Lunes, 30 de diciembre de 2019

El fuego todo lo consume, en especial la madera que haya sido su primera combustión. La zarza ardiente que estuvo ante Moisés, no se consumía. El fuego divino no tiene límite, como una señal del Espíritu que arde en los corazones de los escogidos del Padre. Moisés ya había sido rescatado de las aguas, cuando estuvo bajo la persecución del Faraón, pero el Dios que usa a sus enemigos para cumplir sus planes y providencia, utilizó a la hija del Faraón para que tuviera misericordia de aquel niño y lo levantara en los palacios de su padre. De esa manera preparaba a ese hijo escogido desde antes de la fundación del mundo, para que se fuera 40 años más tarde al desierto, perseguido de nuevo por la autoridad faraónica de turno. Después de pastorear las ovejas de su suegro Jetro, el Dios que hace que todo sea posible se le muestra en una zarza que no se consume.

Aquel fuego ardiente era también el símbolo del evangelio que se había anunciado en el Génesis 3:15, la sangre de Cristo que no se agota para perdón de pecados. Más tarde le mostraría Jehová a Moisés todo lo relacionado con la expiación, sus leyes del santuario, el precio por la paga del pecado de su pueblo escogido. No se pagaría una cantidad mayor ni una menor, sino un medio shekel, un precio igual para ricos y pobres. De esa manera mostraba desde tiempos antiguos que la sangre de Cristo sería derramada para redención de pecados, de una forma única e igual para cada miembro del grupo de los elegidos del Padre.

El Dios de la zarza ardiente había librado a Moisés de los peligros de las impetuosas aguas del Nilo, pero también había librado su alma de las trampas de las atracciones pomposas de vivir en palacio. Por esa razón lo llevó al desierto, creando las circunstancias propias de su providencia. Cuando lo creyó conveniente, habiendo Moisés madurado lo suficiente como para reconocer la vanidad de vida que llevaba como príncipe egipcio, la zarza le enseñaba una maravilla jamás vista. Fue así que pudo amar mucho más al Dios de la zarza ardiente antes que al recuerdo de sus parientes pretenciosos que lo habían obligado al exilio. El arca de Dios en forma de canasta salvaba la vida del niño Moisés; de nuevo, como parte de su continua providencia, guarecía su alma al hacerlo huir de Egipto, para que no sucumbiera a la pompa faraónica; y más tarde, cuando le fue ordenado que construyera el Arca de la Alianza, también le mostraba el camino definitivo de salvación. Esta arca representó la presencia de Dios, quien prometió: Allí ciertamente me presentaré a ti, y hablaré contigo desde más arriba de la cubierta (Éxodo 25:22).

El evangelio siguió siendo presentado a lo largo del Antiguo Testamento, como la separación que Dios hacía de su pueblo frente al mundo. Es una distinción de un pueblo especial, de un real sacerdocio, escogido por el puro afecto de la voluntad divina. No que haya en nosotros virtud alguna como para ser vistos aptos para tal reino, más bien fuimos llamados a salir de las prisiones satánicas de oscuridad. Levantados del polvo y del fango, nuestros pies han sido colocados en piedra, en la roca de la eternidad. Se nos ha abrigado bajo el plumaje metafórico de las alas de Dios, atados con cuerdas de amor. De ese refugio ninguno de sus hijos pretende huir, aunque nuestra vieja naturaleza batalle contra las bondades de la providencia divina.

La zarza ardiente fue un símbolo que tuvieron en cuenta todos cuanto leyeron el relato en la antigüedad, fue el incentivo de David frente a Goliat, el estímulo para su discurso ante el filisteo incircunciso que pretendía amedrentar a los ejércitos del Dios viviente. Nunca será nuestra fuerza la invencible, jamás será nuestra táctica de guerra la que asegure la victoria, es antes que nada la llama ardiente del Líder que tiene todo el poder en el cielo y en la tierra. Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo están presentes en la zarza ardiente, como el Ser Supremo que se quiso manifestar entre los hombres.

