Martes, 28 de enero de 2020

Los defensores de la fábula religiosa denominada libre albedrío salen con su bandera exhibiendo textos bíblicos sacados de contexto, para atrapar a los religiosos que están ciegos.  Por medio de los conductores ciegos caminan todos hacia un mismo pozo. Para estos cristianos profesantes, que parecen estar blanqueados por fuera –como los sepulcros-, Dios es parcialmente soberano. Ante un Dios que da permiso pero que no ordena, que concede y no decreta, la humanidad perdida encuentra solaz en su libre voluntad. Ha habido entre sus teólogos quienes han osado afirmar que Dios decretó permitir.

Se permite lo que otro pide, se concede lo que se exige o suplica, pero nunca lo que se ordena o decreta. Dios no puede conceder que el diablo peque, Dios no permitió que el hombre cayera, ya que todo lo ha ordenado desde la eternidad. La única forma en que Dios pudiera haber concedido el permiso para pecar, hubiese sido si no lo hubiera dispuesto de esa forma. Tal vez si el hombre o Satanás (Lucifer) le hubiesen pedido la oportunidad de pecar, hubiésemos visto a un Dios no tan soberano cediendo ante tal petición. Pero el Dios de la Biblia conoce todas las cosas antes de que sucedan, no porque las haya visto en un futuro o porque haya tenido que averiguarlas, sino porque todo lo ha ordenado desde el principio para que acontezca como ha querido.

Es por esa razón que son numerosos los textos de la Escritura que anuncian a un Dios que hace como quiere. Es así que sus profetas aseguran que Jehová ha ordenado todo: de su boca sale lo bueno y lo malo, sin que haya nada terrible o malvado en la ciudad que Jehová no haya hecho. Se ha escrito que Dios amó a Jacob, pero odió a Esaú, aún antes de que hiciesen bien o mal, antes de ser concebidos. Con esa declaratoria vemos que no se trata de un permiso divino otorgado ante una petición de Jacob o de Esaú, ni de una visión futurística de los eventos, sino más bien de un propósito eterno que nació de sus entrañas. En el amor a Jacob no se demuestra ningún permiso divino, como tampoco esto se evidencia del odio a Esaú. Si seguimos la lógica bíblica, o mejor aún, la lógica de los lectores de la Biblia, la pregunta coherente sería ¿por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad?

Digo que es una pregunta lógica de acuerdo al contexto, ya que al mencionarse que Esaú fue odiado antes de hacer lo bueno o lo malo nuestra mente busca el resquicio para indagar más. Cómo fue que Dios pudo hacer tal cosa como odiar, ya que el pobre de Esaú no tuvo oportunidad alguna para enmendar su destino. Esa pregunta se desprende del texto para un lector avezado o para un lector simple, más allá de que haya creído en Cristo o de que esté luchando contra él. La pregunta es lógica, porque se desprende de lo plano del texto. En esas páginas bíblicas se plantea el concepto de la más absoluta soberanía de Dios, frente a la más absoluta inviabilidad humana. Vemos a un Dios que ama a Jacob sin que éste lo merezca, pero también observamos a un Dios que odia a Esaú, sin que se base en sus obras malas o buenas. Por igual, el amor y el odio de Dios dependen de la más férrea voluntad divina. Desde esa perspectiva, el creyente comprende la lógica del objetor bíblico: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? El objetor puede ir más allá de la pregunta simple, para catalogar a Dios como malvado, como un tirano, como alguien peor que un diablo, o alguien meritorio de repugnancia. El creyente, en cambio, descubre la declaratoria más elocuente de la soberanía divina y la impotencia más absoluta del alma humana.

Ambos pueden hacerse la pregunta acerca de la razón por la cual Dios inculpa. Pero ambas personas –el creyente y el impío- no darán la misma respuesta. Mientras el impío culpa a Dios de su propia maldad, sin mostrar deseo de arrepentimiento, el creyente ofrece a Dios alabanza por la transformación de su corazón. Y en ambos seres Dios se exhibe como soberano, como bien lo relata la historia del Faraón y Moisés, o de Judas y los demás apóstoles, o de los adoradores de la bestia, cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, frente a los que Dios amó desde la eternidad (Efesios 1:11). Sin embargo, debemos reconocer un punto a favor del objetor bíblico levantado en Romanos 9. Ese objetor razonaba adecuadamente, ya que comprendió la solución de su entimema, al descubrir cuál era la parte del argumento de Pablo que no había sido explícitamente mencionada: Dios es soberano y hace como quiere (antes que una conclusión parece ser la premisa mayor).

