Lunes, 02 de diciembre de 2019

Cuando uno habla del Dios que creó todas las cosas, de inmediato surge la interrogante acerca del Dios que hizo el mal. Ciertamente, Dios hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4) y ha declarado por medio de sus profetas que Él crea la adversidad: Yo formo la luz y creo las tinieblas, hago la paz y creo el mal. Yo Jehová hago todo esto (Isaías 45:7). Amós también dijo: ¿Se tocará trompeta en la ciudad y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6). ¿Quién será aquel que diga que vino algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no saldrá lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3:37-38). Además, podemos añadir que el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo (antes de Lucifer, de Adán, de la creación del planeta), de manera que, si fue preparado para la redención de su pueblo, el pecado era un deber ser para que Cristo llevase la gloria de Redentor.

¿Pero esa actuación de Dios hace que Él sea malo? En ninguna manera, ya que Jesús dijo del Padre que solamente Él era bueno. Además, si Dios creó todas las cosas, a partir de la premisa de que sería malo por haber creado el mal, Él podría igualmente ser un caballo, una oveja o una serpiente creada. Vemos que hay una falacia en esa presunción acerca de que el Creador debería ser malo por haberle dado ocasión a que apareciera el mal por su expresa voluntad. Si todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3), ha de entenderse que lo que no quiso eso no ha hecho, pero no se implica que aquello que hace tiene por fuerza que ser una cualidad inherente a su Persona. Dios creó los ríos, pero no es un río; creó los mares, pero no es un mar; creó los peces, los animales que vuelan, los que habitan en la faz de la tierra, pero no es ninguno de ellos. De la misma forma, el Dios que ha creado el mal, porque así se lo atribuye Él mismo, no es necesariamente malo.

Sin que Él sea el tentador, ha enviado a Satanás para probar a Job. De igual forma, la oración enseñada por Jesús nos dice que debemos pedir que nos libre del mal –o del maligno-, que no nos deje caer en la tentación (o que no nos induzca a la tentación, como dijera la Vulgata), o que no nos inserte, nos coloque, nos meta en la boca de la tentación (versión griega para el verbo ENENKO (Colocar, meter), precedido por la preposición EIS, la cual significa hacia adentro). Vemos a un Dios absolutamente soberano que hace como quiere, sin que ninguna persona pueda detener su mano. Aunque el hombre sea responsable de sus pecados, resulta inevitable que peque. La naturaleza caída de la humanidad la lleva hacia el pecado, a la muerte espiritual, a la condenación eterna. Sin embargo, la gracia divina ha hecho que, por medio del rescate que el Hijo pagó por su pueblo (Mateo 1:21), muchos lleguen a la vida eterna.

Dice la Biblia que por su conocimiento salvaría el siervo justo a muchos (Isaías 53:11), de manera que conviene conocerlo. No es posible invocar a aquél de quien no se ha oído, por lo tanto, es necesario que sean enviados los que anuncien el evangelio a toda criatura. El que cree será salvo, pero el que no creyere ya ha sido condenado. Es difícil creer en el Dios verdadero, imposible para la naturaleza muerta en delitos y pecados, pero para Dios nada es difícil y todas las cosas son posibles. La fe viene por el oír la palabra de Dios, pero justo es reconocer que no en todos los que oyen tal palabra nace esa fe. La fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8) y no es de todos, la fe (2 Tesalonicenses 3:2).

El deber ser de cada creyente es interceder por su prójimo, por los más cercanos, por aquellos que oirán la palabra. No sabemos quiénes irán a creer, pero lo seguro es que todos necesitan escuchar el mensaje para que los que estén designados para creer lleguen a ser rescatados para la gloria de Dios. Jesucristo dijo que, ninguna persona podía ir a él, a no ser que el Padre lo trajere. Agregó que nadie podía ir al Padre a no ser que fuese por medio del Hijo. De esta forma se ha anunciado como único mediador entre Dios y los hombres, para que los que lo invoquen de veras puedan escuchar su voz.

