando dijo que no podían ir a él porque no eran de sus ovejas. Fue muy claro cuando afirmó que él nos había escogido a nosotros y no nosotros a él; cuando aseguró (a través del Espíritu Santo) que le amamos porque él nos amó primero. Asimismo, como autor y consumador de la fe, declaró por medio de los escritores bíblicos que él endurecía a quien quería endurecer, que la salvación no depende de obra alguna, que no depende ni siquiera de que alguien quiera o corra para salvarse. Sus palabras fueron duras de oír, para muchos de los que lo seguían, aunque eran sus discípulos. Pero esas mismas palabras que constituyen su doctrina, las cuales representan parte del conocimiento que hemos de tener del siervo justo, continúan siendo un obstáculo para millones de religiosos que profesando la fe cristiana parecen haberse inventado un Jesús que calza más con su imaginario.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 7:22
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