Jesús venció a todos sus enemigos, en especial a la muerte. Su sostén fue el carácter divino que todo lo puede. Puede interceder por los pecados de su pueblo, pero puede igualmente perdonar cada pecado (toda potestad le fue dada, en el cielo y en la tierra). El Hijo del Hombre tenía potestad para perdonar pecados en la tierra, ¿cuánta más potestad no tendrá ahora que le fue dado todo dominio? Ese Jesús de la zarza ardiente –que es fiel y justo para perdonarnos (1 Juan 1:7 y 9) - prometió estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Recordemos la parábola del sembrador, la pequeña semilla que creció en buena tierra (la preparada por el Padre).  Esa planta crece y es el convertido a Cristo como receptor de la gracia, se hace fuerte y llega a arder como aquella zarza. Hay una promesa a considerar, que Dios no apagará el pábilo que humeare, ni quebrará la caña cascada (Isaías 42:3). Los creyentes nuevos pueden parecer débiles, reconocidos como casi nada entre los hombres, pero no son despreciados en lo más mínimo por el Dios de la providencia. La luz y el calor, por pequeños que sean, despiden humo como una candileja antigua. Son signo de luz en el mundo que muestra sus tinieblas, mientras el mundo intenta apagar esa pequeña llama, pero Dios no la extinguirá como tampoco se extinguía aquella vieja zarza ante Moisés.

Muchos conflictos pueden aparecer en nuestras vidas, sobradas enemistades con la gente de este mundo. El príncipe de las potestades del aire nos odia, pero aún él ha sido creado para el día malo (Proverbios 16:4); aún los réprobos en cuanto a fe, los que nunca habrán de creer, han sido destinados de antemano para que tropiecen con la roca que es Cristo. Este precioso valor es, pues, para vosotros los que creéis; pero para los que no creen, la piedra que desecharon los edificadores es la piedra angular, pero ha venido a ser piedra de tropiezo y roca de escándalo; pues ellos tropiezan porque son desobedientes a la palabra, y para ello estaban también destinados. Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:7-9).

En este texto citado, como en el resto de la Escritura, vemos que la predestinación es la soberana, eterna e inmutable voluntad de Dios, de acuerdo a su propio propósito, por lo cual ordenó en su infinita sabiduría todas las cosas que han sucedido y que han de suceder en el tiempo. Esa predestinación incluye su providencia, ya que el que ordenó el fin hizo lo mismo con los medios. Por lo tanto, ningún ser humano podrá jamás atribuirse a sí mismo la capacidad, o la voluntad, de cambiar siquiera un ápice de las circunstancias y causas de su destino. La sensación de libertad de los seres humanos, la autonomía para su diario discurrir, no es otra cosa que una apariencia de libertad. Cuando elegimos un color para pintar una pared, lo hacemos de acuerdo a lo que nuestros interpretantes culturales exigen. Pero aún los tiempos y las edades son cambiados por Dios, incluso la suerte que tengamos es decisión del Altísimo.

Jehová le mostraba a Moisés su providencia, mediante la zarza ardiente. Fue allí donde el rescatado de las aguas comenzó a aprender en forma objetiva lo que era el Dios de la revelación. Sus ochenta años anteriores también fue el tiempo en que la didáctica divina enseñaba y forjaba como artista al vaso de honra que todavía había de servirle. Un gran ejemplo lo sucedido en aquel monte donde se manifestó Jehová como una zarza ardiente, porque su providencia trabaja aún antes de que hayamos creído. Moisés no sabía mucho del Dios de Israel, cuando vivía como príncipe en las cortes del Faraón, pero ya era un vaso de honra preparado desde antes de la fundación del mundo. Recibió el llamamiento eficaz en el momento en que Dios lo consideró necesario, de manera que sirve de ejemplo para nosotros, para no desanimarnos por las cosas pasadas.

Todo lo que ocurre en nuestras vidas (y aún en las de los impíos) acontece de acuerdo a los planes eternos del Dios inmutable. Pero para los que hemos creído, todo nos ayuda a bien, para los que hemos sido llamados de acuerdo al propósito divino. La zarza ardiendo nos recuerda que el que no escatimó ni a su propio hijo, sino que lo entregó por su pueblo, ¿cómo nos dará con él todas las cosas? Pidamos que se nos dará, busquemos porque hallaremos. Eso le aconteció a Moisés, nos acontecerá a todos los que hemos sido llamados como hijos, ya que el pago por la remisión de pecados es idéntico en cada uno de los que el Padre escogió para tal fin.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:21
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios