Jueves, 27 de febrero de 2020

Cuando uno se acerca a las cartas de Juan, puede valorar el destilar del amor. Como si fuese un vino antiguo que mejora con el tiempo, cada palabra encuentra su acomodo en la necesidad del creyente. Hay de principio a fin, en cada una de sus cartas, una admonición y un aliento para los cristianos de corazón. Todo comienza así: Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos, tocante al Verbo de vida…lo anunciamos también a vosotros (1 Juan 1: 1-3). El testimonio de Juan es valioso en gran medida, ya que convivió con el Señor y fue dejado con vida hasta la vejez, para que nos legara todo ese gran mensaje de amor.

La idea del mensaje es que el creyente no peque, pero si peca puede encontrar el perdón en Jesucristo. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso. Para poder decir que permanecemos en Jesús, debemos andar como él anduvo (capítulo 2 de la Primera Carta). Ese cometido es muy alto, un rasero casi inalcanzable, como aquel otro que nos dice que seamos perfectos, como nuestro Padre que está en los cielos es perfecto. Es difícil la práctica del verdadero cristianismo, pero no es un imposible. Claro está, el mismo apóstol reconoce que el creyente peca, cae, pero se recupera. El creyente es sostenido por la verdad que es Cristo, de manera que se habla de una gran diferencia entre los que son del mundo y los que son de Dios.

Juan nos aconseja a no amar el mundo, porque todo lo que hay en el mundo--los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la soberbia de la vida-- no proviene del Padre sino del mundo (1 Juan 2:16). Nos menciona el apóstol a los anticristos que han salido por el mundo. El vocablo anti-Cristo quiere decir dos cosas: estar contra Cristo y estar en lugar de Cristo. Esta última acepción es de mayor engaño, por lo cual la iglesia hace bien en estar atenta. Pero el apóstol comprende la teología que engloba esa idea expresada, haciéndonos saber que ellos salieron entre nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros. Pero salieron, para que fuera evidente que no todos eran de nosotros (1 Juan 2:19).

El verdadero creyente, para Juan, tiene la unción recibida (que viene del Espíritu de Dios, o que tal vez es el Espíritu de Dios), la cual nos enseña acerca de todas las cosas. Esto nos recuerda a Jesús cuando prometió que vendría otro Consolador quien nos recordaría todas sus palabras enseñadas. Ese Espíritu que mora en los creyentes nos conduce a toda verdad, de manera que nadie que tenga tal Espíritu puede apostatar. Lo que sucede en la iglesia es lo que Juan ya nos dijo, que muchos anticristos se hacen pasar por creyentes, simulan piedad, aunque niegan su eficacia, y con ello engañan a otros ciegos que caerán en el mismo hueco. Hay un amor especial del Padre en hacernos hijos y en llamarnos hijos, razón por la cual el mundo nos ignora. El mundo da hijos para el diablo, para la práctica del pecado; Dios, en cambio, tiene a sus hijos en el mundo y nos guarda del mal.

Un gran consuelo para el creyente lo que afirma Juan: que en caso de que nuestro corazón nos reprenda, mayor es Dios que nuestro corazón, y él conoce todas las cosas (1 Juan 3:20). Magnífico, para que no nos dejemos engañar por una conciencia perturbada, sea la nuestra o la de algunos que merodean la iglesia. Los perturbados son los que no hallan perdón para ciertos pecados, se afligen continuamente y pagan penitencia. Pero los creyentes saben, por la unción que tienen, que cuando existe la reprensión de nuestro corazón existe también alguien mayor que ese corazón: ese es Dios, quien conoce todas las cosas.

El apóstol nos recomienda probar los espíritus, para ver si son de Dios. No seamos ingenuos, ya que hay personas que no son de Dios, aunque nos duela reconocerlo. Acá conviene recordar las palabras de Jesús, cuando refería a lo que confiesa nuestro corazón. Él habló del árbol bueno que no puede dar un fruto malo, y del árbol malo que no puede dar un fruto bueno. De inmediato el Señor concluyó con su célebre frase: de la abundancia del corazón habla la boca. Es decir, el espíritu que no es de Dios (el árbol malo) no podrá confesar el verdadero evangelio, mientras que el espíritu que es de Dios (el árbol bueno) siempre lo confesará (dará buen fruto).

