Lunes, 24 de febrero de 2020

Existe un rechazo generalizado al concepto de la soberanía de Dios. Tal vez se deba al hecho de que, si miramos el acontecer del planeta, a través de los siglos, la conducta humana demuestra que si Dios está detrás de ella sería responsable de todo cuanto acontece. Por tal motivo, los teólogos y la gente común prefieren hablar de un Dios que intenta el bien pero que dejó plena libertad en el hombre para que haga como quisiere. De esta forma, la maldad humana nada tendría que ver con el Creador, el cual sería un Dios sufriente que anhela que todos cambien para que le devuelvan el Paraíso creado y perdido.

Se defiende a Dios diciendo que ya Él hizo su parte, pero que ahora le toca a cada ser humano hacer la suya. En cuanto a los desastres naturales (terremotos, sunamis, ventiscas, huracanes y volcanes), es la Naturaleza la que los genera, como si ella tuviese autonomía e independencia del Creador. El libre albedrío humano camina junto a la libre ley natural del planeta, exculpando a Dios de todo lo malo que pueda acontecer en nuestro entorno. Sin embargo, un vistazo a la Escritura nos educa en cuanto al tema, ya que Dios abría la faz de la tierra para que se tragara a un montón de gente, o dividía las aguas para salvar a su pueblo y destruir a los egipcios cuando las cerraba de nuevo. Ese Dios hacía llover granizo y fuego, ordenaba langostas para destruir plantaciones, enviaba avispas contra el enemigo de Israel, detenía el sol para que Josué ganara la batalla.  Ese Dios caminó sobre las aguas sin hundirse, ascendió al cielo sin problemas con la ley de la gravedad, ordenó al mar aquietarse.

Se lee por igual en las Escrituras que del Señor es el corazón del rey, a todo lo que Jehová quiere que haga lo inclina. Incluso, el Dios de la Biblia ordena a espíritus de mentira para que entren en los profetas y hablen de acuerdo a un plan terrible contra el rey Acab. Nada deja al azar, pues aún una flecha echada a la deriva cayó en el blanco designado por Jehová, generando la muerte del rey oprobioso de Israel que favorecía a los profetas de Baal.

Ah, pero estas cosas molestan al oído inmaduro, al que escucha sin haber sido redimido, a pesar de que tengan horas y días leyendo las Escrituras. Todavía no han entendido que la fe viene por el oír la palabra de Dios, pero que esa fe es un regalo del mismo Dios que no la da a todos. Cristo es el autor y consumador de la fe, de esa fe sin la cual es imposible agradar a Dios. De esta forma estamos ciertos en que ni un pájaro cae a tierra sin la voluntad de nuestro Dios, ya que el Señor de la Biblia está en control de cada evento en su mundo creado. Eso incluye las acciones pecaminosas de los hombres, como se desprende de los detalles planificados por Él mismo para la crucifixión de Su Hijo en favor de su pueblo. Veamos, por ejemplo, un texto que habla de su control en algo terrible que hace el ser humano: Porque Dios ha puesto en sus corazones ejecutar lo que le plugo, y el ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que sean cumplidas las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17).

Uno puede preguntarse cuál sería la consecuencia para la humanidad, si Dios no fuese soberano, si fuese incapaz de cumplir lo que prometió. Nadie sería salvo, si Él dejara a nuestro arbitrio el mantenernos en la santidad, sin la cual nadie le verá. Por esa razón nos preserva para no caer en aquellos pecados que denotan andar perdidos y sin redención: blasfemar contra el Espíritu Santo, confesar otro evangelio, negar que su Hijo vino en carne, etc.   

Así ha dicho Jehová: Si pudiereis invalidar mi pacto con el día y mi pacto con la noche, de tal manera que no haya día ni noche a su tiempo, podrá también invalidarse mi pacto con mi siervo David, para que deje de tener hijo que reine sobre su trono, y mi pacto con los levitas y sacerdotes, mis ministros (Jeremías 33:20-21). El hecho de que Dios ordena todas las cosas nos asegura el destino final de sus elegidos, ya que es capaz de cumplir con aquello que prometió. A Satanás no le es posible arrebatar ni una sola de las ovejas de Cristo, aunque el diablo, siendo criatura, se crea una divinidad.

