Jueves, 30 de enero de 2020

Todo creyente debería estar reposando en la confianza de lo que significa un trabajo cumplido, al menos en lo que respecta a las palabras de Cristo referentes a su labor ejecutada. En la cruz, como una de sus últimas palabras, el Señor exclamó que había cumplido a perfección su encomienda. Utilizó una palabra que fue recogida en griego, vehículo por el cual el Padre dio a conocer al mundo todo lo que su Hijo dijo e hizo: Tetélestai. Este vocablo ha sido traducido como Acabado es, Perfecto es, Terminado es, entre otras formas. Lo que vino a ser, su propósito en haberse hecho el Verbo encarnado, fue terminado; la razón por la cual se le nombró Jesús, de acuerdo a Mateo 1:21, se exhibió en la cruz, por lo cual su razón o lógica lo llevó a pronunciar el término Tetélestai como el finiquito de su obra en esta tierra.

Su trabajo representa la necesaria consecuencia de la justicia de Dios. Justicia por el pecado castigado, por la exigencia del pago por la infracción humana, para que la satisfacción del Creador dejara en paz a los hombres por sus transgresiones. De la enemistad que hubo, ahora hay concordia, del castigo como amenaza ahora hay confianza por la herencia eterna. El Hijo de Dios tomó todas y cada una de nuestras faltas y las cargó con él, el castigo de nuestra paz fue sobre él; sin haber cometido pecado alguno fue hecho pecado, para que se diese un intercambio por medio de su muerte: nuestro castigo sobre él y su justicia sobre nosotros.

La consecuencia necesaria de este intercambio ha sido la redención absoluta de cada uno de los que el Padre envía hacia el Hijo. No hay posibilidad alguna de que sea incumplida esa sentencia de la cruz: el Tetélestai significa que todo ha sido consumado, que su trabajo perfecto no tiene corrección alguna, que no se le puede añadir ningún esfuerzo humano, que ha sido todo perfecto. Si el Hijo de Dios es verdadero, si nunca miente ni falla, entonces sus palabras son verdad. La redención que hizo por todo su pueblo no puede echarse atrás. Es por esa razón que Pablo escribió que ni la muerte, ni la vida, ni ninguna cosa creada, nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro.

El creyente debe preguntarse como parte de su razonamiento, a partir de la mente de Cristo que le fue dada, si ese trabajo en la cruz involucraba a toda la humanidad, sin excepción. De serlo así, ninguno de los seres humanos se perderá o se ha perdido en absoluto. Pero su razonamiento debe conducirlo por igual al hecho de que no todos han sido alcanzados por la gracia de Dios, ya que hay muchos que se pierden. Un grupo de los que andaban con Jesús le preguntaron si eran pocos los que se salvaban, como un reconocimiento de la incredulidad abundante en esta tierra. Nosotros vemos a diario cómo millones de personas no creen en el trabajo del Hijo de Dios, de manera que pareciera ser (como en efecto es) que su labor expiatoria no alcanzó a todos y a cada uno de los seres humanos.

Al seguir el razonamiento iniciado hemos de llegar a ciertas conclusiones. Muchos se pierden, por no haber sido llevados por el Padre al Hijo, los cuales no serán resucitados para vida eterna en el día postrero, lo cual está en concordancia con abundantes pasajes bíblicos que hablan de los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. De igual forma, si el infierno existe, allí irán todos aquellos que se burlan del Hijo de Dios, los que son incrédulos y desobedientes a la palabra de vida, los cuales son parte del grupo representado por Esaú. El ladrón en la cruz, el que proliferaba palabras contra el Hijo de Dios, no fue al Paraíso con Jesús. En Apocalipsis 13:8, 17:8, se menciona a los que no fueron incluidos desde la fundación del mundo en el libro de la vida del Cordero. Así que también se implica en forma lógica que por ellos no murió Jesús, el Cristo. La razón divina pertenece a la Divinidad, así que el Hijo declaró como parte de la doctrina que enseñaba que no rogaba por el mundo, ya que no vino a morir por ese mundo al cual el Padre no amó (Juan 17:9).

En este punto de quiebre de la teología de Jesús muchos se molestan, al punto de retirarse con murmuraciones por las palabras duras de oír. Ellos prefieren un evangelio romántico, al que se han acostumbrado a escuchar por sus maestros de religión. En ese evangelio falso y contrario a lo que las Escrituras enseña, la expiación fue universal, una posibilidad técnica para cada ser humano, donde el hombre decide en base a la mitológica premisa del libre albedrío. La libertad humana es reclamada como base para la responsabilidad de la humanidad, de otra manera Dios sería injusto al condenar a alguien (Esaú) si no hay la posibilidad de resistencia a sus mandatos.  Se pretende ignorar que Dios Padre imputó a Jesucristo los pecados de su pueblo elegido, al derramar en su Hijo la ira por el pecado humano (2 Corintios 5:17, 1 Pedro 3:18).  La inocencia de Cristo daba cuenta de ser un Cordero sin mancha, de acuerdo a la enseñanza del Antiguo Testamento. La ignorancia en esa parte del trabajo del Hijo, en relación al propósito eterno e inmutable del Padre, conlleva al desconocimiento de la consecuencia necesaria del trabajo de Jesucristo: la imputación de su justicia en los que vino a redimir. Con ello queda al descubierto la mentira de una expiación universal y potencial, donde cada ser humano decide por cuenta propia si acepta o rechaza la oferta divina tan pregonada por los teólogos y predicadores del otro evangelio.

