Domingo, 24 de noviembre de 2019

Acostumbrados a los milagros que acompañaban a los profetas, los judíos anhelaban más y más pruebas acerca del Mesías llamado Jesús. Si tú eres el Cristo, dínoslo (Juan 10:24), como si el Señor tuviera en suspenso a los judíos. La respuesta no se esperó, porque Jesús les dijo: Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en el nombre de mi Padre, éstas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen… (Juan 10: 25-27). La síntesis de lo recogido por Juan y de lo expresado por Pablo nos conduce a inferir que las señales solamente autentican al enviado del Padre, pero nunca harán creer a los que no son sus ovejas. Por otro lado, las ovejas llegan a creer por oír la palabra y no necesariamente necesitan señales especiales para ir tras el pastor de ellas.

La cantidad de prodigios y señales que rodeaban a Jesús y a sus apóstoles no fue suficiente para que los judíos creyeran. Ni que el rico de la parábola saliera a predicarle a su familia llegaría ésta a creer, dijo el Señor cuando exponía su doctrina. La única señal que se les dejaba era la de Jonás (en alusión a la resurrección del Señor), pero ni siquiera este signo les ayudó a creer a aquellos que habían sido puestos de lado para dar paso a los gentiles. Claro está, hubo judíos que también creyeron en aquella época (entre los cuales el apóstol Pablo se coloca como testigo), al igual que hoy día y a lo largo de la historia ha habido judíos que han sido llamados por Dios. Pero se les acababa la exclusividad como nación testigo del mensaje divino, dándosele paso a los demás, a los gentiles, al resto de la gente del mundo.

La exposición de la palabra divina ha sido dada a lo largo y ancho de la tierra, para que haga aquello para lo que fue enviada. En unos produce vida eterna, pero en otros produce mayor condenación. La sabiduría requerida por los griegos era la del mundo, como por extensión hoy la piden los gentiles del planeta (los no judíos).  Esta puede venir en diferentes estuches: filosofía, la razón de las cosas, la retórica de las palabras, la elegancia de la exposición, la sicología de los predicadores, los argumentos de autoridad o de falsa autoridad de científicos cristianos, la estadística de convertidos o el argumento de cantidad, sumados a un gran etcétera de proposiciones que parecieran sabias, aunque su fin sea de muerte.

Ante las demandas de judíos y griegos el evangelio solamente responde con el Cristo crucificado. Esto se ha presentado por siglos a través del único vehículo disponible para tal meta: la locura de la predicación. Es una locura o sinsentido para ambos grupos, ya que si Cristo es Dios ¿cómo es que no liberó al pueblo judío de la dominación romana? ¿Cómo puede un Dios morir como un cordero sin protesta en una cruz de maldición? El dios que esperaban los griegos debía ser semejante a cualquiera de las divinidades que ellos reverenciaban. Incluso veneraban al dios no conocido, por si acaso apareciera uno nuevo. Ese dios para los griegos debía venir con sabiduría, superando la de sus filósofos y hombres de grande inventiva para la época. Si uno revisa el crecimiento de la ciencia y la tecnología de hoy día tiene por fuerza que mirar atrás, en las filas de los sabios griegos que anunciaban tales principios de la ciencia y técnica contemporánea. Ese dios para los griegos debería pararse en la Acrópolis y convencer con sus palabras a sus sabios, dando respuesta al interrogatorio sofista que de seguro tenían en mente.

El Cristo crucificado vino a ser una locura para los griegos y por extensión es una locura para las naciones. No son pocos los que desprecian el Cristo colgado en el madero, con el argumento de que ese no es Dios, que fue apenas un judío loco que creyó ser el Hijo de Dios. Pero la amenaza de la roca de tropiezo no era solo para los judíos sino también para el resto del mundo. Dice Pedro que los que en ella tropiezan han sido ordenados de antemano para que así caigan, judíos o gentiles, ya que Dios en su presciencia (amor y conocimiento previo) los destinó para tal fin. No que Dios haya averiguado el futuro en sus corazones, como un Dios ignorante que necesitara averiguar algo nuevo, sino que en su conocimiento de todas las cosas sabe por adelantado lo que Él se propuso hacer desde la eternidad.