Dice la Escritura que Dios endureció el corazón del Faraón de Egipto, para exhibir la justicia de Dios y mostrar su poder por toda la tierra. En esta escena vemos a un Dios que es capaz de hacer con la masa de barro un vaso de ira preparado para destrucción eterna. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? ¿Habrá injusticia en Dios? ¿Será malo Dios? La respuesta sería siempre la misma: En ninguna manera. La alegría del creyente debe radicar en el hecho de que sus nombres estén inscritos en el libro de la Vida del Cordero, inmolado desde la fundación del mundo. Lo que acontece en nuestras vidas viene por designio divino, eterno e inmutable. ¿Quién osará cambiar lo que Dios ha ordenado que acontezca? Frente a esa realidad inconmensurable, quedamos perplejos todos los seres humanos. Unos terminan enojados con ese Dios tan absoluto, otros, en cambio, nos humillamos ante semejante poder.

La eficacia de la muerte de Cristo estuvo sujeta al consejo de Dios, referida solamente a aquellos que fueron elegidos y predestinados para tal fin. El sacrificio de Cristo no fue realizado por aquellos por los cuales no oró la noche previa a su sacrificio. Jesús oró a favor de los que el Padre le había dado (los elegidos), pero dejó por fuera en forma explícita al mundo en general (no ruego por el mundo: Juan 17:9). La oración de Jesús en Getsemaní es una plegaria de expiación a favor de sus elegidos, cosa que a una gran cantidad de personas les suena blasfemo. ¿Cómo es posible que el Dios de gracia no haya extendido su favor hacia cada criatura humana? Pero ese ha sido el canon del sacrificio del Hijo, la regla por la cual él se entregó a Sí mismo como sacrificio ante el Padre por los pecados de todo su pueblo. Cristo murió, resucitó, ascendió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, pero nosotros hemos muerto en Cristo y resucitado juntamente con él, para morar en los cielos eternamente y estar con el Padre eterno.  Hay una homologación con nosotros, en todo lo que nos beneficia su sacrificio.

Los réprobos en cuanto a fe no han muerto juntamente con Cristo, ni resucitado juntamente con él. Decir lo contrario sería una mentira flagrante contra la teología desplegada en las Escrituras. Recordemos que los pecados de los elegidos de Dios fueron todos imputados al Hijo, pero a cambio obtuvimos la imputación de su justicia. El favor que nos convenía se ha convertido en la corona de la gloria del Unigénito Hijo de Dios, pero el favor que muchos no recibieron también ha venido a ser la corona de la justicia de Dios, por cuanto exhibirá su ira por el pecado. El Padre hizo que el Hijo llegara a ser pecado, sin haber cometido pecado alguno, para castigar en él nuestras iniquidades. Con la resurrección quedó demostrado que Jesucristo fue absuelto del castigo imputado, capacitado para recibir la herencia prometida: verá linaje y de su trabajo será saciado.

Otra consecuencia de la expiación a nuestro favor ha venido a ser la santificación de su pueblo. Santificar quiere decir separar. Hemos sido separados del mundo, no somos del mundo, aunque habitemos en él, por lo cual recibimos su rechazo y nos perturba la forma en que se desarrollan los eventos propios de la naturaleza mundana. La sangre de Cristo nos limpia de nuestras conciencias de obras de muerte, para servir al Dios vivo (Hebreos 9:14). El sacrificio del Hijo y la santificación de su pueblo van de la mano; es el Espíritu de Dios instaurado en nuestros corazones el que nos dirige en esta lucha que a diario tenemos contra el pecado, junto a su ley que mora en nosotros. No son pocas las ocasiones en que exclamamos con el apóstol que nos sentimos miserables, pero comprendemos que con la ley de nuestra mente deseamos seguir fieles al Dios verdadero, pero la ley de nuestros miembros nos hace caer. Y si hago lo que no quiero, ya no obro yo, sino el mal que mora en mí (Romanos 7: 20).

Pablo ratifica que la ley es buena (por lo tanto, el Dios que la dio es bueno), ya que ella nos enseña lo terrible que es el pecado. Insiste en que nuestro problema es un asunto de la vieja naturaleza que todavía mora en nosotros, pero que pese a ella debemos seguir luchando contra el mal, contra las asechanzas de Satanás, para no caer en sus maquinaciones. Los creyentes concluimos nuestra existencia afirmando que Dios es bueno. Los demás, los réprobos en cuanto a fe, podrán decir lo contrario, pero de igual forma tendrán que reconocer que Dios es soberano. Ante Dios se doblará, finalmente, toda rodilla, y en el día del juicio cada alma dará cuentas a Dios de lo que ha hecho.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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