El mensaje central del evangelio lo constituye la sangre del Cordero derramada por el pecado de su pueblo, ya que de acuerdo a la justicia de Dios esa sangre que representa la justicia del Hijo reclama la salvación de cada persona por la cual fue dada. Es decir, el trabajo de Jesús en la cruz fue en tal grado consumado que no cabe ni en un ápice un añadido de nadie. No puede el hombre pretender que por sus buenas obras (su decisión, su paso al frente, su oración repetida, sus buenas acciones, su odio por un pasado de pecado) le sea concedida esa redención. No hay potencialidad en el trabajo de Jesucristo, lo único que hay es actualidad. Cristo vino a salvar y salvó, vino a realizar un trabajo y lo realizó en forma conclusiva. Lo que se pretenda añadir se hace como consecuencia de la interpretación privada de las Escrituras, como señal de perdición de los que así proclaman su falso evangelio.

Por su conocimiento salvaría el siervo justo a muchos, señala la Escritura. Así que, si Dios le fuera a impartir la justicia de Cristo a alguna persona y después lo envía al infierno, sería un Dios injusto al exigir un doble castigo por el pecado. Lo que una vez castigó en el Hijo ahora lo castigaría de nuevo en el pecador enviado a condenación. Y si Dios exige doble castigo por el pecado humano significaría que el Hijo mintió en la cruz, lo cual lo señalaría como indigno de toda confianza. El tetélestai del Hijo de Dios no sería una verdad si uno solo de sus representados se perdiera en esta vida. Los que pregonan el evangelio de la redención potencial del Hijo, donde cada ser humano es salvado en potencia, dejando en cada persona la decisión de aceptar tal oferta y promesa, reclaman por igual la imperfección del trabajo de Cristo. Su teología exige creer que el trabajo de Jesús fue una labor a medias, con la variable de la dependencia en la buena voluntad de los hombres muertos en delitos y pecados, los que no buscan al Dios verdadero, los que odian al verdadero Dios por decir las cosas que se desprenden de sus palabras referentes a la predestinación que no fue hecha en base a las obras buenas o malas de los hombres (Romanos 9:11, Isaías 53:12).

Recordemos siempre que el acto de obediencia de Jesucristo de acuerdo a lo exigido por la ley de Dios, se hizo en favor de un sacrificio que permitiría la justicia impartida a toda la humanidad redimida por el Hijo (Mateo 1:21, Salmo 40:8, Isaías 50:5; 1 Pedro 2:22-23). En la cruz, Jesucristo representó, sustituyó y se sacrificó por su pueblo, llegando a ser maldición por causa de los que representó en el madero. Esta realidad la predicó el Señor en varias oportunidades (Juan capítulos 6 y 10, por ejemplo), pero sus enseñanzas fueron rechazadas por muchos que se consideraban sus discípulos. Los que lo seguían por haber comido de los panes y los peces se espantaron con las palabras del Señor, las que decían que ninguno podía ir a él, a no ser que el Padre lo trajera. La repetición de esta enseñanza una y otra vez, fue razón suficiente para que aquellos religiosos y animados seguidores de Jesús se retiraran murmurando. Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60-61).

Los que murmuran contra la doctrina de Cristo (la misma que la del Padre) son los que levantan el puño contra Dios por la palabra revelada por el Espíritu Santo. Así se desprende del objetor reseñado por Pablo en su Carta a los Romanos (capítulo 9), cuando señalan que Dios sería injusto al condenar a Esaú sin mirar en sus obras buenas o malas. Son los que reclaman el libre albedrío junto a una expiación universal, potencial e inclusiva, que dependa en exclusiva del voto final de los seres humanos. De lo contrario, esta gente sostiene que el Dios de la Biblia sería injusto por hacer que el destino final humano dependa en exclusiva de la voluntad del Padre. No puede Dios reclamar responsabilidad donde no hay libertad, reclaman a gran voz junto a sus teólogos de oficio. Sin embargo, niegan lo que a simple vista es obvio: que por no ser libre el hombre le debe absoluta responsabilidad y cuentas al Dios soberano, el que sí es libre por los siglos de los siglos y hace como quiere. Los hijos de Dios repetimos con Jesucristo: Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, que hayas escondido estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las hayas revelado a los niños. Así, Padre, porque así agradó en tus ojos (Mateo 11: 25-26).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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