Jueves, 06 de febrero de 2020

El hecho de que Dios nos haya escogido no niega el acto de recibir al Señor. No estamos hablando de alzar la mano en una iglesia, de recitar una oración de fe, de caminar al frente del púlpito, de pedir que se anote nuestro nombre en el libro de la vida. Nos referimos a lo que la Biblia suscribe: que a los que le recibieron les dio potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12). El contexto nos habla en el verso anterior de un Jesús que vino a lo suyo, a lo que le corresponde, a cumplir su tarea (Mateo 1:21), pero el juego de palabras nos permite ver una ironía en la forma de escribir que usa Juan. Los suyos no le recibieron, aunque haya venido a lo suyo. Es decir, Jesús sabía lo que tenía que suceder, por esa razón vino a cumplir la voluntad de quien lo había enviado.

¿En qué consistía su asunto? Lo suyo, su tarea, apuntaba a morir por todos los pecados de su pueblo. A eso vino y ese trabajo lo cumplió a cabalidad: Consumado es, dijo en la cruz. Nadie puede señalar una frustración en el trabajo de Jesucristo, pero el juego de palabras de Juan (su poética) permite resaltar como contraste la tarea del Señor y los que decían que eran suyos (los judíos que habían recibido el testimonio de Moisés). Estos israelitas de turno se jactaban de haber sido el pueblo del pacto, de la ley mosaica, de la relación de sus padres con los profetas antiguos. Ellos presumían que el mundo (los gentiles) no merecía el mismo trato que el Dios de Abraham les había demostrado al pueblo de Israel.

Por otro lado, vemos que Jesús no vino a todo el mundo -lo cual es suyo por derecho de creación. Más bien vino a su propio mundo amado por el Padre, mundo amado de tal manera que lo envió a él como redentor. Acá ha de entenderse el conjunto de elegidos del Padre como el conglomerado de los que son suyos, la encomienda de redención. Él vino a lo suyo y cumplió su tarea, liberando a su pueblo de las tinieblas del error. No hubo fracaso alguno en su propia elección, en lo que el Padre le dio, en que no se haya perdido ninguno -excepto el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Este conjunto de personas escogidas recibe su especial amor, razón suficiente para darnos vida.

Entonces, los suyos del verso 12, los que según la tradición judía presumían una pertenencia por tradición humana, no le recibieron. Y si no recibieron a Jesús no tuvieron nunca la potestad de ser hechos hijos de Dios, pese a la jactancia de considerarse hijos de Abraham. ¿Qué es lo que hace que unos hayan recibido a Jesús y otros lo hayan rechazado? La diferencia entre la aceptación y el rechazo se muestra por la elección. Ha sucedido en parte endurecimiento a Israel, para que los gentiles hayan sido recibidos, pero venida la plenitud de estos últimos Israel entrará en la salvación. Vemos en esa declaratoria bíblica una soberanía absoluta del Creador en materia de redención.

Los viejos milagros que autenticaron a Moisés y a Josué como enviados de Jehová ante el Faraón, y durante la conquista de la tierra prometida, quedaron como una memoria colectiva. El pueblo de Israel vivió siglos pensando en ellos como sustento, pero se habían acostumbrado a resguardarse en ese recuerdo antes que en el Dios de los milagros. Posteriormente, cuando Elías y Eliseo se mostraron como enviados especiales del Señor, hubo milagros extraordinarios que los autenticaron como profetas. Juan relata en su evangelio que el Señor Jesucristo, a pesar de sus milagros y señales, fue rechazado por aquella gente que recordaba los milagros especiales de estos cuatro personajes del Antiguo Testamento.

El milagro autenticaba a los enviados del Señor, pero nunca cambiaba la naturaleza humana. De igual forma, los milagros de Jesús no cambiaron las almas de los diez leprosos sanados, solo sus cuerpos. Ni que el rico se levantara de entre los muertos para ir a su familia serviría para la redención de ninguno. Moisés y los profetas serían necesarios y suficientes, siempre y cuando no se desestimase la doctrina del Señor. De igual forma, los apóstoles realizaron prodigios y señales que servían de autenticación como mensajeros especiales de Dios, pero ello no implicó garantía de redención en los que fueron beneficiarios de esos dones especiales. ¿De qué sirvieron los dones especiales en la iglesia de Corinto, cuando Pablo tuvo que exhortarlos al orden, recriminándoles el mal uso que le daban? ¿Los que Jesús alimentó con los panes y los peces, no se fueron con murmuraciones contra la palabra doctrinal de Jesucristo, aduciendo que era dura de oír? El milagro no redime, no santifica, no hace creyentes. Los Israelitas fueron sacados de Egipto a punta de milagros, pero se volvían de inmediato contra los oráculos de Dios. Adoraron al becerro de oro, se entregaron a la orgía religiosa de sus pasiones vergonzosas, manifestaron que deseaban volver a Egipto. Egipto representa el mundo, de manera que, aunque la palabra se predique y muchos la acepten porque les parece interesante, no toda semilla sembrada dará una planta adecuada que crezca y dé fruto. Solamente la que cae en buena tierra será fecunda.

Sabemos que el Padre es el que prepara esa tierra, ya que el Espíritu da vida de acuerdo a los planes eternos que la divinidad bíblica ha suscrito. El Espíritu vivifica a los mismos que el Señor representó en la cruz, que son los mismos que el Padre le dio y por los cuales Jesús oró (Juan 17). Los que reciben a Jesús tienen vida eterna, pero los que lo reciben por fe. Ya sabemos que la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8) y que la fe no es de todos (2 Tesalonicenses 3:2). Vemos un círculo cerrado: se recibe a Cristo por fe, pero la fe es nuestra como regalo divino. No a todos da Dios fe, como no a todos redime el Hijo, no a todos vivifica el Espíritu.  Por lo tanto, no todo el mundo recibe a Cristo como Hijo de Dios, como redentor, como portador de la doctrina de su Padre. ¿Y qué dice esa doctrina? Ella enseña que ninguno puede ir al Hijo a menos que el Padre lo envíe, que el que no habita en esa doctrina del Hijo no es de Dios (a pesar de que haya profesado recibirlo).

Los que reciben a Cristo tienen la compensación de ser hechos hijos de Dios, como contraste con los hijos del mundo.  La gracia adoptiva nos separa del mundo, con el nuevo pacto de la sangre de Cristo derramada por su pueblo, mientras el Espíritu testifica ante nuestros espíritus de que somos hijos de Dios. Este privilegio de ser declarados hijos de Dios excede a cualquier otro favor en esta tierra. Para poder conocer si tenemos la adopción de hijos, para poder disfrutar del confort de la providencia divina (el que todas las cosas nos ayudan a bien), debemos creer y recibir al Señor.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 16:50
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