Martes, 04 de febrero de 2020

Múltiples factores aparecen en torno a la salvación del creyente. Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes, sin fe es imposible agradar a Dios, sin santidad nadie verá al Señor. No conviene equivocarse al pensar erróneamente que puede existir un impío con humildad, fe y santidad. Entonces, si no existe ninguna persona natural justa en la tierra, ¿cómo podrá también existir un impío con la fe que agrada a Dios y con la santidad que le permita ver al Señor?

Sin lugar a dudas que ante una humanidad muerte en sus delitos y pecados, el reino de los cielos se convierte en una ilusión, una fantasía religiosa, una utopía resumida en la Biblia. Para poder comprender la proposición bíblica de la redención del hombre, urge indagar sobre el tema central de su mensaje. La soberanía de Dios se erige como el centro de su atención, cuando cada palabra gira alrededor del eje central del mensaje. Estamos frente a un Creador que no consultó con el hombre (inexistente) acerca de si quería o no quería nacer en esta historia. Un Dios que por su palabra hace el universo, todo cuanto existe, sin tener consejero ni quien le inquiera acerca de lo que hace. El Dios que está en los cielos ha hecho todo cuanto ha querido, incluso el futuro de cada una de sus criaturas.

El libro de Job ilustra muy bien sobre esta absoluta soberanía. Fue ese Dios del relato bíblico el que le dijo a Satanás que considerara a su siervo Job. Fue Él quien le indicó al enemigo de las almas los límites de la prueba a la que habría de ser sometido Job. El diablo podía tocar a la familia del hombre santo, sus riquezas, su salud, pero nunca disponer de la vida del hombre sometido a prueba. Job reconoce que todo lo que le acontece se debe a lo que el Señor ha querido, pero al mismo tiempo se aferra a la palabra revelada: Yo sé que mi Redentor vive. Job también sabía que el Señor se levantaría de los muertos, así como él mismo sería levantado en el día postrero.

El conocimiento que tengamos acerca del Dios de la Biblia nos reforzará los dones recibidos. El don de la humildad, el de la fe y el de la santidad, ya que, aunque se nos ordena a creer, a ser santos y a alejarnos de la soberbia (antes de la caída viene la altivez), hemos de reconocer que la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8), que el Espíritu nos hace santos (nos separa más y más del mundo) y nos doblega por medio del conocimiento del Altísimo. El arrepentimiento exigido a la humanidad (aunque su mayoría no lo alcance), proviene de la dádiva del Señor (Hechos 5:31), el mismo Dios que concedió a los gentiles el arrepentimiento que conduce a la vida (Hechos 11:18). La metanoia (arrepentimiento) implica un cambio de mentalidad respecto a dos asuntos de alta importancia: 1) en relación a quién es Dios; 2) en relación a cuán pecadores e ínfimos somos nosotros.

Al revisar el conocimiento respecto al Siervo Justo que salvaría a muchos, el ser humano valora por contraste la grandeza divina en comparación con la pequeñez humana. Diametralmente opuestos en calidad y luz, ese acto de arrepentirse no puede generarse en la voluntad muerta del hombre fenecido en sus pecados. El Espíritu de Dios vivifica los corazones que hace nacer de nuevo, para que por medio del arrepentimiento (el cambio de mentalidad) la nueva criatura reconozca la dimensión del verdadero Dios descrito en la Biblia y mida la pequeñez del espíritu humano. Por medio del conocimiento de Jesucristo (el Siervo Justo) el hombre alcanza la salvación eterna, y tiene como modelo al Cordero humilde que no alzó su voz frente a sus escarnecedores. Por medio de la palabra y del Espíritu, el creyente aprende sobre la humildad del Señor: aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mateo 11:29), única vía para anhelar la separación del mundo arrogante y plagado de altivos de espíritu.

El nuevo nacimiento hace la transformación de un pecador sumido en el pecado en un hombre que se separa del mundo. Por algo el Señor dijo que no éramos del mundo sino de Dios, de manera que el mundo nos odia –porque el mundo ama lo suyo. La santidad que se nos exige (sed santos, porque yo soy santo -1 Pedro 1:16) también se nos obsequia, ya que fue Dios quien nos separó del mundo (tuyos eran, y me los diste –Juan 17: 6). Enhorabuena se nos regala aquello que se nos pide, la separación del mundo (de sus atractivos, del deseo de los ojos y de la vanagloria de la vida), la fe, sin la cual no podríamos agradar al Autor y Consumador de la fe, la humildad, obtenida por medio del aprendizaje del que es manso y humilde de corazón, para que Dios no nos oponga resistencia (Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes: Santiago 4:6).