Solamente las ovejas de Cristo oirán su voz cuando él las llame (Juan 10:26), una condición sine qua non, de acuerdo a como el Padre lo dispuso. La oveja oye el mensaje y en el momento en que sea llamada eficazmente caminará tras el buen pastor. Los cabritos son separados de ese llamado particular, aunque se les anuncie por igual el evangelio del reino. Ese anuncio, asegura la Escritura, endurece más a los réprobos en cuanto a fe llevándoles a mayor condenación. Aparte de ser un mandato el ir por todo el mundo para predicar el evangelio, el predicador no conoce quién es un elegido para redención y quién lo es para reprobación. Es por ello una necesidad el predicar a toda criatura, de manera que el que tiene oídos para oír vendrá ante el buen pastor de las ovejas.

La muerte vergonzosa en medio de dos malhechores, bajo la maldición de la ley de los judíos, ordenada con el aval del gobierno romano, que daba bendición en lugar de la condenación por el pecado, como si la sangre de un humano que se creía Dios pidiera expiar los pecados de los hombres, era ante todo un motivo de burla para los sabios griegos. ¡Cuánto más la resurrección de entre los muertos!, asunto propio de la mitología y del deseo público, lo que jamás había sido atestiguado por nadie en forma objetiva vino a ser un punto de crítica en el reciente cristianismo.  Lo ridículo del mensaje era objeto de desprecio y burla para el intelecto griego (y de los demás gentiles), por esa razón la predica del evangelio fue concebida por el apóstol como una locura.  Más aún, como ya dijimos, el vehículo de la predicación también añadía más locura a lo inconcebible.

Pablo incluye ahora a judíos y gentiles llamados por Dios para creer en ese evangelio predicado, diciéndonos que para ese conglomerado de personas Cristo es la potencia y la sabiduría de Dios.  Es decir, los que somos llamados por la gracia de Dios, no solamente en forma externa o general sino internamente, la doctrina de la salvación se nos muestra eficazmente. Para los réprobos en cuanto a fe tal doctrina se exhibe como argumento condenatorio, porque nadie está exento de pecado y pena. La simpleza del evangelio molesta a la sabiduría del mundo, el hecho de haber sido llamados de las tinieblas a la luz.

Frente a la sabiduría del mundo Dios presenta su propia sabiduría, pero el mundo no puede comprenderla. Para poder entenderla nosotros tuvimos primero que haber sido iluminados por el Espíritu de Dios. Desde entonces hemos visto belleza, dulzura y excelencia en Cristo y en su evangelio, por medio de la preciosa locura de la predicación.  Anunciamos a Cristo como único mediador entre Dios y los hombres, como el abogado intercesor de los que son suyos, como el artífice de nuestra redención por sus méritos de crucificado. Es obvio que es una locura, aún por añadir que no necesitamos buenas obras para alcanzar semejante redención. Las buenas obras son una consecuencia del Espíritu de Dios en nosotros, nunca su causa. No es por el efecto del arte que la verdad se presenta, no por la oratoria o la manipulación del auditorio. Toda aquella persona que se arrepienta de sus prevaricaciones y acude ante ese Salvador enviado por Dios al mundo será salvo. Pero nadie vendrá a él a no ser que el Padre mismo lo envíe, así como nadie podrá acudir a Dios si primero no hay quien le predique.

Si este evangelio le parece locura, piense que ese fue el parecer de los antiguos griegos. No aguarde ninguna señal como si le fuere enviada del cielo, porque aún eso constituyó tropezadero para los judíos de antaño. Lo que usted necesita es escuchar y leer la palabra que ha sido enviada, para poder escuchar lo que Dios tiene que decirle. Quiera el Señor que esa palabra que escuche no se convierta en un tropezadero sino en la roca que da salvación.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:05
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