Martes, 12 de noviembre de 2019

Muchas personas adoran la cruz de Jesús, pero uno pudiera preguntarse qué hubiera pasado si el Cristo hubiese muerto en una silla eléctrica, tal vez en la horca, o lanzado por un despeñadero: ¿estarían los que dicen seguirlo venerando la silla, la horca o el despeñadero? A lo mejor llevarían colgados en sus cuellos un revólver en miniatura, si Jesús hubiese sido asesinado de un disparo. Vemos entonces que no hay razón alguna para llevar ese adorno como símbolo de la muerte del Hijo de Dios. No nos hace falta, ya que todo aquel objeto que nos ayuda a recordarlo puede fácilmente convertirse en un ídolo. Las personas que dicen que necesitan tal símbolo, en realidad se han hecho dependientes de un amuleto al que se afianzan como consuelo de lo que no ven.

En otros términos, no ver implica desconocer. Pero el Dios de las Escrituras es Espíritu, habiendo dicho que nadie lo ha visto jamás. Claro que algunos profetas dijeron en el Antiguo Testamento que sus ojos habían visto al Altísimo, si bien Jesús afirmaba en el Nuevo que al Padre nadie lo vio jamás, sino solamente él. La metáfora bíblica es de especial interés para los lectores que desean aprender acerca de la salvación del Mesías que habría de venir. También los árboles aplauden, de acuerdo a los salmos, el Omnipotente es una roca como refugio y tiene alas como la gallina que protege a sus polluelos.

Esas metáforas mencionadas son apenas una muestra de la riqueza literaria encontrada en la Biblia. El error de muchos es confundir la metáfora con la literalidad, ya que olvidan el giro o el tropo que es una figura del lenguaje. En ocasiones encontramos fácilmente el símil, o la analogía, como en el caso de lo que Pablo escribe respecto a la relación entre dos montes y dos mujeres: Agar y Sara, una que da hijos para esclavitud y otra para libertad. Él lo expresa de esa forma, pero no es obligación de cada escritor el anunciar la analogía, la metáfora, el símil, la hipérbole, y cualquier otra figura literaria, cuando va a hablar con esos recursos.

El trabajo de la cruz viene a ser el centro del evangelio. Sin ese trabajo la muerte de Jesucristo hubiese sido una metáfora de lo inútil. Si Jesús murió por todo el mundo, sin excepción, no salvó a nadie en particular. He allí la inutilidad de semejante muerte, sería vanidad absoluta tal como colgar un crucifijo en el pecho (o una silla eléctrica en miniatura, un revólver o una horca). El trabajo de Jesús en la cruz fue particular, específico, determinado. Como Hijo del Hombre era y sigue siendo un Dios perfecto que no tiene desperdicio alguno en su trabajo, por lo tanto, no sufrió más de la cuenta ni innecesariamente. ¿Por qué tuvo Jesús que sufrir en la cruz por Judas Iscariote? ¿Acaso padeció por los viejos habitantes de la tierra cuando vino el diluvio? No podemos imaginar ni un momento el que Jesús muriera por los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda.

Hay suficiente prueba en los textos de la Biblia que demuestran la especificidad de la muerte de Jesús. El evangelio de Juan es una clara muestra de lo que decimos, por esa razón insistimos en él. La noche previa a la crucifixión, el Señor oró al Padre y le agradeció por los que le había dado. En esa misma plegaria aseguró que no rogaba por el mundo, sino solamente por los que le había dado el Padre. Si Jesús no rogó por el mundo, no pudo nunca jamás haber muerto por ese mundo. Entonces, el texto de Juan 3:16 cobra el verdadero sentido que muchos han desviado: el Padre amó de tal manera al mundo que le dio a Su Hijo para morir por él. Quiere decir que, si Jesús no rogó por el mundo, ese mundo dejado de lado no es el mismo mundo amado de tal manera por el Padre.

