Viernes, 28 de febrero de 2020

SALVARÁ MI SIERVO JUSTO A MUCHOS (ISAÍAS 53:11)

El conocimiento del Señor salvará a muchos, la ignorancia del Señor no redime ni una sola alma. Lo dicho por Isaías es interpretado por Pablo, cuando dijo que no había posibilidad alguna de invocar a quien no se conoce. No se podía tampoco conocer a quien no se ha anunciado o predicado. Es decir, el apóstol que más habló de la predestinación también se ocupó de los medios por los cuales los elegidos del Padre irán a Él. Sin evangelio no hay redención, pero el elemento central del evangelio es la expiación específica y eficaz de Jesucristo.

La sangre de Cristo nos limpia de todo pecado, pero no ha sido derramada por todo el mundo sin excepción. Hay un remanente, hay una manada pequeña, son los mismos elegidos del Padre, los que le dio al Hijo por el cual rogó en el Getsemaní. El mundo -los no elegidos, los réprobos en cuanto a fe- fue dejado de lado, fue excluido de la oración del Señor y por lo tanto no fue representado en el madero. Los Esaú del mundo, que son los Judas Iscariote, los faraones, los que adoran a la bestia, los que arman trampas de error, caerán en sus propios lazos. El mundo es el principado de Satanás, allí moran sus seguidores, pero también es la plaza donde tenemos que habitar mientras dure nuestra peregrinación.

Cristo es el siervo del Señor, es el recto por naturaleza y por haber llegado a ser la justicia de Dios en virtud de su vida humana. Jesús el Mediador entre Dios y los hombres, deja por fuera cualquier otra mediación. El Padre no acepta la justicia humana, la santería ni la medianería de los religiosos que se interponen como intercesores. Solamente Su Hijo media ante la ira de Dios para apaciguarla con su trabajo en la cruz, una medianería que nos convenía en grado sumo. El autor de la justicia perpetua nos ha descargado de la culpa y del castigo por nuestros pecados, pecados viejos y nuevos, incluso los pecados futuros. El hecho de que Jehová nos haya escogido desde antes de la fundación del mundo implica que nuestros futuros pecados fueron cargados al trabajo de Jesucristo.

Este es el gozo de su pueblo, el perdón de pecados. Dios nos ve justificados por medio de la fe, gracias al trabajo del siervo justo. Una permuta se realizó en la cruz, habiendo tomado Jesús nuestros pecados, para recibir el castigo que merecíamos, y habiéndonos imputado su justicia perfecta. Es un negocio con el que fuimos favorecidos, sin que hayamos hecho algo meritorio de nuestra parte. Si miramos la vida de cualquier creyente no encontraremos una santidad absoluta en esta vida, pero sí que podemos apelar al documento forense de la rectitud. Hemos sido declarados rectos ante Dios, por los méritos de Jesús como nuestra pascua.

El Juez de toda la tierra declaró el acto forense de la rectitud hacia todo su pueblo elegido. Con ese acto ya no tenemos la condenación eterna, por lo cual se nos recomienda no descuidar una salvación tan grande. Recordemos que se ha escrito también que esa redención es de pura gracia, no por obras como para que alguien tenga de qué gloriarse. Si no es por obras, entonces ni levantar la mano en una iglesia, ni dar un paso al frente de una congregación, o el tomar una decisión de aceptar a Cristo, constituyen elementos a nuestro favor. Nada cuenta sino la cruz y la sangre de Jesús, lo cual creemos por la predicación del evangelio. Ese es el conocimiento del que habla Isaías, el evangelio de Cristo y su doctrina como Dios soberano, en tanto Salvador de gracia, que nos viene anunciado en las Escrituras y que se anuncia por toda la tierra.

Se ha dicho que si creemos en Jesucristo somos salvos. Eso es cierto, pero también el Señor ha dicho que no todo el que le diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. Jesús dio de comer a multitudes que lo seguían, hizo milagros prodigiosos ante ellos, les dio palabra de verdad. Ellos se convirtieron en sus discípulos (alumnos) y procuraban estar cerca de él. Pero en una oportunidad les habló de la doctrina de su Padre, de aquella que dice que nadie puede ir a Jesús si el Padre no lo lleva. Entonces, aquellos seguidores religiosos comenzaron a murmurar. Jesús les insistía en que nadie puede ir a él a no ser que el Padre lo lleve. Añadía que todo aquel que fuera enviado por el Padre sería resucitado en el día postrero y no sería echado fuera.

