Mi?rcoles, 20 de noviembre de 2019

 

Una de las doctrinas más despreciadas y descuidas dentro de las filas del cristianismo es la de la reprobación. Ciertamente, este es el punto de quiebre, la encrucijada de dos caminos, el sitio donde inminentes teólogos de la gracia abandonan la línea recta que pretendían mantener. Gente habilidosa para el razonamiento, personas que han asumido como verdadero todo el consejo de Dios, que no objetan la cantidad de milagros del Antiguo y del Nuevo Testamento, los que tienen a bien creer a ojos cerrados que el hacha de Eliseo flotaba sobre las aguas de un río, de repente dan un giro hacia la objeción al amor y odio de Dios, así como a su soberanía.

Los que no pertenecen a la rama del cristianismo (sea de praxis o de confesión) señalan que tal enseñanza es una monstruosidad. Los que están dentro de las filas cristianas y se rebelan contra tal doctrina, deberían ser considerados simples profesantes de una fe que no han asumido del todo, pese a su capacidad para defender otros lados de la religión. Esta doctrina es tan importante creerla como la de la elección soberana del Dios de las Escrituras. No existe una elección para salvación sin que no haya una elección tácita para condenación. Si de cien personas que están a punto de morir un rey escoge a cuarenta para que vivan, se entiende por descarte que los otros sesenta van hacia la muerte. ¡Cuánto más no serán precisos el propósito y el decreto eterno del Dios soberano!

No es posible hablar de una aniquilación total de las almas impías que la Biblia no enseña, más bien ella anuncia un infierno donde las llamas no se extinguen ni el gusano muere. El lugar de las tinieblas que jamás aclaran, del dolor y lamento eterno, es tan cierto como el reino de los cielos. No es posible creer una parte de la doctrina (el reino de los cielos) sin asumir como verdad lo que Jesucristo enseñó respecto al mundo de las tinieblas. Resulta trascendente en grado sumo el que sea Dios mismo, quien, a través de sus apóstoles y demás escritores bíblicos, haya asumido como propósito suyo el haber apartado para la gloria de la ira de su justicia a los réprobos en cuanto a fe.  Sabemos que los decretos divinos se suscitaron en la eternidad, sin sombra de variación, de manera que las frases expuestas en Romanos 9 son reveladoras.

No había aún nacido Jacob ni Esaú, no habían aún hecho ni bien ni mal, sin haber sido concebidos siquiera, ya el propósito de la elección permanecía incólume. Uno de ellos había sido hecho como vaso de honra mientras el otro había sido confeccionado como vaso de ira. Esta asunción de Dios molesta a demasiados teólogos de renombre, por lo cual los pastores temerosos del terrible crimen divino prefieren seguir el derrotero de Arminio y ocultar la verdad que destacan las páginas de la Biblia. Ellos dicen muchas mentiras para tratar de defender a Dios, como si en el banquillo de los acusados Él necesita quien lo proteja de las calumnias de las almas que lo acusan. Dicen que Jacob necesitaba la elección, porque estaba muerto en delitos y pecados, pero niegan que Esaú haya sido creado para perdición.  Aseguran con esta argucia argumentativa que Esaú se perdió porque quiso, ya que Dios le dio igual oportunidad que a su hermano Jacob. Un absurdo, ya que, si Jacob necesitó de la resurrección espiritual dada por el Espíritu divino, lo mismo hubiese sido necesario en Esaú quien no fue socorrido con tal gracia.

Pero debemos preguntarnos cuál es la razón de la desgracia de Esaú. Su condenación no se asienta en sus pecados propios, que los tuvo, sino en el decreto divino contra el cual no podía luchar.  Esaú es semejante a Judas Iscariote, al Faraón de Egipto, a los millones de réprobos en cuanto a fe cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo.  Esa fundación del mundo se entiende que fue antes de la aparición por creación divina del hombre sobre la tierra (sobre ese mundo fundado).