No siempre que la Escritura muestra en sus páginas el vocablo mundo se refiere a un mismo concepto. En ocasiones ese término significa el conglomerado de los gentiles, a veces implica el conjunto de judíos y gentiles redimidos, otras, hace referencia a los dejados de lado (el mundo pagano). Vemos lo mismo con la expresión todos, cuando unos fariseos exclamaron respecto a Jesús y el pueblo decía: Mirad, todo el mundo se va tras él. Los fariseos que pronunciaron aquella frase no se fueron tras Jesús, ni miles de personas que vivían en esos alrededores, de manera que es una hipérbole lo que decían, una exageración de sus palabras para indicar, por medio de esa figura de lenguaje, la importancia que tenía Jesús y el impacto que les causaba el que una gran multitud lo siguiera.

La justicia perfecta que Jesús estableció en la cruz ha sido cargada o imputada para cada creyente en particular. La obra de Jesús no se hizo por toda la humanidad, sin excepción, sino por su pueblo en particular (Mateo 1:21; Juan 17:9). El Padre es quien enseña a los que va a enviar hacia el Hijo, de manera que no solamente da instrucciones acerca de la Persona del Hijo sino también respecto a su obra. El trabajo de Jesús fue acabado en la cruz, por esa razón dijo antes de expirar: Consumado es. Ya no hay más nada que agregar a su perfección de trabajo, solamente hay que disfrutar de su perdón eterno.

No puede haber una conjunción entre el trabajo de Cristo y las obras humanas, al menos en materia de expiación. Ni siquiera la fe se nos cuenta como trabajo, de otra forma la gracia no sería gracia. Dice la Escritura que aún la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8) y, si regalo, es gratis como también lo es la gracia y la salvación.  El mismo texto mencionado habla de estos tres conceptos y los engloba a todos como el don de Dios. Pablo dice en Romanos que solamente a los que Dios amó los ha redimido de la muerte y del pecado. Los otros, los que no amó, sino que odió desde antes de la fundación del mundo, fueron dispuestos para ser endurecidos por Él mismo, de manera que derrame la justicia y la ira por el pecado en ellos.

La santidad de Dios impide que tenga comunión con cualquiera que no haya limpiado su pecado. La única forma de limpieza aceptada es la que provine a través de la sangre de Su Hijo.  Los que Él eligió desde el principio son los únicos que Cristo representó en la cruz, los demás fueron dejados de lado y ordenados para que paguen lo imposible en el juicio eterno.  Pero Dios no castiga dos veces por la misma culpa, de manera que habiendo castigado nuestras faltas en Jesús no las demandará en su pueblo ya liberado de toda falta.

El por qué lo hizo de esa manera y no incluyó a todos y cada uno de los seres humanos en el libro de vida del Cordero es su propio asunto. Así lo quiso y así lo hizo, nos toca aceptar con humildad su voluntad. El pecador que ha sido regenerado es adoptado como hijo de Dios y separado del mundo. Al mismo tiempo es visto como santo y aceptable delante de Dios, tal como lo es Jesucristo. La paz de Dios ha sido hecha con él, para que pueda tener comunión con su Creador, basado solamente en la imputación de la sangre del Hijo.

Vemos que el trabajo de Cristo es tan importante como su persona. No basta conocer que es el Hijo de Dios, que es el Cordero sin mancha, que es el Mesías que había de venir, que es consubstancial con el Padre (eterno), que es nacido de una virgen, que es el Verbo hecho carne. El conocimiento pleno del Hijo de Dios involucra por igual su obra, su trabajo consumado en el madero. Si el Padre es quien enseña a sus ovejas para enviarlas hacia el Hijo, no las enseñará solamente en relación a la persona sino también incluirá el propósito y alcance de su trabajo. No en vano dijo Isaías que por su conocimiento salvaría el siervo justo a muchos (Isaías 53:11).

La eficacia de la justificación de un creyente es la imputación de la justicia de Cristo a su favor. Se nos ha imputado la justicia de Cristo, núcleo del evangelio que predicó. Si no fuese de esa manera no sería una buena noticia para su pueblo escogido. Llegar a decir que Jesucristo murió por las personas que no salvó es como afirmar que siendo el Hijo de Dios no es eterno o no pudo hacerse carne. Si esto último se cuenta como herejía, lo primero también se habrá de contar como herejía. La persona y el trabajo del Hijo de Dios deben ser vistos como doctrina fundamental del evangelio.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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