Lunes, 09 de diciembre de 2019

¿Sabía usted que el Padrenuestro fue una enseñanza que duró unos 20 segundos? Quizás es el mejor aprendizaje para la práctica de vida cristiana que fuera enseñado por Jesús. Tan solo unos momentos tomó él en educar a sus discípulos en el asunto de orar. A la interrogante planteada, el Señor devolvió una respuesta corta, de menos de un minuto para exponer el contenido de la vida del creyente. Enséñanos a orar, fue la exclamación de los discípulos, y el Señor respondió acerca de la forma y esencia de la oración.

Dios se nos presenta como Padre y no solamente como Dios soberano. Es el Abba Padre que produce el Espíritu en nosotros. No es solamente el Padre de algunos creyentes, sino nuestro Padre, el de cada uno de los que creemos y que nos hermana en la iglesia. Ciertamente, los que no creen no lo reconocen por la vía paternal, pero lo reconocen como el Soberano Dios de quien huyen, a quien niegan, a pesar de que un día tendrán que doblar sus rodillas para rendir cuentas. Nuestro Dios está en los cielos, y su nombre es santificado en nuestras plegarias. Se nos enseña a pedir que el reino de Dios sea establecido en esta tierra. En este mundo de tinieblas que tiene como príncipe a un mentiroso, el reino del Creador y Padre de multitudes debe establecerse. No que haya una lucha entre el bien y el mal, como si Dios batallara contra Satanás para ganar una que otra pelea. Más bien la lucha es nuestra, en nosotros mismos, contra la carne y los deseos de los ojos, contra nuestras concupiscencias. Pablo se reconoce carnal y vendido al pecado, con una ley en sus miembros que en ocasiones prevalece: la ley del pecado. Es por ello que nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra huestes espirituales de maldad que están en los aires.

¿Cómo puede un creyente ser resguardado de esas potestades tan dañinas? A través de la oración diaria hecha a cada instante. El dónde orar no es un problema, ya que si hemos de hacerlo será en cualquier sitio. La Biblia dice que debemos orar siempre, de manera que, si es un deber en todo tiempo, el lugar será donde estemos pasando ese tiempo que implica el siempre. El descanso de nuestro dolor y pesar se logra al exclamar que sea hecha la voluntad de Dios, tanto en el cielo como en la tierra.  No se nos enseña a decretar ni a ordenar cosas, como si moviésemos la mano desganada de Dios, más bien se nos recomienda ser humildes ante su presencia.

Hemos de pedir como conviene, por aquellas necesidades básicas, por el sustento diario que incluye alimento, ropa, educación, progreso, descanso y un gran etcétera. No hablo de progreso social o económico, como si eso fuese una marca distintiva de la bendición divina. Pero tampoco negamos que Dios puede añadir riquezas a quien quiere añadirle, como se ha demostrado en las Escrituras. Pero Jesús, con su ejemplo de vida, demostró que el amor del Padre no se mostraba necesariamente por la abundancia económica.  Más bien me refiero al progreso en la vida de fe, al encaminamiento de la vida en el Espíritu. También nos ha educado el Señor, a través de esta enseñanza, a perdonar a los que nos ofenden. A menudo guardamos rencor a muchas personas, pero el Señor nos ha dicho que pidamos el perdón al Padre, así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden. Él nos dio ejemplo en la cruz, cuando oró por los transgresores.

El perdón es parte esencial de nuestra vida emocional y espiritual.  Nuestro cuerpo sufre el odio que podamos sentir, el rencor que podamos guardar, el recuerdo de la ofensa que un día nos propiciaron. En esto, también, la oración es una terapia para el alma del que cree. En el lugar oculto, donde se cierra la puerta del mundo, allí oramos en secreto ante nuestro Dios. Se ha dicho que el Dios que nos oye en secreto nos recompensará en público. Eso es una maravilla, una prueba incontestable de que estamos andando por buen camino. Como un arma que se devuelve contra nosotros es el odio, pero el perdón proporciona solaz al espíritu, mientras nuestro cuerpo recupera el alivio. Por otro lado, al perdonar hacemos bien al prójimo, así nos haya ofendido antes. De igual forma, el perdón de Dios nos hace sentir más confiados cuando a Él acudimos.