Tal vez muchos se pregunten con interés el por qué Dios actuó de esa manera. La Biblia nos enseña que al menos hay dos o tres razones descritas en sus páginas. 1) Para alabanza de la gloria de la justicia de Dios contra el pecado (Romanos 9: 17, 22-23); 2) para que veamos por contraste (los elegidos para salvación) el gran amor divino eterno e inmutable (Romanos 9:23; Proverbios 10:20; 13:11); 3) para que los impíos estén en alguna medida al servicio o como beneficio de los escogidos. No quiere decir esto antes dicho que ellos son nuestros esclavos, pero hay varios textos bíblicos que demuestran la misericordia de Dios para con los suyos a través de la utilidad de los impíos: Y el Señor tu Dios echará estas naciones de delante de ti poco a poco; no podrás acabar con ellas rápidamente, no sea que las bestias del campo lleguen a ser demasiado numerosas para ti (Deuteronomio 7:22).  (Proverbios 13:22; Job 27:16-17). Pero lo que más importa destacar es el hecho de que Dios se glorifica en lo que hace, como lo declara Pablo en Romanos 9:21-22 y 9:16. Dios reclama para Sí mismo la condenación de Esaú, diciendo que ha hecho para el día malo al impío, que no había hecho ni bien ni mal y ya lo había apartado para tal destino.

La pregunta lógica de la mente sin Cristo es ¿por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha podido resistir a la voluntad de Dios? En otros términos, tanto el pobre Esaú como el pobre Judas Iscariote fueron escogidos para la condenación eterna y actuaron en consecuencia. No hubo en ellos arrepentimiento eficaz, ni gracia que los cubriera, ni perdón de pecados, ni sacrificio de Jesucristo a su favor. Ellos son considerados parte del mundo por el cual Jesús no rogó la noche previa a su muerte (Juan 17:9). ¿Será Dios injusto por no haber querido salvarlos como sí lo hizo con su pueblo? Dios es justo con su pueblo, no porque encontrara virtud innata en él, sino por la justicia alcanzada por el Hijo en el Calvario. Cuando Jesús dijo Consumado es estaba acabando completamente la obra de la redención. Ese trabajo incluía la representación de todo su pueblo por el que agradeció al Padre la noche anterior, no incluía a Judas ni al resto del mundo. Pero Dios sigue siendo justo en cuanto a los réprobos, ya que ellos son juzgados por sus pecados no pagados por Jesucristo.

En realidad, poco importa que Dios se haya propuesto ese plan desde antes de la fundación del mundo. Antes de que los impíos hubieran pecado, porque así lo quiso y no tiene que dar cuentas a nadie (no existe nadie que pueda exigirle una respuesta). Lo cierto es que Judas, Faraón y Esaú, como arquetipos de los réprobos en cuanto a fe, pecaron de buena gana e hicieron de acuerdo a sus corazones inicuos. Esto ha sido consecuencia de su reprobación eterna, pero ¿quién puede juzgar a Dios por haberse propuesto tal fin? ¿Podrá la olla de barro decirle a su alfarero porqué me has hecho así?

En resumen, la doctrina bíblica de la reprobación exalta a Dios como soberano y rebaja a la criatura como un ser que depende absolutamente de la voluntad eterna del Creador.  La Biblia no se propone hacer una épica de la gloria humana, sino de la divina. Es el Dios de gloria el que quiso llenar de mayor gloria al Hijo, haciéndolo el Redentor de un pueblo escogido.  El hecho de que ninguna de sus criaturas tenga la opción o la libertad de escoger su destino enaltece con grande soberbia al ser humano.  Eso inflama el alma de los más piadosos en apariencia, llegando a negar su eficacia cuando se tropiezan con esos textos que les parecen repugnantes. En una sociedad global que oye día a día sobre sus derechos, se niega fácilmente los derechos del Rey soberano del universo. La mente humana ha generalizado como un hecho válido el que Dios tenga que ser democrático y deba someter a votación cuál ha de ser el destino eterno de cada ser humano. Pero bien dijo Jesucristo, que escudriñáramos las Escrituras porque en ellas nos parecía que estaba la vida eterna.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:14
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