Jueves, 27 de febrero de 2020

Una frase pronunciada hace siglos nos ilustra el poder de la confianza en el Dios de la Biblia. Cualquiera puede suponer que basta con la fe, sin que su objeto importe mucho; pero se equivocan quienes así piensen, ya que el sostén de la confianza que tenemos es Jesucristo. Otra premisa relacionada dice: No es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), por lo cual nos conviene librarnos de hombres malos por medio de la oración. Y una premisa más se nos une en este tema: la fe es un don de Dios (Efesios 2:8).

La montaña movida por la fe se nos presenta en forma de metáfora. Una metáfora es una figura retórica (o de lenguaje) por medio de la cual una realidad se nos presenta a través de otra realidad o concepto diferente. Pero la metáfora guarda alguna relación con lo que se desea representar. Así, las montañas movidas por la fe son un concepto que presupone un conjunto de problemas, de obstáculos que conviene remover.

Sucede a menudo que el creyente tiene gigantes que lo acechan. Así como David tuvo a Goliat en frente, y lo combatió, nosotros tenemos metáforas de gigantes. En ocasiones son personas que exhiben su exceso de poder en nuestras vidas, o son problemas enquistándose en nuestros corazones. No sabemos cómo lidiar con ello, por lo cual acudimos al Padre que nos recibe en su Santuario para escucharnos. La Biblia nos asegura que Él sabe de antemano cuáles son nuestras necesidades, aún antes de que se pronuncien nuestras palabras. Pero a Él le gusta escuchar de sus hijos cada súplica para aliviar la carga que se pueda llevar.

La respuesta a nuestras oraciones constituye una solución para esos conflictos diarios que tenemos por vivir en el mundo. Al mismo tiempo, esas respuestas nos aumentan nuestra fe, al estar seguros de que fuimos oídos. Hay una promesa que hizo Jesucristo para con sus seguidores, que si entramos a nuestra cámara secreta y hablamos a nuestro Padre en lo secreto, Él nos recompensará en público. ¿Por qué lo secreto? Es verdad que hay oraciones públicas, dadas en las asambleas de creyentes, pero también es cierto que existen oraciones que no deseamos compartir con más nadie, excepto con nuestro Padre. En la cámara secreta exclamamos el Abba Padre, el Padre querido, en forma más íntima y más confiable.

El mundo es el conglomerado de elementos en el que nos movemos en esta historia que nos toca vivir. Hay personas que en su mayoría no conocen el evangelio de Cristo, o que si lo han oído no lo han seguido. En el mundo se nos garantiza la aflicción y el odio, porque el mundo ama lo suyo solamente. El príncipe de este mundo es Satanás, quien tiene su reino y manipula los poderes de la tierra y sus naciones. Por supuesto que Dios lo ha querido de esa manera, quien en definitiva pone y quita reyes, y aún el diablo le está sujeto. Pero en la sabiduría divina ha querido el Señor que padezcamos un poco en estas tribulaciones presentes, para que a través del dolor nos acerquemos con más frecuencia y confianza hacia el trono de la gracia.

Jesús nos enseñó a orar, pero antes que solas palabras nos dio su ejemplo. Se levantaba de mañana y hablaba con su Padre, pasaba noches orando, lo hacía en compañía de sus apóstoles y a menudo oraba solo. Si él era Dios hecho hombre, y necesitó orar tanto, ¿cuánto más no debemos nosotros hablar con nuestro Señor? Unas pocas palabras que salgan de nuestra boca, unos pensamientos que se ordenen en palabras, bastan para echar a rodar piedras en las laderas. Una frase que exclamemos al Señor, una expresión de súplica que alcemos en su nombre, son el inicio de la excavación de la montaña. Pidan, y Dios les dará; busquen, y encontrarán; llamen a la puerta, y se les abrirá. Porque el que pide recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama a la puerta, se le abre (Mateo 7:7-8).

Las palabras de Jesús, recogidas por Mateo, continúan con el exhorto. Jesús se pregunta ¿qué padre habría entre los hombres, a quien si su hijo le pidiere pan le daría una piedra? Es una pregunta retórica, que necesita ser contestada por cada quien, con una simple respuesta lógica: no habría ni un solo padre en esa condición. Continúa el Señor diciendo que tampoco hay nadie que le dé una serpiente a su hijo si le pidiere un pescado. Sería terrible y absurdo encontrar a un padre en esas condiciones. El resumen de sus palabras sigue por esta vía:  Si nosotros, que somos malos por causa de nuestros pecados, sabemos dar buenas cosas a nuestros hijos, ¿cuánto más nuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a quienes se las pidan? (Mateo 7:9-11).

También resulta verdad que no sabemos qué pedir en ciertos momentos. Es el tiempo de pedir sabiduría a Dios, para saber demandar lo que realmente necesitamos. En una relación de pareja el pecado puede hacer estragos en las almas de los enamorados. Tal vez sea el tiempo de la separación ilícita, pero tal vez sea el tiempo de la reconciliación entre hermanos en la fe, entre dos seres que se aman y han tenido tropiezo. ¿Qué pedir, cuando nuestro corazón se mueve con hiel y amargura? Es el tiempo de guardar silencio ante Jehová y de clamar con el alma, para que venga nuestro socorro. Daniel oraba tres veces al día, un signo positivo para un profeta amado por Dios. Elías también oraba y vio cómo la lluvia se mantuvo ausente y cómo se hizo presente.

Mediante la oración aprendemos a conocer el corazón de Dios. El Espíritu nos habla en lo más interno de nuestro ser, nos da a entender nuestros errores y nos ayuda a pedir como conviene. Si en alguna oportunidad se presenta de nuevo la perturbación, ha llegado el momento de clamar otra vez en la cámara secreta. La Biblia nos dice en forma de pregunta: ¿Qué hemos de pedir como conviene? La respuesta es que a veces no lo sabemos, pero el Espíritu nos ayuda a pedir lo que corresponde, porque el Espíritu conoce la mente del Señor e interpreta de él lo que nos es propicio.

Acostumbrémonos a pedir al Padre, estemos de rodillas ante Él para evitar estar de rodillas ante los hombres. Cuánto placer hay en recibir la respuesta pública cuando nosotros hemos clamado en secreto, se trata de una alegría porque incrementa nuestra fe, nuestra confianza en el Dios que nos oye. Pedimos algo que nadie más sabe que hemos pedido, y lo recibimos en forma pública, para alegría de nuestros corazones. Eso nos da más confianza para seguir clamando día y noche, a cada rato, en el autobús o en el tren, en el avión o en barco, en nuestros automóviles, cuando andamos a pie o corriendo. Siempre es propicio orar a Dios, hablar con el Ser que nos ha creado, que tiene propósitos eternos para con sus escogidos.

La Biblia nos asegura que tendremos respuesta, que recibiremos lo que hemos pedido y que hallaremos lo que buscamos.  Si no creemos esas palabras de Jesús es porque no somos creyentes, si las creemos debemos orar para mostrar obediencia. La consecuencia será un torrente de lluvia bendita, de respuestas a nuestras necesidades, de candados abiertos, de puertas que se abren y de montañas que se mueven. Y cuando no sintamos ganas de orar podemos clamar: Señor, ayúdame a orar. Una de las plegarias más cortas narradas en las Escrituras dice así: ¡Maestro, que perecemos! (Mateo 8:25). A pesar de ser tan breve tuvo una respuesta inmediata y eficaz.

La fe mueve montañas y la oración eficaz del justo puede mucho. Si pedimos algo creyendo que lo recibiremos lo tendremos. Esto no es pensamiento positivo de la Nueva Era satánica, es palabra fiel hablada en las Escrituras. Nuestra fe y nuestras palabras van dirigidas a Jesucristo, el autor y consumador de la fe. ¿Qué esperamos para orar? Oremos los unos por los otros, porque el camino todavía es largo y hemos de llegar a la ciudad celestial.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 6:54
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Publicado por Neucrates
Mi?rcoles, 04 de marzo de 2020 | 12:08

Amén... hermoso articulo