Viernes, 01 de noviembre de 2019

El que anda con los sabios, sabio será; mas el que se allega a los necios, será quebrantado (Proverbios 13:20). Todo aquel que ha sido enseñado por Dios irá al Hijo, de manera que no será echado fuera, sino que será resucitado en el día postrero. Con esa máxima, Jesucristo nos ha dejado un legado de sabiduría, una garantía de conocimiento, un acercamiento al intelecto. Tener al Todopoderoso como maestro bíblico producirá sabiduría y nos alejará de los necios. La necedad se manifiesta de muchas maneras, pero en materia religiosa la idolatría reclama su lugar de honor. Un ídolo es un dios que no puede salvar, una obra del hombre para adorar, para hacerla su protector, para aliviar su dolor de añoranza por el hogar celestial.

Son demasiados los seres que se ocupan de la confección de los ídolos. Estos pueden ser de materiales diversos y con forma distinta. Poco importa que lleve la imagen de un personaje bíblico, de lo que se concibe como Jesús, o si se refiere a un animal –al estilo de los Egipcios Antiguos, o tal vez a una piedra. En resumen, el ídolo ha sido considerado como una abominación a Jehová. No son pocos los que se defienden cuando dicen que ellos llevan la imagen de un dios al que adoran, pero que nunca adorarían a la imagen misma. Bueno es ese ardid de sofisticado argumento, pero el apóstol Pablo entendió muy bien que los Efesios adoraban a Diana y no solamente tenían su imagen como un recordatorio. La asociación entre la imagen y el ídolo es unívoca. Otros llegan con más astucia y afirman que ellos no adoran la imagen, sino que la veneran. Pero si usted busca el significado del término venerar encontrará símiles con el vocablo adorar. Venerar implica honrar, darle primacía a un objeto o a una persona, mientras adorar también puede ser entendido como reverenciar y venerar a alguien, dándole la primacía en todo.

A propósito, los que aseguran que ellos adoran a Jesús pueden estar equivocados de divinidad. Hay un Jesús que tampoco puede salvar a nadie, por ser un ser impotente que aguarda el consentimiento de la voluntad humana. Los antiguos fariseos afirmaban que creían en Dios, que eran descendencia de Abraham y que guardaban la ley de Moisés. Pese a su instrucción en materia religiosa, no pudieron comprender quién era el verdadero Mesías que estaba frente a ellos. La razón de su rechazo al Jesús de la Biblia pudo tener como eje el hecho de que se habían hecho un ídolo (una imagen mental) de lo que ellos concebían como Dios.

En tal sentido, hay supuestos cristianos que rechazan algunos aspectos de las declaraciones bíblicas. Es sabido que a muchos les encanta la norma religiosa, los rituales y canciones, pero en materia de doctrina prefieren alzar la bandera de la dicotomía entre corazón y razón, para inclinarse por la emoción y el sentimiento de devoción que sienten por ese Jesús de la Biblia. En otros términos, desconocen a propósito o rechazan a propósito la doctrina de Jesucristo. Prefieren acomodar las palabras de Jesús a su ideología personal, a todo aquello que conviene a la imagen mental de lo que debería ser Dios. Entre el ser y el deber ser, se inclinan ante lo último, llevando cierta dicha al pensamiento o corazón para acallar la verdad que parte los tuétanos y el alma.

No hay diferencia entre una imagen a Moloc –antigua divinidad pagana- y una imagen construida en la mente del religioso, adecuándola a lo que considera debe ser un dios. Poco importa que este religioso se llame cristiano, que sea pródigo en obras sociales, constante en la adoración con fuego extraño, que recorra el mundo entero en busca de un adepto. Si el andar con los necios genera necedad en el acompañante, el andar con los ídolos hace semejante al ídolo a quien lo acompaña (Salmo 115:8). El salmista nos dice que confiemos en Jehová, quien es nuestro ayudador, como contraparte de su discurso contra los ídolos. Abundan los teólogos que recusan al Dios soberano, para resguardar su preciado tesoro del libre albedrío. En materia de salvación el dios que ellos se forjaron deja que el hombre tome la última palabra, ya que si su dios decidiera por ellos no sería justo y no tendría bases para juzgarlos. Como ardid para balancear su doctrina y hacerla más racional y creíble, exhiben sus argumentos en torno a la interpretación de los textos. Su hábito es descontextualizarlos y acudir a la literalidad del término, como si no dependiera de lo que dice el mensaje general donde aparecen. Donde la Biblia asegura que nadie puede ir a Jesucristo, si el Padre no lo lleva, ellos marchan contravía. Así dicen que todos pueden ir ya que, si hubiera imposibilidad como parte de un decreto divino, Dios no sería justo. Cuando la Escritura afirma que la humanidad entera murió en delitos y pecados, su doctrina torcida predica que no ha muerto sino que está tan solo enferma. Si Dios escogió a Jacob y a Esaú sin condición alguna (aún antes de que hicieran bien o mal, o de ser concebidos), ellos dan la vuelta al texto para hacerlo expresar lo contrario: que Dios vio el futuro y comprendió que Jacob iba a amarlo mientras Esaú iba a rechazar a su Creador.

