Mi?rcoles, 27 de noviembre de 2019

En el ámbito de la Soberanía De Dios, la libertad humana sigue reclamándose por aquellos defensores de la gracia que han visto libertad dentro de la condición de la naturaleza humana. Es decir, si un gato actúa como gato, un perro como perro, en virtud de sus naturalezas, un hombre pecador no arrepentido actuará en consonancia con lo que su mundo natural de pecado le indica. Por el contrario, pareciera que el pecador redimido actuará conforme a su nueva naturaleza, en una pugna entre la vieja y la implantada, pero siempre con libertad.  Por este camino pretenden conjugar el mito del libero arbitrio con la soberanía absoluta de Dios.

Ante esta asunción uno debe dar cuenta de toda la Escritura. Para ello bastaría por razones de tiempo y espacio tocar algunos textos emblemáticos. Pensemos un momento en la crucifixión del Señor. Existía un libreto por el cual guiarse, unos planes de actuación con sus parlamentos determinados, ciertos momentos precisos junto a determinadas condiciones históricas en las que tuviera que realizarse tal ejecución. Así se atestigua por el cuantioso número de profecías que relataban sobre el Cordero que debía pagar el pecado de su pueblo.

No creemos una teología deísta, la que supone que Dios creó su universo con leyes naturales y se apartó de él para que se desarrollara de acuerdo a su mecánica. Tampoco creemos la tesis de Pelagio (heredada y transformada tiempo más tarde por Arminio), según la cual en ese mundo de leyes naturales Dios intervendría si el hombre así lo deseara. Esas herejías lo son por virtud de lo que dicen las Escrituras, ya que ellas hablan todo lo contrario. Fue Dios quien hizo los cielos y la tierra, quien del polvo sacó al hombre, quien le dio normas morales. Pero también el Creador tuvo el propósito eterno e inmutable de enviar al Redentor para salvar al pueblo escogido, de acuerdo al puro afecto de su voluntad.

Si el hombre actuara de acuerdo a la voluntad de su naturaleza, Jesús de Nazaret no habría llegado a la cruz. Tal vez hubiese sido arrojado por un barranco o lapidado por la multitud que lo quería muerto. Los fariseos conspiraban contra él, insultados por sus palabras, provocados por sus milagros y prodigios, molestos por la multitud que en ocasiones seguía a Jesús. De seguro hubiera muerto antes del tiempo estipulado por Dios y en una manera no prevista por los profetas. La única garantía que tiene Dios en su gobierno soberano es que la voluntad humana le esté sujeta, como el corazón del rey inclinado a todo lo que Jehová decida.

El ser humano tiene una comprensión teórica de lo que es la libertad, pero además se siente libre, aunque no lo sea. El hecho de que uno se levante a una hora determinada y haga planes para el día, no implica que uno sea por fuerza libre de hacer lo que se quiere. Más bien, como también lo habían sugerido los sabios griegos, una cosa es lo que uno piensa y otra lo que el destino ordena. Pensemos por un momento en Ciro el Grande.  Dios habló de él antes de que naciera, diciendo que sería su siervo, aunque él no lo conocería (a Dios).  Si ya tenía nombre y si ya había sido designado por el Todopoderoso para los fines que dictó su profeta, no podía ser otro el hombre que apareciera en la tierra. En el momento de su concepción millones de espermatozoides luchaban en su carrera para llegar hasta el óvulo solo uno de ellos fecundaría, pero solamente uno llegó victorioso. La carrera de los espermatozoides se ve como una carrera libre, como una selección natural, donde el más fuerte vence. Pero mirarlos desde esa perspectiva de libertad es una ilusión bajo la teología bíblica.  Era uno, y solamente uno de ellos, el que sería Ciro. Y esto puede ser atestiguado con lo dicho por David en uno de sus salmos: Mi embrión vieron tus ojos. Antes de nacer, antes de ser concebido, Esaú y Jacob estuvieron señalados como corredores de caminos diferentes, uno para vergüenza eterna y otro para gloria eterna.

