Jueves, 13 de febrero de 2020

No cabría en muchos libros el discurrir sobre las imitaciones del evangelio de Cristo. Tal vez lo mejor sería hablar con la simpleza del mensaje bíblico, para que el lector aprenda la verdad y compare con la mentira. Resulta una gran falsedad la imitación de lo verdadero, bajo el intento de esconder la mentira; igual aparece condenable la apariencia de piedad que niega su eficacia. Existe una gran diferencia entre los que creen el evangelio y los que no lo creen, contrariedad que aparece al confrontar al regenerado con el que aún no ha creído. Los réprobos en cuanto a fe han sido ordenados para tropezar con la piedra que es Cristo, si bien dentro del mundo de incrédulos todavía hay personas que escucharán el evangelio y acudirán gozosos al llamado de libertad.

En realidad, todo creyente ha recibido el llamado para salir de las tinieblas a la luz, ya que no hubiese podido desear, siquiera, al Dios verdadero. La transformación del corazón como imperativo solo se puede obtener por la obra del Espíritu, de acuerdo a lo escrito por Ezequiel en relación al corazón de piedra y al corazón de carne. Dado que la fe viene por el oír la palabra divina, urge su predicación en el mundo. Aunque la renovación del espíritu provenga de lo alto, acá en lo bajo hemos de escuchar el mensaje de salvación. Pero ese mensaje llega gracias a la verdad, nunca envuelto en palabras de error. Dios no envía el evangelio de la mentira para que sus elegidos comiencen por el disparate, más bien ha insistido en que hablemos verdad cada uno de nosotros con nuestro prójimo.

La depravación total de la humanidad sigue como una consecuencia mortal de la caída de Adán. Una humanidad muerta en delitos y pecados se manifiesta impedida para exhibir justicia alguna. Urge un mecanismo de redención externo al hombre, asunto alcanzado de acuerdo al mensaje del evangelio. La buena noticia proclamada alegra el corazón redimido, rescata el alma sedienta de aguas vivas, alcanza a cada elegido del Padre. El redimido llega a conocer por la palabra aprendida que Dios envió a su Hijo a morir por todos los pecados de todo su pueblo. Sabe que su elección no obedece a una virtud prevista, porque nada sano hay en el corazón del hombre caído. El alma convertida reconoce que ha sido una gracia enorme e infinita la que lo ha cubierto, que el Cristo muriera por él en la cruz perdonando todos sus errores.

Llegar a comprender que Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9) suma la bendición del reconocimiento de exclusividad. Dios escogió a un ladrón para redimirlo, pero escogió al otro para condenarlo. En la cruz quedó exhibido el modelo de redención, como respuesta a la oración dicha la noche anterior por Jesús en Getsemaní.  Cuando el creyente valora la enseñanza bíblica respecto a la expiación, comprende que hay muchos evangelios que imitan la verdad. El ropaje con el cual se visten las falsas doctrinas simulan la rectitud, por lo que la puerca lavada vuelve al fango como el perro a su vómito.

El corazón del evangelio se nos muestra impecable, exigiéndonos la no participación con los que no habitan en la doctrina de Cristo. ¿Cómo creer en una expiación universal, cuando el Hijo del Hombre no rogó por el mundo? ¿Negaremos el evangelio solamente por agradar a la humanidad? Poco importa que nos acusen de causar cismas, cuando denunciamos la falsedad de la expiación universal. Jesucristo no murió por cada miembro de la raza humana, no murió por Judas ni por Faraón, no lo hizo por Esaú, ni por los demás réprobos en cuando a fe, jamás lo hizo por los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo. ¿Acaso murió por los moradores de la tierra, cuyos corazones Dios dispuso para que dieran el poder a la bestia y clamasen a gran voz: quién como la bestia?

Por igual denunciamos la mentira de los que hablan de herejías sin herejes, de las falsas doctrinas sin falsarios, como si Dios se agradara en la mentira y exculpara a sus seguidores profesantes de ignorar la verdad. Jesucristo insistió en la verdad, diciéndonos que ella nos haría libres. La vestimenta con palabras bíblicas no anuncia un corazón redimido, más bien el corazón redimido anuncia a voces la doctrina de Jesucristo. De la abundancia del corazón habla la boca, no puede el árbol malo dar un buen fruto, como tampoco puede el árbol bueno asumir la falsa doctrina. Esas palabras claras de Jesús distinguen la verdad de la mentira, el falso evangelio de las verdaderas nuevas de salvación. No se complace Dios en la mentira, por lo tanto, no anunciará el falso evangelio para convertir a sus elegidos.

Las doctrinas heréticas buscan parecerse al evangelio de Cristo, si bien hay religiones en el mundo que se muestran muy distantes del mensaje bíblico. El disfraz preferido con el que el lobo se oculta, la piel de lana que abriga y posee suavidad al tacto, ha engañado a muchos ciegos para hacerlos seguir los pasos de otros ciegos. Aunque no sigamos nunca el engaño de los falsos maestros (Mateo 24:24), percibimos el daño ocasionado en medio del aprisco. Tener que lidiar a menudo con los que se cuelan en las filas de la verdad, implica una batalla continua que agota, aunque también nos ejercita en la defensa del evangelio.  Por lo antes dicho, preferimos la soledad de la manada pequeña antes que la compañía de multitud de cabras.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:20
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