Pablo enfatizó que la salvación, la fe y la gracia eran un don de Dios. Añadió que la salvación es por gracia y no por obras, no vaya a ser que alguien se gloríe. Si por gracia, entonces no es por obra porque su fe le será contada por justicia; de no ser así, la gracia sería paga de la obra hecha y el que obra tendría la gracia como salario (Romanos 4:4-5; y Romanos 11:6).  Un dios que mueve montañas, una fe que cree todo lo que puede hacer ese dios, no necesariamente puede salvar. La razón es que la fuerza de esa divinidad choca con la fuerza de la voluntad humana. Pero este no es el Dios de la Biblia, ya que el de las Escrituras es el único que es Dios justo y Salvador (Isaías 45:21). El profeta dijo esas palabras inmediatamente después de haberse referido a los ídolos: …no saben aquellos que erigen el madero de su escultura, y los que ruegan al dios que no salva. El capítulo 45 de Isaías es un canto a la soberanía absoluta de Dios, cosa que muchos cristianos profesantes eluden. Allí dice el profeta que Jehová es el que forma la luz y crea las tinieblas, el que hace la paz y crea el mal. Él es el que hace todo aquello. Otro de sus profetas exclama a viva voz: ¿Quién es el que dice que ha acontecido algo malo en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6). El sonido de estas palabras que resuena en los oídos de los religiosos, entumece los cerebros impíos que poseen. Esa es la razón por la cual les urge hacerse un ídolo a imagen y semejanza de lo que debe ser un dios, algo que se parezca al Dios de las Escrituras pero que igualmente corrija esos atropellos contra la soberanía humana.

Un dios incapaz de cambiar la voluntad humana a lo que él desea, es un dios impotente. Ese es el caballero que respeta tanto el libre albedrío que es capaz de dejar a la criatura en su muerte y pecado, antes que violentar los hilos que atan su caparazón de muerte.  Los que le creen a ese dios en realidad no han creído a la verdad. Poco importa que hayan creído algunas doctrinas bíblicas que son fundamentalmente de conducta social, o de teología cuasi-expiatoria. Ya que, si creen en un redentor que expió el pecado de todos los hombres, pero que no salvó a nadie en particular, ¿cómo explican aquello de tener los nombres en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo? Porque los nombres se refieren a personas determinadas, de manera que Jesucristo salvó a personas determinadas. Una salvación potencial que se actualiza a voluntad del que oye la palabra, no es lo que la Escritura enseña. Jesús en realidad vino a redimir del pecado a todo su pueblo (Mateo 1:21), pero no vino a rogar por el mundo que el Padre no amó (Juan 17:9). El primer texto fue dicho por un ángel en una visión a José, la razón por la cual habría de colocarle al niño (que todavía no había nacido) el nombre Jesús, ya que significa Jehová salva. El segundo texto hace referencia a ese niño ya crecido y madurado, después de haber predicado la doctrina del Padre, de haber autenticado su ministerio con prodigios y señales, pero ya apenas unas horas antes de ir a la cruz. Dos textos que conjugan el propósito de Dios con Jesucristo, salvar de sus pecados solamente a su pueblo escogido, junto a la exclusión que ha hecho de los que destinó como réprobos en cuanto a fe y por los cuales el Hijo no rogó.

En resumen, la teología que hemos de creer es la emanada de la Escritura, que abarca todo el consejo de Dios. Ese Dios que salva no deja a sus salvados en la ignorancia respecto a la persona y a la obra de Su Hijo. Ese mismo Dios no nos dejará elaborar nuestra propia teología a nuestro antojo, más bien nos guía a toda verdad por medio del Espíritu Santo (Juan 16:13). Apartémonos de los necios para no ser quebrantados, no sigamos el camino de los que cultivan la idolatría como forma teológica, aunque se disfracen de ángeles de luz con frases bíblicas y con ritos que simulan la conducta de los hombres de Dios. Recordemos que los que aman la mentira y rechazan la verdad tendrán de guía un espíritu de estupor, enviado por Dios mismo, para que terminen de perderse.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:12
Comentarios (3)  | Enviar
Comentarios
Publicado por [email protected]
Domingo, 10 de noviembre de 2019 | 18:56

Caramba catire, hermano como te he escrito.. Hace como tres meses, que te paso mí hermano porque no me respondes? Semanalmente te llamo como dos o tres veces. 

Publicado por [email protected]
Domingo, 10 de noviembre de 2019 | 19:17

Es Juan Martínez, 04121783176 llámame Cesar. 

Publicado por [email protected]
Domingo, 10 de noviembre de 2019 | 19:23

Cesar te envié un correo a retor7 DTB

Juan Martinez