Viernes, 06 de diciembre de 2019

El vocablo carisma significa regalo, presente. En latín se escribe charisma, pero proviene del término griego χάρισµα, que significa gracia, favor, si bien posteriormente en el Nuevo Testamento tiene el significado de don de la gracia de Dios.  Los cristianos no nos negamos jamás al favor de Dios, pero urge distinguir los dones que el Espíritu da a su Iglesia para su sustento de los que han sido llamados dones especiales. Si uno mira a lo largo de la Escritura, puede encontrar tres grandes momentos históricos que marcaron un hito dentro del conglomerado pueblo de Dios. Nos remontamos a Moisés y a Josué, artífices de la liberación de Israel y de su asentamiento en la tierra prometida. Más tarde, ese Israel se había descarriado en la idolatría, por lo cual Dios les envió dos profetas: Elías y Eliseo. Posteriormente, viene Jesucristo con un grupo de discípulos que él escogió.

En estos tres momentos históricos hay una constante común. Los enviados por Dios son mensajeros especiales, con los atributos de dones especiales. Es decir, ellos debían presentarse con ciertas credenciales ante el pueblo. La prueba que ellos mostraron estuvo constituida por dones especiales, prodigios y milagros. De esa manera, el pueblo no podía dudar ni un momento sobre el carácter de mandatarios que estos mensajeros tenían.  Ante esta prueba bíblica, muchos son los que señalan que Dios siempre ha hecho milagros, que no podemos ponerle un límite a su eterno poder y que aún hoy día sana enfermos y es capaz de resucitar muertos. Bien, no vamos a discutir acerca de la potestad de quien tiene todo el poder de hacer como quiera. Ciertamente, Dios es Todopoderoso y puede levantar muertos de la tumba, puede sanar enfermos y puede hacer señales especiales y maravillas. Sin embargo, la historia de la iglesia o de su pueblo demuestra que en estos tres momentos particulares Él ha mostrado esas maravillas como un testimonio que autentica a las personas enviadas.

Si uno recuerda al profeta Samuel, o a Isaías, así como a tantos otros enviados de Dios ante su pueblo, vemos que hubo manifestación espectacular del poder de Jehová. El ángel del Señor podía asaltar un campamento enemigo y exterminar a miles de soldados. Un rey atemorizado acudía ante un profeta para que intercediera ante Jehová y éste actuaba a su favor. En el reloj de Acaz la sombra descendió diez grados atrás (2 Reyes 20:8-11), como una señal particular. Gedeón pidió una prueba particular con su conocido vellón de lana. Uno podría agregar más hechos especiales que se muestran en el Antiguo Testamento, y ve que el Dios poderoso seguía actuando aparte de Moisés, Josué, Elías y Eliseo.  Pero en todos esos casos mencionados, como en muchos otros que hemos obviado, el portador de la señal es Dios mismo y no su enviado. No era Isaías o Samuel quienes tenían dones especiales para sanar o para matar en secreto a los enemigos de Israel. Era Dios quien actuaba en forma personal por la intercesión hecha por restos hombres de Dios.

Vemos que son dos cosas distintas las acá señaladas, en torno al poder manifiesto del Dios eterno. Cuando hablamos del carisma divino, nos referimos a los dones especiales de la Iglesia o de los hombres de Dios mencionados antes. Fueron tres los momentos especiales en la historia del pueblo de Dios, con señales especiales que autenticaban a los enviados del Padre eterno. Por ejemplo, el más grande de los profetas era Juan el Bautista, y no se recoge ni un solo milagro especial que haya realizado. De manera que no podemos decir que los dones especiales son una constante en el pueblo escogido por Dios, sino que más bien son autenticaciones temporales que ha dado en determinados momentos especiales de la historia de su pueblo.

Pablo tenía el don de sanidad, entre tantos otros dones especiales. Eso lo autenticaba como enviado de Dios, como apóstol de Jesucristo. En una ocasión llegó a sanar a la distancia (Hechos 19: 12), pero al final de su carrera apostólica vemos menguados los dones especiales. A Timoteo le recomienda beber vino en lugar de agua, a causa de su estómago. Los que reclaman dones especiales para el día de hoy deberían preguntarse por qué razón Pablo no le impuso las manos para sanarlo. Pablo hizo grandes milagros de sanidad, pero dejó a Trófimo enfermo en Mileto (2 Timoteo 4:20). Se implica que Pablo no usaba los dones milagrosos en todo momento, porque ya habían menguado; en relación al don de lenguas llegó a decir que él hablaba en lenguas en abundancia, pero prefería hablar dos o tres palabras con entendimiento (1 Corintios 14:18).

Ante lo dicho, queda por resaltar que hemos de tener cuidado con aquellos que reclaman dones especiales para nuestro día. La ignorancia de las Escrituras, de sus contextos y de su letra, puede llevar a un cristiano profesante y sin discernimiento a ver un ángel cuando es un murciélago el que vuela. Si atribuir al diablo las obras del Señor se considera una blasfemia imperdonable contra el Espíritu Santo, también atribuirle al Espíritu de Dios las obras diabólicas puede ser una blasfemia. No podemos invocar al Espíritu de Dios como el autor de las profecías dictadas por el diablo, o por la carne humana, por los dones supuestos de algunos hombres especiales que se levantan en las sinagogas de Satanás, bajo el reclamo de alabanza a su ego y del premio económico de sus fieles. Atribuirle al Espíritu palabras que Él no ha hablado y sanidades que no hechas por Él (ni por nadie), o realizadas por la intercesión ante demonios, es una grande blasfemia.