La objeción que se levanta en el texto de Pablo cuando escribe el capítulo nueve de su Carta a los Romanos, es una protesta natural del hombre caído. Pero no es una objeción libre sino ordenada por el Espíritu Santo quien fue el inspirador de las Escrituras. Esa objeción estuvo centrada en el reclamo al derecho hiper sagrado de la libertad humana. Si Esaú no es libre, ¿por qué, pues, Dios inculpa? ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? Interesante que la respuesta que se da de inmediato por parte del mismo Espíritu resume lo que se quiere dejar como una huella perenne en el corazón de los escogidos de Dios: que el hombre no es nadie para altercar con el Creador, que Dios hace como quiere, que tiene misericordia y se compadece de quien Él quiere compadecerse, que igualmente endurece a quien quiere endurecer. En otras palabras, ni Jacob ni Esaú fueron libres, solamente Dios fue libre para crearlos de acuerdo a un propósito eterno: que la gloria de la gracia de Jehová se manifieste en los vasos de misericordia, pero que en los vasos de ira se exhiba su justicia y castigo por el pecado.

¿Cómo se cometieron los horrendos pecados que rodearon la tarea de la crucifixión? ¿No había de haber un traidor? ¿Podía ser cualquiera de los discípulos? ¿Hubo una ruleta que decidiera dónde caería la bolita? Fue el Señor quien habló de Judas cuando dijo que uno de ellos era diablo (porque él sabía todas las cosas), fue el Espíritu quien dijo a los profetas que el Hijo de Dios sería vendido por treinta piezas de plata, las cuales se utilizarían para comprar el campo del alfarero. Si se dice que los hombres son libres para el pecado por causa de su naturaleza, la precisión de las profecías lo desmiente. Fue Jehová quien puso en el corazón de un rey el no dar paso a Israel, para después castigarlo, era Él quien colocaba en la mente de sabios y profetas palabra de engaño para cumplir ciertos propósitos (caso de Acab y su muerte).

En Josué 11:20, leemos: Esto provenía de Jehová, quien endurecía el corazón de ellos, para que resistiesen con la guerra a Israel, a fin de que fueran destruidos sin que se les tuviese misericordia; para que fuesen desarraigados, como Jehová había mandado a Moisés. Dios causó que los hermanos de José lo vendieran (cometiendo específicos pecados) de acuerdo a Génesis 45:8; 50:20. Acordémonos que Sehón no dejó que Israel pasara a través de sus ciudades, porque Jehová había endurecido su espíritu, y obstinado su corazón, para entregarlo en las manos de su siervo (Deuteronomio 2:30); los hijos de Elí no oyeron a su padre porque Jehová los iba a matar (1 Samuel 2:22-25). Absalón siguió el mal consejo de Husai en lugar del de Ahithophel, para que muriera (2 Samuel 17:1-14). El Salmo 105:25 nos presenta a Dios como el que vuelve el corazón de sus enemigos contra su pueblo, haciendo que pensasen mal contra ellos. Entonces uno ve a Dios como el que ordena una serie de pecados para llevar a cabo sus planes eternos, de manera que el hombre no es libre ni siquiera dentro de su naturaleza pecaminosa.

Incluso, para los que dicen que somos libres una vez que llegamos a creer, es bueno se lean lo que la Biblia enseña acerca de todas las personas. Dice que las buenas obras están ya preparadas para que andemos en ellas, así como Pablo el apóstol escribió de él mismo que era un miserable porque al desear hacer el bien en realidad hacía el mal que no quería. El encontró una ley en sus miembros que lo llevaba cautivo al pecado, la ley del pecado diferente a la de su mente. Pablo no obraba aquello malo, sino el pecado que moraba en él (Romanos 7:17), ¿cuál libertad se puede reclamar en un hijo de Dios? Ya no obra Pablo sino el mal que mora en él (Romanos 7: 20), él ve una ley en sus miembros que se rebela contra la ley de su espíritu y lo lleva cautivo al pecado, pese a que en su hombre interior se deleitaba en la ley de Dios. La cautividad en un creyente no puede llamarse libre albedrío.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:54
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