Lunes, 18 de noviembre de 2019

¡Cuánto cuesta que la gente entienda el propósito de la venida de Cristo! El trabajo de Jesucristo justifica a su pueblo como una consecuencia necesaria de la Justicia de Dios. El Dios Padre imputó a su Hijo todos los pecados de su pueblo escogido, al mismo tiempo que nos hizo justos (justificados) por la justicia del Hijo. Es por esa razón que Pablo llama a Cristo nuestra pascua, porque pasó por alto el castigo que merecíamos como infractores de su ley ética y divina. Esa es la buena nueva de salvación para los que oyen el evangelio, los que tienen oído para oír, los que han sido resucitados por el Espíritu en su acción operativa del nuevo nacimiento. No hay otra forma de salir a la vida, sino por el milagro de Jesús sobre Lázaro.

Esta teología tiene como soporte la Biblia entera, pero es la lógica la que la gobierna por igual. No podía ser de otra forma, ya que Jesucristo es el Logos eterno (Juan 1:1). Jesús hizo un trabajo completo en la cruz, sin nada que le faltase por concluir. Así se cumplía lo anunciado en Mateo 1:21, cobrando sentido su nombre en relación a su trabajo. ¿Y quién era su pueblo? No solamente el Israel de antaño (los que habían sido dejados como remanente, según Isaías), también los gentiles escogidos se incorporan a esa esfera. Sin embargo, hoy día hay muchos maestros de Biblia que andan con el pregón de la democracia divina. Ellos afirman que si Dios es justo tuvo que haber otorgado igual oportunidad a todos los pecadores.

Como prueba de su proposición aducen que el Hijo tuvo que morir por todo el mundo, sin excepción, por nadie en particular y por todos en forma potencial. Dejan al pecador la decisión última, en virtud de una libertad que le suponen propia. Ignoran que el pecador ha sido declarado (diagnosticado) muerto en sus delitos y pecados, alguien que odia a Dios (al verdadero), alguien que es injusto y que no hace el bien. Ese muerto es quien tiene que tomar una decisión a favor de Cristo para poder ir a la vida eterna. ¿Cómo lo hace? La única forma posible sería que el pecador no haya muerto del todo, sino que esté apenas enfermo.

El objetor levantado en Romanos 9 asegura que Dios es injusto. Dice que Esaú no tuvo ninguna oportunidad de obedecer el mandato divino, por lo que no puede ser inculpado. Al menos, ese objetor fue sensato en cuanto a la comprensión del tema planteado por el apóstol. Los objetores de hoy día ignoran a voluntad propia lo que la Escritura dice planamente. Hay que tener sensatez para leer con claridad lo que el texto expone, que el objetor está molesto por la cruel injusticia contra Esaú. Y está bien que se enoje, ya que al menos entendió correctamente las palabras allí expuestas –aunque Dios no sea injusto. El problema es que el objetor moderno pasa por alto el sentido lineal de lo escrito.

La respuesta a la objeción es la misma siempre, que Dios tiene misericordia de quien Él quiere tenerla, pero que endurece a quien Él quiere endurecer. No empecemos otra vez con que el Faraón de Egipto se endureció a sí mismo primero y por eso Dios lo endureció después. La Escritura dice en forma muy clara que Jacob y Esaú fueron escogidos para sus destinos finales desde antes de ser formados, desde antes de haber hecho bien o mal, antes de ser concebidos. De manera que la obra de nadie se tomará en cuenta para los asuntos de vida o muerte eterna. Por supuesto que los frutos seguirán siempre a los que forman parte del pueblo de Dios, una vez que hayan sido llamados eficazmente. Pero el fruto es una consecuencia y no la causa de la redención.

De acuerdo a la justicia de Dios, la rectitud de Jesucristo exige la salvación plena de cualquiera de las personas que él haya representado en la cruz. No en vano dijo la noche antes de morir que pedía por ellos solamente, que no rogaba por el mundo. El mundo dejado por fuera (Juan 17:9) no es el mismo mundo por el cual el Padre lo envió (Juan 3:16). Seamos lógicos, si al lector le incomoda este principio de salvación que se inicia con la elección divina, ¿cómo puede reclamar autonomía para creer en un Dios con el que se molesta por predestinar a los seres humanos? Jamás estará de acuerdo con los planes eternos e inmutables del Dios soberano, por lo que se hundirá en la religiosidad habida a través de los siglos, práctica que no ha redimido una sola alma.

Pero hay quienes pretenden condenarnos por anunciar todo el evangelio. Hay quienes niegan que Cristo haya muerto solamente por su pueblo, bajo el auspicio de una democracia espiritual. Un Dios justo, señalan los del otro evangelio, no dejaría a nadie por fuera; más bien brindaría apoyo a todos para que con su libre albedrío tomen la decisión que les plazca. El problema con esta asunción es que no es bíblica en ninguna de sus partes. Además, los muertos no se mueven, no pueden saludar al Salvador ni estirar su mano hacia la medicina. No en vano dijo el mismo Señor a los setenta que había comisionado, cuando ellos regresaron contentos, que no se alegraran porque los demonios se les sujetaban en el nombre de Jesús sino porque sus nombres estaban escritos en los cielos (Lucas 10:20).