La llamada iglesia de hoy (la que profesa serlo) está anegada de personas que dicen tener revelaciones especiales del cielo. Son revelaciones que pretenden añadir a la palabra revelada algo que no está autorizado por Dios. Reclaman autoridad divina, mientras proclaman falsas profecías, sueños y visiones que jamás fueron dadas por Dios. Enseñan doctrinas extrañas (de demonios) torciendo la Escritura para perdición de ellos y de quienes los oyen y siguen. Sin ninguna base en la Escritura en aquello que dicen, reclaman para sí mismos la obediencia y el temor de la congregación. Algunos han llegado a decir que Jesucristo no perdona pecados, porque su función es únicamente la de intercesor. Niegan, de esta manera, lo que dice la Primera Carta de Juan, 1:9. ¿Quién es el fiel y justo para perdonar nuestros pecados? Jesucristo el Justo, señalado con el pronombre personal Él, en referencia al Hijo como inmediato aludido en esa carta en el versículo 7. Sería un absurdo afirmar que Jesús tenía poder en esta tierra para perdonar pecados, pero una vez que ascendió a los cielos perdió tal poder. Es más, se obviaría de esta forma el hecho de que él haya dicho, una vez resucitado, que todo dominio le había sido dado tanto en el cielo como en la tierra (Mateo 28:18).

Dios habló anteriormente a través de sus profetas, pero en este tiempo ha querido hablarnos a través del Hijo (Hebreos 1:1-2). Así tenemos terminada su palabra, habiendo venido en su totalidad lo que era en parte. Los traductores del griego del Nuevo Testamento han querido colocar como perfecto lo que es completo, de allí que algunos aseguren que lo perfecto no ha llegado todavía, como si Cristo fuera perfecto y no su palabra. Sin embargo, el vocablo griego significa primeramente algo que ha sido completado y se contrapone en el mismo verso a algo que ha sido dado en parte. Lo opuesto de parte es lo completo, pero han querido traducirlo como lo perfecto y, aunque Jesucristo pueda ser llamado perfecto siempre, lo que se refiere en el texto de Pablo ha de ser llamado lo completo ante lo que es en parte (1 Corintios 13:10-12).

Hoy día muchas personas se sumergen en la tembladera de sus cuerpos, como si el Espíritu de Dios estuviese poseyéndolos. Esa no es la forma bíblica del viejo don de lenguas, algo que ya ha cesado cuando vino lo completo (la Escritura total), es antes que nada una falta de respeto tanto a la palabra de Dios como al Espíritu mismo. Las lenguas estáticas (de éxtasis) son manifestaciones de grupos pentecostales evangélicos, al igual que lo hacen los grupos religiosos carismáticos católicos, así como también las manifiestan los grupos santeros de diversas divinidades paganas. Se han hecho estudios lingüísticos que demuestran idéntica emisión de balbuceo en todos esos grupos. Un creyente no ingenuo deberá preguntarse ¿cómo es que el Espíritu de Dios habla por igual tanto en grupos diabólicos, como en los supuestos grupos de creyentes profesantes?

Después que cesaron las lenguas y demás dones especiales, venida la plenitud de la palabra revelada, la iglesia fue celosa de los grupos que intentaban propagar distintos tipos de herejías. Una de ellas fue el montanismo, cuyo nombre se debe a Montano, un profesante cristiano con una doctrina herética predicada en el siglo II. Se negaba el reingreso a la Iglesia a los que pecaban mortalmente, se rechazaba por igual las segundas nupcias y se exageraba en los ayunos. Este grupo se dedicó a defender la realidad neumática y escatológica, dando inicio a un movimiento reavivamiento. Uno puede notar la similitud con el pentecostalismo iniciado a finales del siglo XIX y afianzado en la primera mitad del siglo XX.

Los montanistas preferían los momentos de éxtasis en los cuales se transportaban a los asuntos proféticos. Anunciaban el fin inminente del mundo, haciendo que sus fieles se reunieran en un lugar determinado para esperar el descenso de la Jerusalén celestial o la venida de Cristo. Algo muy similar a lo que ocurre hoy día con esos movimientos pentecostales, los cuales han permeado la doctrina y la cultura de muchas iglesias que se creían afianzadas en la Biblia y en sus sanas doctrinas.

Montano y sus profetisas anunciaban el final inminente del mundo, ordenando a sus fieles que se reunieran en un lugar determinado para esperar allí el descenso de Cristo. Algunos miembros del montanismo aseguraban que Jesucristo se les había aparecido en forma de mujer, otros aseguraban que eran portadores del Espíritu de Dios quien hablaba a través de ellos en forma directa. Ya no era como en las profecías del Antiguo Testamento, cuando el profeta exclamaba: vino a mí palabra de Jehová diciendo, sino que ahora los montanistas hablaban directamente, como si el Dios mismo hablara a través de ellos sin enviarles palabra alguna.

Por supuesto, esta manera de actuar, un teatro altamente sugestivo, proclamaba doctrina de demonios. Era una forma de blasfemia, algo que interesaba al mundo pagano y al mundo cristiano profesante. Con esta tradición surgen los grupos carismáticos de hoy día, con advertencias del dios que habla con la boca de ellos y con el anuncio de la inminente venida de Cristo, en determinado día, mes y año. Cuando sus profecías se descubren como un fraude, los feligreses dan razones del equívoco para justificar a sus profetas, ya que hay gran diversión en la mística y abundante provecho en la actividad propia de la carne.

El que es advertido y no huye del engaño, será guiado por un espíritu de estupor para que termine de perderse. Cuando el amor por la mentira es mayor que el amor por la verdad, el camino final será un camino de muerte.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:09
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