Si Dios es soberano, hace como quiere (eso no lo pone en duda el objetor). Él se molesta porque Esaú no tiene la libertad de su albedrío para oponerse al designio inmutable del Creador, he allí su furia y su protesta. Pero repito, pese a su incomodidad reconoce a Dios como soberano y comprende que el hombre no tiene libertad para oponerse a Dios. Hoy día, hay muchos objetores que hacen fila con aquél de Romanos 9, pero que parecieran haber perdido la brújula de la lógica, dando manotazos a la lámpara que puede darles luz en sus razonamientos. Ahora aparecen diciendo que el texto no dice lo que dice, que Dios no odia, sino que ama menos, que esas líneas refieren a dos pueblos o naciones, que es imposible que Dios haya querido decir lo que allí se dice. Bien, lo que sí es cierto es que aquel viejo objetor parecía estar más centrado en la lógica que los objetores contemporáneos. Los de ahora parecen no comprender la simple lectura como lo hizo el presentado por Pablo.  Muchos predicadores de la fe cristiana se encumbran en sus púlpitos para despreciar la doctrina de Cristo, alegando que sus almas se rebelan contra los que colocan la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios.

No se dan cuenta –como sí lo hizo el viejo objetor- de que fue el Espíritu Santo el que colocó tal sangre del alma de Esaú a los pies del Creador, ya que fue Él quien inspiró a Pablo para que escribiera tal verdad. Vemos que Dios no permitió que Jacob fuera amado, como si por petición de alguien se le hubiera pedido, como tampoco encontramos que Dios se permitió odiar a Esaú. Dios no se permite hacer cosas, ya que eso supondría que estaría comprometido con lo indebido, o que tuviera limitaciones para actuar. Lo que se permite es porque está prohibido, o porque es exigido por otra fuerza igual o superior, o porque la fuerza de las circunstancias lo aconseja. Pero Dios no tuvo consejero, está en los cielos y todo lo que quiso ha hecho. No tiene quien detenga su mano y le diga: Epa, ¿qué haces?  Dios no permite que sus criaturas creen su propio futuro, asunto que enerva a los teólogos del evangelio extraño.

Dios causa los eventos, haciendo que las criaturas lleven a cabo los actos que harán cierto el futuro decretado. Esos actos pueden, sin duda, incluir pecados específicos. La crucifixión del Señor se llevó a cabo con una serie de actos pecaminosos, todos ellos ordenados por el Padre Celestial, dictados a sus profetas para que pudiésemos leerlos. Fueron actos ejecutados por personas que cumplieron cada paso previsto –sin que necesariamente supieran a plenitud lo que hacían. Cabe destacar que la predestinación bíblica de los eventos y de las personas que son actores de ellos actúan con implicación trascendente en sus asuntos. Por ejemplo, importa mucho que la gente crea el evangelio, de manera que no se trata de una predestinación para vida eterna a pesar de no haber escuchado el mensaje de la cruz. No se puede invocar a aquél a quien no se conoce, no se puede conocer si no ha sido anunciado. Hay una cadena lógica que lleva a la vida eterna, pero esa cadena tiene eslabones necesarios e implícitos entre los medios también ordenados para que se cumpla el propósito divino. El que predestinó el fin hizo lo mismo con los medios.

De la misma forma, Esaú fue predestinado para reprobación y tuvo que rechazar la gracia divina, la primogenitura, tuvo que contemplar lo espiritual bajo el rasero de un plato de lentejas. Hay actos de ignorancia, de rechazo, de rebelión, que conducen a la muerte eterna. Todo esto hacen los que han sido destinados como réprobos en cuanto a fe, pero parece ser que ninguno de ellos desea una naturaleza distinta. El impío no desea a Dios, no lo comprende, no quiere ser transformado. Claro está, el impío religioso y cristiano profesante intentará decirnos que sí ama a Dios y que sí ha deseado el cambio de corazón. Pero cuando uno indaga un poco descubre que él desea al dios que ha forjado su alma, una divinidad a su imagen y semejanza, con una teología que se adapta a sus pensamientos, a los cambios culturales, un ídolo que se ha construido.

En resumen, si Cristo murió por un pecador, de seguro Dios hará que ese pecador crea el evangelio; si Cristo no murió por un pecador determinado, Dios hará que ese pecador siga viviendo en incredulidad hasta su último suspiro de vida. Por ambas vías Dios es glorificado, sea por medio de los vasos de misericordia o sea por los vasos de ira. La Biblia nos asegura que Dios endurece (activamente) a quien quiere endurecer (y no lo deja pasivamente en un auto-endurecimiento). Dios es activo en su odio contra el impío, por lo cual ha sido criticado duramente como injusto (Romanos 9). Pero por igual, Dios ama eternamente a sus vasos de honra que preparó para la alabanza de la gloria de su gracia, de manera que a ellos alcanzará a través de la predicación de su evangelio (Todo el consejo de Dios).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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