Mi?rcoles, 26 de febrero de 2020

De importancia crucial el que aparezca la pascua como parte final de una escena de plagas. En Exodo 4 Jehová le dice a Moisés que haría grandes maravillas delante del Faraón, pero que endurecería el corazón del mandatario egipcio para que no dejase ir todavía a su pueblo Israel de la tierra de Egipto.  Maravillosas resultaron las diez plagas, en un claro despliegue del poder divino frente al que se creía todopoderoso Faraón, regidor de Egipto. De igual admiración resulta el hecho de que el corazón del gobernante del imperio egipcio estuviera en las manos del Señor, para inclinarlo a todo lo que Él quería. La última de las plagas, la matanza de los primogénitos, se vería marcada por la sangre en los dinteles de las puertas de las casas de los israelitas. Era una demostración gráfica y simbólica de la redención del Cordero preparado desde antes de la fundación del mundo.

Allá en Egipto no hubo redención universal, como no la ha habido nunca en la historia de la humanidad. Más bien hubo una redención particular, para un pueblo escogido, de tal forma que la liberación que conseguirían representaría para el pueblo del Señor el perdón eterno. Muchos dirán que de aquella esclavitud huyeron los israelitas que de todos modos sucumbieron en el desierto a causa de sus pecados. Es cierto, pero eso no implica que aquella redención nacional se hubiera perdido. Sabemos bien que el pueblo, en tanto nación, recordaría por siglos esa pascua, como el tipo de algo que acontecería con la venida, vida, muerte y resurrección del Mesías. Dios amaestraba aquellos corazones para una victoria espiritual mucho más importante.

Solo pudieron entrar a la tierra prometida los de la nueva generación de aquellos que divagaron en el desierto, a excepción de unos pocos de los que estuvieron junto a Moisés desde el principio. Lo que importa del relato es el símbolo de libertad, la promesa del refugio en la sangre inmaculada. Cuando Cristo fue sacrificado en la cruz por todos los pecados de su pueblo, esa sangre sí salvó las almas de los elegidos de Dios. De la misma forma, la liberación prometida para el tiempo de Moisés era una liberación de la esclavitud de Egipto, algo que ilustraría el escape del mundo, de sus tinieblas y de su principado. El Hijo de Dios oraba la noche previa a su sacrificio, agradeciendo al Padre por los que le había dado hasta el momento, así como también por los que le daría por la palabra de aquellos primeros creyentes. La soberanía de Dios brilla de principio a fin en el relato del Éxodo, cuando se despliega el poder de Jehová para salvar a sus escogidos y para endurecer y condenar a sus reprobados.

Fue el mismo Jesús quien estando en el Getsemaní pidió al Padre en forma específica por los elegidos. También dijo en forma muy subrayada que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). ¿Qué significa que Jesús no haya querido rogar por el mundo? Simplemente que su expiación no es universal, que no vino a redimir a cada miembro de la raza humana, sino solamente a los que el Padre le dio. De todos los que le dio ninguno se perdió, excepto Judas Iscariote, para que la Escritura se cumpliese. Eso representa un punto más en cuanto a la argumentación de la soberanía divina en materia de salvación. ¿Quién es el disputador de este siglo que quiere alterar con Dios? ¿Continuará diciendo que hay injusticia en Dios, que no puede culpar a Esaú en forma justa si Él mismo lo endureció y lo destinó como réprobo en cuanto a fe?

En la Carta a los Romanos, Pablo nos recuerda el propósito del Señor con el Faraón, un sirviente más en su providencia para publicitar en toda la tierra el nombre de Jehová (Romanos 9:17). El Dios de la Biblia se define como un Dios de amor, pero también como fuego consumidor. Por igual se dice de Él que odia al impío, contra el cual está airado todos los días; se ha escrito que Jehová odió a Esaú -aún antes de haber sido concebido, de haber hecho bien o mal-, con un odio semejante al que le tuvo al Faraón y a la mayoría de los egipcios.