El Señor se muestra soberano en el Padrenuestro. Por esa razón Jesús nos ha dicho que hemos de rogarle al Padre por algo que tal vez sorprenda a muchos. Si recordamos el libro de Job, podemos ver que fue Dios quien le dijo a Satanás que considerara a su siervo Job. Es así que Jesucristo nos hace meditar en el Dios soberano que todo lo hace. Ese Dios que está en los cielos y que ha hecho todo lo que ha querido (Salmo 115:3). Ante ese Dios hemos de pedir que nos libre de la tentación, que no nos meta en ella, que nos libre del maligno y del mal. Acá se reconoce a Satanás como un personaje real que lastima al creyente; él siempre está mintiendo, aunque a veces hable medio verdades. Pero una verdad combinada con una mentira es un signo negativo.

Satanás le dijo a Dios que Job lo amaba porque tenía bienes y muchas riquezas, que era un interesado. Cuando se le dijo que lo probara hasta cierto punto, Satanás embestía a Job haciéndole pensar que Dios lo había abandonado por su propio pecado. Muchos de los amigos de Job no lo ayudaron lo suficiente, antes bien lo incriminaban. Eso no es sino influencia satánica, para sacarlo de quicio. La misma esposa exclamó apesadumbrada: Maldice a Dios y muérete. ¿No es esa la voz del maligno? Ese ser de las tinieblas desea maldecir a Dios y que a él se le rinda pleitesía, como si gracias a él hubiese entrado la sabiduría al mundo. Ese es el Cristo de los masones, es el Lucifer del satanismo, es el Prometeo griego.

Como epílogo de la oración, el creyente ha de reconocer de nuevo al Dios soberano ante el cual ha orado. Es ante el Todopoderoso que ha derramado sus súplicas, sus carencias, sus necesidades. No es ante un Dios timorato, débil, desganado, el cual necesita de un empujón de palabras para que actúe. Es ante el Dios de la Biblia que tiene el reino, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Es decir, es ante el Dios que conoce nuestras necesidades aún antes de que le pidamos, es ante el Dios que nos ha creado sin consultarnos antes, es ante el Dios que nos ha predestinado para que seamos a semejanza de Su Hijo. Un Dios de esa magnitud no tiene nada difícil que le sea imposible de hacer. Lo que es imposible para los hombres, para Dios es posible.

El Salmo 37:4 nos dice que nos deleitemos en Jehová, el cual nos dará los deseos de nuestro corazón. Jesucristo añade que busquemos primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las cosas que necesitemos nos serán añadidas. Él también recomienda pedir y buscar, para poder hallar. Nos anima al motivarnos sobre la caridad del Padre, el que no dará jamás una serpiente al hijo cuando le pidiere pan. Si nosotros, que somos malos, no hacemos tal cosa como dar algo dañino a nuestros hijos, cuánto bien no nos dará el Padre que nos ama tanto. Conviene pensar en la frase que Jesús les dijo un día a sus discípulos: ¿No habéis podido velar conmigo una hora? No se trata de los 60 minutos diarios, sino de la entrega a cada instante y de la conciencia de que hay alguien que nos mira y nos suministra de acuerdo a su providencia. La oración es una actitud y una acción. Pero acción sin actitud presume descuido.

La cámara secreta es un concepto hermoso, un refugio ante las adversidades de la vida. Es el sitio que consiguió el profeta Elías, cuando oraba varias veces al día. Era el secreto de Daniel, el célebre profeta hebreo. Fue también el baluarte de Moisés, de Josué y de Gedeón, el camino seguido por Samuel.  La constancia en la oración se ha comparado a la persistencia de una viuda desamparada que acudía a diario ante un juez injusto. La esperanza del creyente radica en que Dios es justo y dadivoso, y no está reñido con la abundancia con la cual prodiga a los suyos. Cuando trabajamos, nosotros somos los que trabajamos; cuando oramos, Dios es el que trabaja.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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