Cristo llevó el pecado de muchos, de manera que su premio es el rescate de ellos (Isaías 53:12), ya que el Señor vería del trabajo de su alma y sería saciado (Isaías 53:11). Con su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y él llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11). No justificaría el Señor a todos, sin excepción, ni a todos en forma potencial, sino a muchos en forma puntual. Es por esa razón que les fue dicho a los setenta misioneros enviados que se alegraran por saber que sus nombres estaban escritos en el libro de la vida, porque sin ese requisito no habría ninguna justificación. Además, el Señor le dijo al Padre que de los que le había dado ninguno se había perdido, sino el hijo de perdición (Judas) para que la Escritura se cumpliese. ¿Cómo es que se cumpliría la Escritura si ella no hubiese anunciado con certeza que sería traicionado por uno de sus amigos? Dios no adivina el futuro, no lo averigua en los corazones humanos, simplemente lo ha decretado y eso es cuanto acontece.

Sepamos de nuevo que ni una sola de las ovejas del Señor podrá ser arrebatada de sus manos ni de las manos de su Padre. Entonces, ¿dónde está el que condena? ¿Dónde está el que nos acusa? No hay mayor certeza en esta vida que la eternidad de vida para los que hemos sido escogidos para tal fin y la eternidad de muerte para los que igualmente han sido dejados para tal fin. ¿Es eso justo o injusto? Antes de responder miremos lo que el Espíritu dijo a través de Pablo: ¿Quién eres tú para discutir con Dios? ¿Podrá la olla de barro decir a su alfarero por qué me has hecho así? ¿No tiene potestad el alfarero para hacer con la misma masa un vaso de honra y otro de deshonra? (Romanos 9: 20-21).

Recordemos que el Cristo encarnado estuvo sujeto a la ley de Dios y tuvo que obedecerla en todo (Salmo 40:8; Isaías 50:5). El sacrificio que supuso el sufrimiento del Hijo en la cruz fue el pago completo por la desobediencia de su pueblo. Volvámonos a lo que el ángel le dijo a José en una visión, que debía colocarle el nombre Jesús al niño por nacer, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Jesús significa Jehová salva. ¿A quién salvaría? A su pueblo, a su mundo, no al resto del mundo por el cual no rogó. Esa es la razón por la cual creemos que Jesús representó en forma perfecta a su pueblo, siendo él el Cordero que Dios se proveyó en favor nuestro. El Señor fue hecho pecado, no habiendo cometido pecado, de manera que la ira del Padre estuvo sobre él. Por eso también exclamó a gran voz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mateo 27:46). Hubo una permuta en su acto sacrificial, su vida y justicia nos fue dada, en tanto su pueblo, a cambio de nuestros pecados y transgresiones. Esa es una muy buena noticia, nuestros pecados como la grana fueron emblanquecidos como blanca lana. Todo esto de pura gracia, sin costo de parte nuestra, de otra manera la gracia no sería gracia.

Sabemos que Cristo es nuestra pascua –como lo dijo Pablo- porque en el libro del Exodo se narra lo relacionado con la sangre en los dinteles y portales de las casas hebreas. Los que tenían ese signo no sufrieron la muerte del ángel enviado por Dios, sino que éste pasó por alto esas casas. Eso significa el término Pascua, pasar por alto. La sangre del Cordero en la cruz es el cumplimiento de la sangre de los corderos en aquellos dinteles, un cumplimiento perfecto para todo el conjunto de su pueblo. Ni uno más, ni uno menos, sino todos los que fuimos escogidos para alabanza de la gloria de su gracia veremos el fruto. Es muy significativo que los israelitas de antaño, de acuerdo a lo narrado en Exodo, no añadieran nada a esa sangre en sus dinteles. No ofrecieron otro sacrificio adjunto, no hicieron votos de buena voluntad. Esto implica que a la sangre del Cordero en la cruz no se le puede añadir nada, tampoco.

¿Murió Cristo por todos, sin excepción? Si eso fuere cierto, significaría que Dios tendría que pasar por alto el castigo de todas las almas, sin excepción. Pero no, más bien la Escritura anuncia que muchos son los llamados y pocos los escogidos, que son pocos los que se salvan, que hay un camino angosto y una puerta estrecha, que somos una manada pequeña, que si no nos hubiera dejado un remanente seríamos semejantes a Sodoma o a Gomorra. Si nos enfocamos en la eficacia del sacrificio de Cristo, tenemos que reconocer que, si él murió por todo el mundo, sin excepción, todo el mundo sería salvo. Pero no es así, porque la Escritura habla del infierno de eterna condenación. No todos creen, no todos aman la palabra de vida, no todos se alegran por conocer al Dios de las Escrituras. Más bien hay muchos que llamándose cristianos reniegan de esta doctrina, objetando la justicia divina y acusando a Dios de injusto por lo que hizo con Esaú.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:20
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