El entendimiento del Faraón fue entenebrecido, convirtiéndose en una verruga, de tal forma que su conciencia quedó adormecida para que el Señor realizara, a través de la torpeza del hombre fuerte de Egipto, el socorro de su pueblo mediante una hazaña que sería recordada por siempre. Pese al mandato divino, a través de Moisés, de dejar ir a su pueblo de la esclavitud de Egipto, el Dios de las Escrituras tenía un plan eterno e inmutable: que no dejara ir a Israel a adorarlo en el desierto. De esa manera introduciría la pascua como elemento fundamental de su evangelio. Ya habíamos leído en el Génesis que Jehová cubrió la desnudez de los hombres con pieles de animales, como un símbolo de lo que vendría siglos más tarde. El sacrificio de animales sería introducido mediante normas de su ley, para educar a su gente, para prepararlos en relación a la venida del Mesías. Y en el Génesis 3:15 se habla claramente de la enemistad entre la simiente de Eva (Jesucristo) y la de la serpiente (Satanás). El mundo (Egipto) sigue las normas de su príncipe, por eso nos odia, ya que si fuésemos del mundo el mundo mismo nos amaría.

Pero ese Dios que endurece también tiene misericordia de quien quiere tenerla (Romanos 9:18).  La multitud incontable de redimidos se llama la manada pequeña. La puerta se hizo estrecha y el camino se hizo angosto, pero el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que le pertenecemos. Ese Espíritu nos guía por ese camino angosto, nos hace entrar por la única puerta que es Cristo, nos recuerda todo lo que el Señor enseñó a través de las Escrituras. La Escritura es la única revelación que tenemos, suficiente para nuestra estadía en esta tierra, necesaria para disipar las tinieblas mientras damos los pasos del día a día.  La Escritura abunda en textos que refieren a Dios gobernando el mundo, haciendo cosas que nos parecen muy pecaminosas (si bien son los hombres los que pecan). Dios hizo que los hermanos de José pecaran en forma específica, para dar vida al remanente que tenía en mente. Dios hizo que los hijos de Elí no escucharan a su padre, para matarlos después (1 Samuel 2:22-25).

Una antigua profecía de Ahías Silonita, dada ante Jeroboam, decía que Jehová había ordenado romper el reino de la mano de Salomón (1 Reyes 11:31). Para cumplir tal profecía, Jehová hizo que Roboam dejara a un lado el buen consejo de los ancianos y se volviera al mal consejo de sus amigos (1 Reyes 12:1-15). El verso 15 es muy elocuente, cuando nos dice que el rey no oyó al pueblo, porque era así la intención de parte de Jehová para cumplir su palabra dada por medio de Ahías Silonita. Fue Dios quien volvió el corazón de los egipcios para que odiasen a su pueblo, para que pensasen mal contra ellos (Salmo 115: 25). Recordemos que el odiar al pueblo de Dios es un pecado terrible, si bien Dios mismo hizo que aquellos corazones odiaran a su pueblo. La crucifixión del Señor viene a nuestro encuentro, como el adorno de lo que deseamos exponer. Cada detalle fue preparado por el Padre Celestial, dictado a sus profetas y cumplido en la historia. Cada acto contra el Mesías era un acto pecaminoso, preparado por el Creador Dios soberano del universo.

Dios endurece los corazones de quienes quiere endurecer, para llevar a cabo sus planes que lo glorifican. Él es glorificado en los vasos de misericordia y en los vasos de ira; en unos se glorifica por medio de su gracia, mientras en los otros se glorifica con su ira y justicia contra el pecado. Vemos a un Dios que ordena el pecado con el propósito de exhibir al Redentor de su pueblo, de darle la gloria correspondiente al Hijo, que ayuda a sus escogidos para que anden en santidad. No vemos a un Dios que permite el mal, como si una fuerza externa y superior a Él se lo exigiera. Es un Dios justo que condena la maldad, que visita a los impíos para darles su paga. Pero es por igual un Dios cuya misericordia se extiende por siempre en quienes Él ha escogido para vida eterna. Por nada debemos estar afanosos, más bien debemos alegrarnos de que a todos aquellos que amamos a Dios -a los que hemos sido llamados conforme a Su propósito- todas las cosas nos ayudan a bien. Si Dios está de parte nuestra, si nos dio a su Hijo como rescate, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? En realidad, somos más que vencedores.

La Pascua, que es Jesucristo, vino para preservar a su pueblo del castigo eterno. Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto su pecado. El mundo se burla de la historia bíblica, de sus héroes, de las hazañas del pueblo de Dios. Nosotros, en cambio, buscamos refugio en las palabras reveladas a los escritores del Antiguo y Nuevo Testamento. Esas cosas allí escritas se colocaron para nuestro beneficio, para que vivamos cada día de ese maná que no perece, el que desciende del cielo. La palabra de Dios se convierte en una lámpara para alumbrar nuestro camino.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:13
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