Un paquete completo que implica circunstancias que se conjugan todas para poder caminar por la senda angosta que conduce a la vida eterna. El mundo tiene anchura con pavimento atractivo, pero su final conlleva hacia un camino de muerte, por lo que los que andan a sus anchas se sorprenderán cuando se deslicen por el desfiladero en el que los ha colocado el mismo Dios. Coronados de soberbia (Salmo 73:6), los moradores del mundo logran con creces los antojos de su corazón y hablan con altanería. Asaf, el salmista, al entrar en el Santuario de Dios, reconoce ante Jehová que estos moradores del mundo han sido colocados en deslizaderos, para que Dios mismo los haga caer en asolamientos (Salmo 73: 18-19).

La Biblia nos habla continuamente del Dios soberano, el que ha hecho al malo para el día malo, el que se complace en todo cuanto han hecho Sus manos. Al mismo tiempo, la Escritura confirma que el hombre no es nada, y es menos que nada, habiéndosele escogido destino aún antes de que fuese concebido. A unos amó Jehová y escogió para vida eterna, por lo cual se dice que creó vasos de misericordia, pero a otros odió Jehová, creándolos como vasos de ira. Ese Dios soberano ha de ser temido por fuerza, aunque los arrogantes paseen con su lengua toda la tierra y levanten el puño contra su Creador. Es una suerte el haber sido escogidos para salvación (Efesios 1:11), es de pura gracia el que se nos haya perdonado nuestros pecados. El Siervo Justo tomó en sus hombros el pecado de su pueblo, para sufrir el castigo de la justicia divina. A cambio, nos concedió su justicia y nos declaró santos (separados) para Dios. Por medio de la fe –que es un don de Dios- hemos alcanzado la gracia y la salvación (Efesios 2:8).

El creyente no podrá nunca ensalzarse como si hubiese tenido algo que no le hubiera sido concedido. Si hemos de gloriarnos será en el Señor, pero jamás en que nosotros hayamos hecho algo meritorio en favor de la redención. Aún de las manos de los impíos nos libra el Señor, ya que somos impotentes ante las asechanzas del diablo. La fe requerida para la redención no es de todos (2 Tesalonicenses 3: 2), solamente pertenece a los que Dios les ha dado como regalo el favor de la redención (Efesios 2:8), pero nuestro trabajo en esta tierra exige practicar la vida de certeza y confianza en quien ha creado y consumará nuestra fe.

La gloria que percibimos se nos muestra desde lejos, cuando a diario somos sometidos como ovejas al matadero. Los escarnecedores hacen mofa de nuestras creencias, nos consideran seres inferiores por confiar en un Dios invisible que condena las obras del mundo. Sin embargo, tenemos la oportunidad a diario de llegarnos al Trono de la Gracia para exponer todas nuestras necesidades, de tal forma que obtengamos a cambio la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento. En tal consolación habitamos, con la bandera de la esperanza en la vida eterna que ya empezamos a disfrutar a través del conocimiento del Dios verdadero y de Su Hijo Jesucristo (Juan 17:3). El que hayamos creído forma parte del proyecto divino según su propósito eterno, por lo cual sabemos que Dios nos proveyó los medios necesarios para poder creer. Al mismo tiempo tenemos que reconocer que Dios endurece a quien quiere endurecer, como lo hizo con el Faraón. Él hará que permanezcan en incredulidad del evangelio todos aquellos que fueron destinados a perdición. Hasta la muerte serán incrédulos, todos aquellos que fueron ordenados para tropezar en la piedra que es Jesucristo. La piedra angular desechada por los edificadores, roca de salvación burlada por los religiosos y antirreligiosos de la historia, vino a ser la motivación para la burla, para la distorsión doctrinal, dado que el mundo no soporta la verdad.

La salvación no se obtiene por obras, ni se merece, no vaya a ser que alguien pueda gloriarse. Esa gracia nació para nosotros en una línea temporal que va más atrás del momento de nuestra concepción, línea de tiempo que se ubica incluso antes de la fundación del mundo. Por medio de los vasos de ira, o a través de los vasos de misericordia, Dios continuará glorificándose por la eternidad (Romanos 9). Examinemos los espíritus para ver si son de Dios, cuidémonos de los que traen otro evangelio, de los que no habitan en la doctrina de Cristo, para que no tengamos perturbación de nuestra paz.

César Paredes

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destino.blobcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:30
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