Es por ello que conviene fijarse en la doctrina de cada persona que dice creer. Ella es la que revela el corazón del que pretende hablar en nombre de Cristo. Ahora bien, el apóstol insiste en el amor y menciona el amor entre los hermanos. He allí la clave para la vida cristiana y para el testimonio de que somos hijos de Dios. Pero nos dice algo más, algo que es muy importante en la definición de ese concepto, para que funcionen bien nuestras relaciones: En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor. Porque el temor conlleva castigo, y el que teme no ha sido perfeccionado en el amor (1 Juan 4:18). Si alguien dice amarnos debe tener una absoluta confianza en nosotros, un amor con temor conlleva en sí un tormento. Por esa razón los celos son inadmisibles en la esfera del amor entre las parejas cristianas, por ejemplo.

El capítulo 5 nos deja un regalo frugal para refrescar nuestras almas: ésta es la confianza que tenemos delante de él: que, si pedimos algo conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho (1 Juan 5: 14-15). La guinda de la torta se muestra casi siempre en el exhorto a la oración. Orar sin cesar, es decir, inquirir en la voluntad de Dios para asegurarnos de que siempre nos oiga. Ese es el mecanismo para tener las cosas que le hayamos pedido. La voluntad de Dios es siempre agradable y perfecta, no le tengamos miedo, pidámosla para nuestras vidas.

El mundo entero está bajo el maligno, pero el Hijo de Dios está presente en nosotros y en el mundo (de alguna manera la Ominipresencia de Dios implica ese estatus), y nos hace conocer al verdadero Dios y al verdadero hermano. El creyente debe siempre involucrarse en la doctrina de Cristo porque, aunque le parezca sencillo que si creemos en el Hijo tenemos al Padre, de todas maneras, Juan nos advierte a guardarnos de los ídolos. Ya sabemos la relación entre los ídolos y los demonios, quien sacrifica a un ídolo (incienso, reverencia, lugar en su casa para una estatua o una pintura, sea un vitral o un dibujo) está ofreciendo servicio a los demonios, como lo enseñó Pablo y como lo dijo Juan en su Apocalipsis.

La Segunda Carta de Juan tiene un aporte sustancial en la teología cristiana: Todo el que se extravía y no permanece en la doctrina de Cristo no tiene a Dios. El que permanece en la doctrina, éste tiene al Padre y al Hijo (2 Juan 9).  La persona puede creer que Jesús es el Hijo De Dios, que vino en carne, puede dar indicios de amar externamente a los hermanos, pero si se desvía de la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. Es un impostor, un apóstata, un falso creyente. Uno ve que el simple hecho de confesar a Cristo como Señor y Salvador es un buen indicio de conocimiento divino, pero cuando uno ahonda en los escritos de Juan suele ver una orquesta doctrinal que sin ella resulta imposible ser un verdadero creyente. No en vano Jesús dijo que muchos le dirían en el día final que habían creído en él, pero que él nunca los había conocido.

Se nos prohíbe, recibir en nuestra casa a quienes no traigan la doctrina del Hijo y se pide que no le digamos bienvenidos. Es grave, entonces, convivir con quienes no comparten la misma doctrina de Cristo; es maligno para el creyente acudir a las sinagogas de Satanás donde se profesa otro evangelio, muy a pesar de que allí se haga la alharaca de leer la Biblia, de cantar himnos y de reverenciar a un Cristo con el nombre de Jesús, pero que resulta ser un ídolo a la medida de la teología que se presume asumir. El ídolo no es solo el muñeco dibujado o esculpido, es también la distorsión teológica del verdadero evangelio. La interpretación privada de las Escrituras conlleva a la confección del ídolo que también suele llamarse Jesús. Por eso la vieja admonición de no creer a todo espíritu, sino de probar la doctrina que confiesa, para ver si es de Dios. Los que insisten en dar la bienvenida a esos seres participan de sus malas obras.

Y en la Tercera Carta, Juan nos conmina a no imitar lo que es malo, sino lo que es bueno. Celebra la buena labor del hermano Gayo, a quien desea que prospere en todas las cosas, así como prospera su alma. Lo contrapone a Demetrio, uno que ambiciona ser el primero entre todos, con ambiciones personalísimas, expulsando a muchos de la Iglesia. Ya desde antaño aparecían muchos enviados de Satanás en las congregaciones de los justos, para demostrar que hay cabras en los corrales de las ovejas, perturbando el rebaño como lo hacen los lobos disfrazados de ovejas.

Las tres Cartas de Juan son una exaltación al amor entre los hermanos, que pasa por el amor que le tengamos a Dios y a su Hijo Jesucristo, pero no puede ser a menos que hayamos sido amados primero por el Señor. Hay otros aspectos dignos de estudiar, pero baste ahora como aperitivo para seguir escudriñando los valores más trascendentes de esas epístolas del apóstol del amor.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 16:43
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Publicado por OpositorSAS
Viernes, 28 de febrero de 2020 | 7:56

Me ha encantado.