La doctrina de la soberanía de Dios es el fundamento del evangelio, para asegurarle al creyente que Dios tiene el poder suficiente para mantener sus promesas. Ni la muerte, ni la vida, ni ninguna cosa creada, nos podrán separar del amor de Dios, en Cristo Jesús; ni siquiera nosotros mismos, que somos cosas creadas, de manera que sería inútil imaginar siquiera que el creyente escogido para salvación podrá perderse. El creyente mismo, dice Pablo, sería arrebatado como de un incendio, a pesar de su obra quemada (sin fruto provechoso). La salvación final no depende de buenas obras, como aseguran unos infames reformadores (John Piper, Paul Washer, John Macarthur, etc.). No se trata de que Jesús haya hecho lo imposible en favor de nosotros, pero que ahora nos toca hacer nuestra parte, más bien se trata de reconocer que Jesucristo es el autor y consumador de la fe que nos es dada como regalo, sin la cual nadie podrá agradar a Dios, fe que no es de todos, por cierto.

Así que los que objetan la soberanía de Dios en nombre de la posibilidad de la culpa humana, amparados en el Derecho Universal de la humanidad, están equivocados de paradigma. Según el Derecho nadie puede ser culpable si es compelido por una autoridad superior a hacer lo malo, pero según la Escritura el hombre no es libre y por esa razón debe responsabilidad ante el Creador. Muy a pesar de que la ley moral divina sobrepase el límite de soporte humano, pese a que la naturaleza caída del hombre le impida cumplir el mandato divino, el hombre sigue siendo responsable. La razón de ello descansa en el hecho de que no es libre de su Creador. Si el hombre fuera libre de Dios, no sería responsable ante Él. Pero por no ser libre, por no poseer libre albedrío, le toca asumir la responsabilidad ante la norma moral del Creador. Como el Faraón de Egipto, quien tampoco poseyó libre albedrío, tendrá que cumplir al detalle todo el designio de Dios.

Dios endurece a quien quiere endurecer, como lo hizo con Esaú, a quien odió desde antes de ser concebido. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién tiene la libertad de contradecir a Dios? ¿Habrá alguien creado que pueda ser capaz de hacer lo contrario de lo que se le ha ordenado? Más bien entendemos que la pequeñez humana no tiene competencia ante la grandeza inconmensurable del Dios Todopoderoso. Cualquiera puede argumentar que la gente transgrede la ley divina, por lo cual sí hay quien se le oponga a Dios. Lo que debe preguntarse es si esa transgresión no estuvo ordenada por el Dios mismo, para cumplir sus propósitos eternos. Observe a Judas Iscariote, el cual, viviendo al lado del Señor, escuchando sus prédicas y palabras sabias, disfrutando de sus señales y maravillas, fue capaz de venderlo por treinta piezas de plata. Eso había sido profetizado siglos antes, de manera que tuvo que cumplirse. La profecía ordenada involucraba un pecado ordenado por el Creador y nadie pudo objetarlo. De nuevo la pregunta: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistir a su voluntad?

La criatura no es nadie para objetar a Dios, es una olla de barro en manos del alfarero. El alfarero hace un vaso para honra y otro para deshonra, así que no depende del que quiera ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla y que endurece a quien quiere endurecer.

Todo cuanto acontece obedece a un plan eterno e inmutable del Creador, muy a pesar de que algunos textos bíblicos suenen antropomorfizados. Se antropomorfiza a Dios cuando se le atribuyen características humanas, como que se arrepintió de hacer al hombre, como cuando dice que no quiere la muerte del impío (pero se saca de contexto el texto). De la misma forma se naturaliza a Dios cuando se escribe de Él como si fuera una gallina que junta a sus polluelos, o una roca segura en medio del mar. También se dice que la Biblia es como un martillo, como una espada de dos filos, pero son metáforas que ilustran la naturaleza de lo descrito. Comprendamos de una vez por siempre que ni un pájaro cae a tierra sin la voluntad de nuestro Padre, que los cabellos de nuestras cabezas están contados, que Dios en su providencia cumple su propósito eterno.

Feliz aquel que comprenda la grandeza de la doctrina de la soberanía de Dios, no será perturbado al conocer que el Dios que todo lo hace está en medio de cada evento que acontece. Esa persona comprenderá igualmente la dimensión de aquello dicho por Pablo: que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a Su propósito son llamados.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:49
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