Muy bien, esos argumentos de Jesús exponían parte de la doctrina del Padre acerca de la predestinación y de la reprobación. Predestinado era aquel enviado por el Padre al Hijo, reprobado era el que no enviaba. Así de lógico es ese conocimiento del siervo justo, pero no gustó a la masa numerosa que lo seguía. Cerca de 5.000 personas habían probado de la comida milagrosa de los panes y los peces, pero pese a su aprendizaje rechazaron la doctrina de Jesús. Les había parecido dura de oír. Son muchos los justificados, una gran multitud que no se puede contar a simple vista, pero son llamados la manada pequeña. Y es que el mundo es muy vasto, enorme, en comparación con la iglesia verdadera. Por eso sentimos el odio abrumador, la burla, el escarnio de su gente. Se nos pide pruebas de la existencia de Dios, como si el universo no hablara en tanto obra de sus manos.

Pero el que es llamado por el Espíritu de Dios conoce que en su espíritu recibe el testimonio del Espíritu. Somos hijos de Dios, eso no tenemos que probarlo ante el mundo, nos basta con que el Espíritu testifica ante nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16). Las tentaciones del maligno, nuestras caídas en el pecado, las aflicciones del mundo, nos pudieran asustar como si no fuésemos del Señor. Pero el Espíritu con su testimonio nos confirma, dándonos la seguridad de nuestros deseos por Dios (pese a la carne débil). La fundación de nuestra fe descansa en Cristo y su trabajo, en el Padre y su predestinación y en el Espíritu y su santificación.

El testimonio del Espíritu no es audible sino interno. Los muchos que fuimos ordenados para vida eterna hemos sido justificados de manera forense, por un acto de la justicia divina. Jesucristo cargó con nuestros pecados y se dio a sí mismo como pago. Por eso se habla de los muchos hijos que lleva a la gloria, su trofeo, el fruto de su trabajo. Como no es de todos la fe, no todo el mundo es salvo. La fe, en tanto un don de Dios, es otorgada a los elegidos en el momento de su llamamiento eficaz.

El centro del evangelio es la expiación de Jesús, expuesta una y otra vez en su cuerpo de enseñanzas. Isaías nos refirió al conocimiento del siervo justo, para poder ser salvos. Una y otra vez se anuncia este evangelio y, aunque en muchos agrada, no en todos es bien recibido. Hay quienes lo aceptan bajo la condición de que no le eliminen el libre albedrío -algo que en realidad no tienen. Se molestan al mirar la autonomía divina en materia de salvación y condenación, por eso se retiran dando murmuraciones por causa de la palabra dura de oír. Y es que las cosas espirituales han de ser discernidas espiritualmente. Nadie que tenga el Espíritu de Cristo podrá rechazar algún punto de su doctrina, de manera que los que objetan la soberanía absoluta de Dios objetan al Espíritu de Cristo.

Jesús llevó nuestras iniquidades, por eso nos salvó. Los que se pierden lo hacen porque sus obras no alcanzan ni para un solo pecado. Es por eso que Cristo es la justicia de Dios y vino a ser llamado nuestra pascua. De esa manera somos más que vencedores, al saber que ni la muerte, ni la vida, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna cosa creada, nos podrá separar del amor de Dios en Cristo Jesús. La salvación de nuestras almas es un hecho grande, pero el caminar en el mundo es aflictivo. Pegados a la oración como medio de comunión, el creyente saca fuerzas en el día a día, hasta que ve llegar la respuesta oportuna y pública de la oración secreta.

El conocimiento de ese siervo justo, del cual habló Isaías, conviene profundizarlo. Conocer al Jesús predicado en las Escrituras salva a los elegidos de Dios. Tomemos ánimo y dejemos de objetar las palabras del sagrado libro, no vaya a ser que nos parezcan duras de oír. El creyente sabe que no tiene a donde ir, sino a Jesús el Cristo, el que tiene palabras de vida eterna. Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, para el oportuno socorro.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 21:29
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